11 dic 2018 | Actualizado: 16:50
Por Ismael Sánchez, director editorial de Sanitaria 2000
Mié 11 noviembre de 2015. 22.08H
El retrato y las pinceladas
Pilar González de Frutos lo ha sido todo en el complicado y cerrado mundo del seguro, y aún tiene fuelle para lograr un cargo más: presidenta de la Federación Interamericana de Empresas de Seguros, destino que no sabemos si la llevará a tomar las de Menchu Peña, y centrarse en sus cometidos internacionales, o bien apostar por la compatibilidad, estirando el tiempo y la capacidad hasta límites sobrehumanos, que a los pobres mortales nos parecen del todo inalcanzables.
 
La gran dama del seguro español, dama de hierro en un sector atestado de hombres, es la presidenta de Unespa desde 2003. Unespa no es como Farmaindustria, pero casi, porque las patronales en el fondo se parecen mucho en discreción y hasta en misterio. Prefieren la duda y el sigilo a la transparencia y el altavoz, aunque esto les termine asemejando más a un lobby que a una asociación empresarial.
 
Su cargo en la patronal es profesional y esto le ha venido bien a la organización, que se ha profesionalizado y diversificado con mayor convencimiento que esas otras patronales casi ficticias, cuyos cometidos auténticos no salen de anónimos despachos sin luz ni taquígrafos. Pero Unespa, en un sector terriblemente intervenido como el Seguro, sabe de la importancia de su misión reivindicativa y autorreguladora ante la Administración. Lo sabe la patronal, como lo saben las entidades aseguradoras, y lo sabe mejor que nadie González de Frutos.
 
Y lo sabe porque ella estuvo al otro lado de la trinchera, siendo toda una directora general de Seguros y Fondos de Pensiones entre 1997 y 2002. Cinco años con sus cuatro estaciones y sus doce meses para entender el valor poderoso del órgano de control, un brazo armado de la Administración central ante el que se cuadraba el más pintado, empezando por la todopoderosa Mapfre. Si Seguros abría una inspección, cerraba un expediente o proponía una sanción, las entidades contenían el aliento y acudían veloces a sus asesorías jurídicas y a sus asesores externos, en busca de argumentos de peso que pudieran oponer a la implacable maquinaria legal de la Dirección General.
 
Seguros, como Tráfico, no necesitó ser un Ministerio para infundir un respeto que trascendía el propio alcance de su actividad y casi emparentaba con el ámbito judicial, como si sus resoluciones no admitiesen discusión ni recurso. Lo de Tráfico es más comprensible, por sus multas y esos guardias civiles motorizados de intimidación inmediata, con gafas de sol aunque el cielo esté encapotado. Pero a Seguros le bastaba con un par de instructores, otros tantos agentes y un acta de inspección para irrumpir en la vida interna de cualquier compañía y cambiar su vida externa para siempre. Y esto, que fue así desde siempre, fue a más con González de Frutos como directora.
 
Ella tuvo oportunidad muy pronto de descubrir esa capacidad expeditiva de su cargo. A los pocos meses de ser nombrada directora general de Seguros, tuvo que emplearse a fondo y sin concesiones para tomar una decisión en Previsión Sanitaria Nacional, en aparente causa de disolución mientras su presidente paladeaba las mieles del éxito y el reconocimiento, un médico sindicalista y dicen que socialista, capaz de poner en jaque al Gobierno gracias a una exitosa huelga de hospitales, llamado Juan Blázquez.
 
Sobre la intervención de PSN que ella mismo firmó sin despeinarse hay muchas leyendas, medio verdad algunas, seguramente mentira muchas otras. Pero a mí me gusta especialmente la que narra un encuentro en la cumbre entre González de Frutos, Blázquez y Luis Sánchez Harguindey, que también estaba en el Consejo de Administración de PSN y que acudía a esa reunión en su condición de ex secretario de Estado y, como le gustaba decir a él, “altísimo representante de la Administración General”. El propósito de los dos médicos era templar los ánimos de la imperturbable directora y evitar una decisión drástica y traumática. Pues ni con esas. González de Frutos les escuchó sin pestañear, porque dicen que ya tenía tomada la decisión de la intervención y de la destitución fulminante del Consejo, empezando por los directivos que habían acudido a su despacho. Y así fue.
 
Si en ese momento hubiera que haber apostado por el futuro político de una alta funcionaria del Estado (todo lo alta que se quiera, pero funcionaria al fin y al cabo, en concreto inspectora de Seguros) y el de todo un presidente de la mutua de los médicos, muchos hubieran jugado todas sus opciones a la baza de Blázquez. Pero el presidente fue destituido, y al cabo de un año sustituido; pocos meses después, olvidado. Y González de Frutos siguió de directora general toda esa legislatura y aún empezó la siguiente, siempre con el PP, para preparar su desembarco en Unespa, donde repitió el mismo hito que en Seguros: ser la primera mujer al frente. Adelantada a su tiempo, fue también la primera mujer en la cúpula de la CEOE, la patronal de las patronales, presidida entonces por el casi eterno José María Cuevas.
 
Y es que estas mujeres que se hicieron un merecido hueco en un mundo de hombres tienen un halo de autoridad y temple que no se aprende en ninguna universidad y que transmiten a las instituciones en las que ejercen su magisterio. Al margen de si tuvo o no que intervenir PSN, lo cual no viene ahora al caso, lo cierto es que el mensaje que llegó entonces al sector caló muy hondo: nada de experimentos ni gastos sin justificar; lo primero es la solvencia de la entidad y los intereses de los asegurados. Y en Unespa, sin la capacidad intimidatoria de la Administración y con otra estrategia a base de paciencia y lluvia fina, está logrando mejorar la imagen de las compañías y situar al sector como el único flanco financiero en el que la crisis no ha destapado prácticas tan nefastas como las tristemente conocidas en otros.
 
Una dama así, como el diamante, es para siempre. El Seguro, en su más amplia concepción, puede y debe estar agradecido.