Para vencer al coronavirus en cualquier país, se necesitan tres pilares fundamentales: Un sistema sanitario fuerte, con recursos humanos y estructurales suficientes para poder hacer frente a la demanda asistencial, y que no se colapse. Una estructura organizativa formal con dirigentes políticos y gestores que mantengan una política de gestión sanitaria coherente, unificada, estructurada y normalizada, que proporcione credibilidad y confianza a la población. Una ciudadanía participativa, responsable y preparada, que siga los consejos epidemiológicos científicamente adoptados.

España, que hasta hace poco se jactaba, de manera eso si, totalmente injustificada e impropia, como hemos podido comprobar, como portador de uno de los mejores Sistemas Sanitarios del mundo, vemos que tiene unos recursos tanto financieros como estructurales y humanos en materia sanitaria muy limitados, con una clase política dirigente, sin experiencia y actuando de manera totalmente descontrolada, errática y arbitraria.

Desde la Organización Mundial de la Salud, para vencer al coronavirus y poder superar la pandemia vienen reclamando desde hace tiempo a los dirigentes de los países implicados, liderazgo y adopción de medidas claras científicamente consensuadas. Algo que España todavía no ha aportado. Más bien al revés, hay ausencia total de liderazgo con gran disparidad y confusión generalizada en la definición de los criterios sanitarios que regulen la evolución y los controles de actuación ante la pandemia en España.

El populismo político es más peligroso que el colapso sanitario


Esto da una imagen de España de Estado fallido, siendo fiel reflejo de ello las negociaciones y últimas decisiones entre el Gobierno Central y la Comunidad de Madrid, una de sus mayores y más importantes comunidades, decisiones que se han convertido a nivel divulgativo social en los medios audiovisuales y redes sociales,  en un auténtico “sainete”, pieza teatral de carácter costumbrista y popular, de estirpe española, dramática y jocosa en un acto, y a nivel literario, en prensa, en un “esperpento”, como los creados por Valle-Inclán, con deformación sistemática de la realidad presentándola deformada y grotesca llevando a una situación ridícula y degradada los valores previamente consagrados.

Esta situación creada, de sainete o esperpento, lo dejo al gusto y elección del lector, ha acabado por crear la incertidumbre en la ciudadanía, haciéndoles desconfiar de los políticos y de las medidas sanitarias por ellos adoptadas, decretando Estados de Alarma sacados de la manga, con criterios políticos no científicos, lo que hace ridiculizar la imagen, ya de por si infravalorada, del Estado español ante nuestros socios comunitarios.

En España, con su política y gobierno populista, vencer al coronavirus a corto y medio plazo, va a ser difícil ya que el populismo político, es más peligroso incluso que el colapso sanitario, lo que hace que no haya políticas sanitarias efectivas y unificadas, quitando credibilidad a las decisiones adoptadas en materia sanitaria, que de manera incongruentes y dispares se dictan sin rigor ni aceptación por la parte científica y sin aceptación y compromiso por parte de la ciudadanía.

Con el populismo en política nos hacemos mas débiles y vulnerables a la crisis, tanto la sanitaria provocada por el coronavirus, como a la crisis económica y social por él desencadenada. Crisis económica con una recesión manifiesta, en la que los inversores y empresarios españoles han tenido del gobierno central un respaldo muy frágil, sin el apoyo, necesario y decisivo para activar la recuperación económica como el recibido en otros países de nuestro entorno europeo comunitario, con un apoyo a las empresas españolas seis veces menor que en Alemania y la mitad que en Francia o Italia.

España y sus gobernantes han perdido la autoridad, “la auctoritas” reflejada en el derecho romano, autoridad que solo ostenta aquella personalidad o institución, que tiene capacidad moral para emitir una opinión cualificada sobre una decisión tomada. España con su política populista y totalitaria ha judicializado la pandemia. El gobierno de España ha perdido la poca confianza que tenía con sus ciudadanos, ha sembrado la incertidumbre, reaccionando la ciudadanía como no podía ser de otra manera, ante la confusión creada, retirándoles la credibilidad y dudando de sus decisiones. La gestión de la crisis de la pandemia y la consiguiente crisis económica que la acompaña en España, no tienen liderazgo. España carece de una dirección política coherente, sin definición de estrategias en el presente y sin concepción de futuro.

