Recuerdo que hace 25 años se decía, con un marcado carácter crítico, que en este país todos nos creíamos políticos, jueces y árbitros de fútbol. Hoy en día esto ha ido evolucionando y ahora todos nos sentimos con capacidad para dar consejos y hacer valoraciones como si nos creyésemos los mejores médicos, abogados, ingenieros o empresarios. Y lo hacemos sin titubeos. Se actúa con gran confianza y seguridad en temas de enorme complejidad técnica aunque no se esté formado, lanzando prejuicios importantes que marcan las relaciones entre nosotros y, sobre todo, con los profesionales con los que interactuamos. ¿Por qué? Por nuestra incompetencia para seleccionar el exceso de información al que tenemos acceso hoy en día.

En mi opinión, forjada por conversaciones donde suelo escuchar más que hablar, me doy cuenta de que todos tenemos sobreinformación acerca de prácticamente cualquier materia; accedemos a cualquier buscador web y encontramos una explicación para todo aquello que nos preguntemos, aunque la fuente sea una biblioteca no oficial como puede ser Wikipedia, donde cualquiera puede escribir y editar información sin que un profesional en la materia contraste lo publicado.

Cuando, en estas conversaciones, preguntas por la fuente de esa información que te están proporcionando, muchos te dicen que no se acuerdan o que se lo ha contado alguien, pero no recuerdan quien. La realidad es que la gran mayoría le ha preguntado al Doctor Google: Internet; obtuvieron la información de forma instantánea y adoptaron criterios personales que les llevaron a formar un juicio y una opinión férrea, prácticamente irrevocable. Este proceso, cada vez más común, lleva a la sociedad a formular conclusiones y verter opiniones que ponen en duda el criterio del médico, del abogado o de nuestra propia empresa.

Recuerdo que, cuando iba al médico, hace demasiados años ya, mi padre siempre le daba las gracias y me ordenaba que le dijera toda la verdad. Me explicaba que es un profesional que estudia y se prepara constantemente por la vocación de ayudar al resto de la sociedad cuando se le necesita, por lo que mi padre nunca ponía en duda su opinión; siempre decía que el médico nos provee de información para que nosotros, como pacientes, junto con nuestros familiares, tengamos en cuenta su especial criterio para adoptar la mejor decisión posible. Mi padre le preguntaba: “¿usted qué haría si fuera su hijo?”. Y eso hacíamos, sin dudarlo.

Hoy, cuando se sale de una consulta, la abrumadora mayoría lo primero que hace es acudir a Internet para buscar si lo que nos han dicho está refrendado en algún sitio, dando más valor a lo que se publica que a lo explicado por el médico, aun sin saber quién está detrás de esa información. Nos vemos preparados para entender lo que Internet nos ha provisto sin seleccionar lo que leemos, sin criterio y, lo peor de todo, sin una base formativa ni informativa.

La consecuencia es perversa: tenemos un mayor nivel de satisfacción y confianza con una página de Internet cualquiera que con el profesional con el que hemos estado reunido. Acudimos con suspicacia y recelo a quien encargamos cuestiones trascendentales como nuestra propia salud, poniendo en tela de juicio su profesionalidad y pericia, todo por el rápido acceso a un desmesurado exceso de información al que dotamos de verdad absoluta solo por el medio y el canal utilizados.

Debemos volver, como hacía mi padre, a entender que no estamos preparados para adoptar según qué juicios de valor cuando estamos ante un profesional, pues cada uno lo somos en nuestra actividad diaria. Ya sea un médico, un fontanero o un abogado, debemos confiar en los profesionales y en su criterio, de forma que se conviertan en nuestro médico, nuestro fontanero y nuestro abogado.

TAGS