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Mié 27 febrero de 2013. 19.17H
El retrato y las pinceladas

El ministro Romay, ahora presidente del Consejo de Estado, es de esas pocas personas a las que es complicado no llamarles ministro cuando dejan de serlo. Se les queda la palabra en la frente, grabada invisiblemente, pero cierta de por vida. Luego pueden ser muchas otras cosas, igual que ya lo fueron antes, pero ministro es la que mejor les define.

José Manuel Romay.

La sanidad nunca le perdió la pista del todo. Iba y venía, con sus manos pegadas a la espalda, su gorra de capitán Haddock, su curiosidad permanente y su exquisita educación, tan improbable en este país de maleducados. Oficialmente estaba ligado al PP, siempre a disposición del partido, en el Comité Ético, en la Tesorería, convertida ya en un polvorín, donde fuera menester para intentar difundir esa imagen de seriedad y talla política que tanto se echa de menos. Y seguía pensando en la sanidad.

La semana pasada volvimos a saber de él. Impartió una conferencia, seguramente magistral, a los alumnos de Medicina de la Universidad CEU San Pablo. Habló de sus inicios como secretario general de Sanidad, aún en tiempos de Franco. De la primera campaña de vacunación contra la poliomielitis. De las facultades de Medicina, “de profesores excelentes y de médicos de nivel envidiable”. Del Sistema Nacional de Salud, de su calidad y equidad, de la necesidad de defenderlo. Y también habló de burocracia.

La burocracia, mejor la burocratización, del sistema sanitario fue –y aún es- la gran preocupación política del ministro Romay. Sigue pensando, como en 1996 e incluso antes, que los centros sanitarios no se pueden gestionar con las mismas normas jurídicas y de contratación que otros servicios administrativos. Sigue convencido de la necesidad de introducir flexibilidad y agilidad en la gestión, que los hospitales se organicen más como empresas que como servicios administrativos. Y sigue, en fin, persuadido de que sin modificaciones en el tipo de contratación y en el estatuto de personal, no hay manera de modificar el sistema.

Su legado político, reproducido en estas pocas líneas, fue en realidad la base de su acción política en el Ministerio: del frustrado intento por luchar contra la burocratización en todo el sistema al posibilismo de introducir algunas fórmulas novedosas de gestión a modo de pica en Flandes. Suena igual de increíble hoy que entonces: laboralizar a todo el personal del extinto Insalud, un servicio de salud inigualable en dimensión y alcance administrativo. Laboralización, la palabra maldita, nunca pronunciada del todo, siempre insinuada y guardada al final en la caja de Pandora de la nueva gestión.

Romay no pudo laboralizar al personal de los viejos hospitales del Insalud, pero sí logró que los nuevos hospitales de Alcorcón y Manacor no cayeran bajo el yugo de la burocratización. Luego el posibilismo le jugó la mala pasada de las fundaciones públicas sanitarias, que ni eran fundaciones, ni eran viejos hospitales, sino algo nuevo e inaplicable: gestión discrecional con personal estatutario. Ahí se quedó el engendro: en el papel. Ningún hospital se convirtió en fundación pública sanitaria.

Pero lo que sí prevaleció y perdura muy a su pesar es su diagnóstico, repetido otra vez frente a los alumnos del CEU: el sistema sigue igual de burocratizado, y las alternativas a la gestión clásica y directa siguen sin consolidarse. Pero están ahí, en la Ley que se aprobó en sus tiempos de ministro, para que las aplique un político audaz, posibilista y visionario. Un político parecido a Romay. Que obviamente está por aparecer.

Daniel Carreño

Sigue al frente de Fenin obligado a poner buena cara al mal tiempo. Cuando habla de lo inevitable –la deuda-, tiene ánimo y valor para ver luces entre un mundo de sombras. Juzga el Plan de Pago a Proveedores como un hito y no debería ser más que una rutinaria obligación de una Administración aburrida pero responsable. Y pagadora. Lo nunca visto, vaya. Fenin lleva décadas financiando el sistema sanitario y su cara pública, llámese Carreño, llámese Margarita Alfonsel, tienen que trazar la mejor de sus sonrisas de póker, cuando estarían en todo su derecho de romper la baraja y llevarse las fichas y el mantel.

Francisco Santolaya

Son perseverantes, estos psicólogos. Quieren ser considerados profesionales sanitarios con todas las de la ley y libran la batalla nominalista allí donde pueden. La última ocasión en la que se han sentido maltratados ha sido en la composición y presentación pública de los miembros del Consejo Asesor de Sanidad. Les ofrecieron constituir un órgano de consulta externa, pero no cuajó. Hasta que el presidente del Consejo General, Francisco Santolaya, ha sido nombrado vocal del Consejo a todos los efectos no han parado de reivindicar. Y la cosa no termina aquí. Se conoce que la insistencia debe ser una de sus más evidentes armas terapéuticas.