Navegamos sin un rumbo fijo, sin brújula y con un mando que parece “estar en el limbo”, sirva la metáfora, desconectado de la realidad que lo rodea, y con una tripulación manejando las riendas del Estado muy mal preparada. Limbo del que hay que escapar y aprender de las enseñanzas recogidas de pandemias anteriores, como la del brote de ébola del 2014 de España, brote que puso de relieve la importancia de las respuestas sociales unificadas para la buena gestión de la crisis, con un gobierno con liderazgo y con gestores bien preparados. España tiene que despertar y salir de este limbo en el que está presa e idiotizada. El limbo como tal ya ha dejado de existir, incluso en el ámbito eclesiástico, tras años de duro debate por parte de teólogos expertos, cuando el Papa Benedicto XVI, (Joseph Ratzinger) en el 2007 así lo ratificó desde el Vaticano.

Científicos y epidemiólogos de diferentes universidades como Harvard, Oxford, y Stanford, afirman que las políticas de confinamiento y aislamiento totales tienen más efectos negativos que positivos y producen efectos devastadores en la salud pública a corto, medio y largo plazo, con empeoramiento de la salud de los ciudadanos, sobre todo a expensas de falta de seguimiento y control de enfermedades graves como las cardiovasculares y el cáncer, con un añadido deterioro importante de la salud mental, lo que conducirá a un mayor exceso de mortalidad y morbilidad en los próximos años.

Nuevos modelos de abordar la gestión de la pandemia


Hay que adoptar nuevos modos de abordar la gestión de la pandemia. Hay que proteger al máximo a las personas más vulnerables, pacientes con riesgo por patologías previas y a los ancianos, dejando de una manera controlada y con adopción de las medidas de protección epidemiológica ya habituales, eso sí reforzadas con test masivos, rastreo de contactos y aislamiento de positivos, que el resto de la población vaya originando la polémica "inmunidad de grupo o inmunidad de rebaño", punto en el que la tasa de infecciones nuevas se mantiene estable mediante la llamada “Protección Focalizada”, también conocida como “Declaración de Great Barrington”, llamada así por la ciudad estadounidense donde fue firmada. De esta manera a medida que se desarrolla la inmunidad deseada, el riesgo de infectarse que todos tenemos, incluyendo los más vulnerables, poco a poco irá descendiendo, y la pandemia se irá amortiguando. Poner todas las esperanzas en el desarrollo de una vacuna, como parece ser el único objetivo en España, no es el camino más acertado.

Este gobierno de políticos con el que nos ha tocado lidiar, populista y muy poco preparado, se debe de escudar en su negligencia continua, en que sigue a rajatabla la única norma celebre descrita que deben de conocer del gran estadista Winston Churchill: “El éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”, olvidándose de otras enseñanzas que también nos dejó, mucho mas sensatas e importantes como: “El precio de la grandeza es la responsabilidad”, o esta otra a la que este gobierno no hace el menor caso que dice: “Si abrimos una disputa entre pasado y presente, encontraremos que hemos perdido el futuro”.

Nuestro objetivo debería ser minimizar la mortalidad y mitigar el daño social provocado por esta pandemia hasta que alcancemos la inmunidad colectiva tan anhelada, recordando a nuestros gobernantes que no es aceptable bajo ningún concepto, ni ético ni moral, hacer rédito político con la enfermedad. Dejémonos de ley de Memoria Histórica y Ley de Memoria Democrática, de muy poco interés real y de poco valor social, y sigamos el ejemplo de Alemania quién decreto en marzo de este año su “Gesetz zum Schutz der Bevölkerung bei einer epidemischen Lage von nationaler Tragweite” (Ley de Protección de la Población en caso de Epidemia de Importancia Nacional). Articulemos una Ley de Epidemias para evitar estar, de una vez por todas, en el limbo jurídico actual en el que nos encontramos.