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Jue 11 abril de 2013. 01.34H
El retrato y las pinceladas

Ismael Sánchez

 

En Tirol (Austria) luchan contra el consumo de alcohol entre jóvenes a golpe de toque de queda. Según la edad, el menor tiene que regresar a casa. Debe respetar el tramo horario que le corresponda, seguramente contrariado y rabioso contra dos autoridades: la paterna y la administrativa. En caso de negarse, las fuerzas de seguridad pueden obligarle a volver al hogar.

La experiencia la cuenta Francisco de Asís Babín, delegado del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, convertido por momentos en un moderno Eliot Ness cuya máxima prioridad es frenar el consumo de alcohol entre los más jóvenes. No lo tiene fácil, pese a que no debe enfrentarse a Al Capone y a que cuenta con más recursos que tres supuestos Intocables. Tampoco hay ley seca. España hoy no es Chicago en los años 20, pero la gente, y especialmente los jóvenes, bebe con fruición, emborrachándose, vertebrando su vida en torno al alcohol.

Babín sabe que el problema es de aúpa. Por su incuestionable alcance, que no solo certifican los datos oficiales (un 75% de los jóvenes bebe y la mitad se emborrachó durante el último mes) sino también por el propio reflejo de una sociedad para la que la fiesta sin alcohol es poco menos que un acto inconcebible. Esta doble acepción del alcohol, como droga dura y como hábito permitido, es la que lo convierte en un enemigo peligroso, escurridizo y muy difícil de vencer.

Pero a la hora de legislar, el delegado resulta sorprendentemente optimista. Y dice que todo el mundo entiende que los menores no deben consumir alcohol y menos con la frecuencia e intensidad con la que lo están haciendo. Puede que lo entendamos en teoría, pero poco o nada hacemos como sociedad para cambiar y, lo que es más importante, inculcar a los más jóvenes qué hay de malo en beber.

De hecho aceptamos la realidad: casi la mitad de los padres no ven inconveniente en que sus hijos beban, con tal de que no sea en casa. El dato es terrible, clama Babín, y no le falta razón. Y seguramente es muy difícil de desmontar en una legislatura, con una ley específica o con decenas de campañas de sensibilización. A un joven le cuesta entender eso del consumo responsable. Le cuesta entenderlo y aceptarlo porque, en realidad, cuando bebe en exceso lo que busca finalmente es convertirse en un irresponsable.

Babín se enfrenta al alcohol con parecida decisión a la que sus antecesores emplearon contra la heroína o la cocaína. Por entonces, parecía que las drogas eran una cuestión de extremos: de yonquis desviados a lomos de un caballo plácido y eterno y de poblados en el extrarradio de la gran ciudad, o bien de yuppies desaforados, esnifando éxito y complacencia en una sofisticada escena sin fin. Ahora vemos que la auténtica amenaza la teníamos cerca, muy cerca de nuestras vidas pequeñas: en la bodega de la esquina, en el bar de la plaza, en la cafetería, allá por el centro. En lugares conocidos, rutinarios, aceptados. Con gente cabal, buena gente integrada en su comunidad. Y con alcohólicos bien reconocibles.

Casi imperceptiblemente, los jóvenes han tomado nota y ahí están, abusando, como otras generaciones, quizá más. Babín les va a plantar cara, no a ellos, sino a sus costumbres. Parte de que su ley no será una varita mágica, pero puede que la dificultad en el acceso haga responsable el consumo de los jóvenes. Para entonces, quizá sea posible celebrar el logro tomando una copa.

 

Antonio Torres

Es un clásico que en tiempos de crisis, la calidad se resiente. Pero no en Andalucía, que parece mantener su modelo de acreditación propio, a salvo de recortes e insuficiencias. Antonio Torres, director de la Agencia de Calidad Sanitaria de Andalucía, saca pecho y dice que son los únicos que aguantan en la materia, tras los intentos frustrados en Extremadura y Comunidad Valenciana. Y además, incorporando nuevas tareas, como la certificación de aplicaciones para dispositivos móviles (apps).

 

Pilar Marqués

La enfermera Pilar Marqués, docente en Ciencias de la Salud, considera estar igual de capacitada que el médico para dirigir un hospital. Su nivel de formación, la capacidad de análisis y el conocimiento del sistema es similar al de sus compañeros. Y aunque admite que no es habitual verlas dirigir hospitales, asegura que parte de la profesión ya está dispuesta a cubrir ese vacío. Toda iniciativa que redunde en una mayor profesionalización de los gerentes de hospital será muy bienvenida. También esta.