Redacción Médica
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Opinión > El retrato y las pinceladas

Fernández-Miranda: de ministrable a pacificador

Jueves, 09 de mayo de 2013, a las 20:15

Por Ismael Sánchez

 

Hubo un tiempo en el que a Enrique Fernández-Miranda podían nombrarle ministro de cualquier cosa. “Eso nunca depende de uno”, admitía, pero no se borraba de las quinielas. Era un ministrable convencido y casi convirtió la condición en categoría. Porque mientras se era ministrable, se acariciaba el poder, se percibía el fulgor de la autoridad y las reverencias ajenas eran tan reales como incierto el desenlace imaginado por el presidente, que, por entonces, se recogía sucintamente en el famoso cuaderno azul. De Aznar.

Fernández-Miranda estuvo a punto de ser ministro de Sanidad dos veces y ahora quiere culminar su carrera política reunificando el centro derecha asturiano y, ya puestos, convertirse en el próximo presidente del Principado. Pero antes de que empecemos a considerarle presidenciable, que en su caso no dejaría de ser entendido como un ascenso en la jerarquía política, deberá esforzarse por ser todo un pacificador, consiguiendo lo que hoy parece una quimera: que el Foro de Álvarez-Cascos y el PP consigan respetarse, entenderse y finalmente colaborar en busca de una nueva mayoría que modifique el mapa político asturiano.

Puede que desde la presidencia de la Fundación PriceWaterhouseCoopers, Fernández-Miranda haya ganado cierto halo institucional y perdido ingenio y mala leche política. Pero es posible que el que tuvo, retuvo. En aquellos años de desafección felipista y ansiedad popular, el Gobierno se daba por descontado y lo que interesaba era conocer a los próximos ministros y sus políticas en las mismísimas narices de los socialistas aún ejecutivos. Y Enrique, cirujano, hijo de don Torcuato, la mano del Rey, fue uno de los más convencidos de su doble condición: la de que, en efecto, iba a ser el próximo ministro de Sanidad y la de que debía empezar a difundir su proyecto con el mayor esmero y antelación posible para ganarle tiempo a la siempre corta acción política que contiene una legislatura.

En ocasiones parecía más ministro que la ministra Ángeles Amador. Y decía ufano que derogaría el medicamentazo, que acabaría con las irregularidades en el Insalud, que potenciaría el Consejo Interterritorial, que impulsaría el proceso transferencial en las autonomías de vía lenta, que modificaría el sistema de financiación sanitaria… Quería representar, y a veces lo conseguía, ese ánimo de reválida, de borrón y cuenta nueva que no sólo necesitaba la sanidad, sino el país entero, tras demasiados años de gobiernos socialistas.

Prometió una auditoría profunda del Sistema Nacional de Salud, la ruptura del monopolio asistencial del Estado, dando entrada a la provisión privada -argumento al que ya entonces había que añadir el latiguillo, tan actual, de no se trata de privatizar el modelo y tal-, la libre elección de médico y hospital, autonomía de gestión para los centros, nuevos contratos laborales, profesionalizar a los gerentes y conocer el coste exacto del catálogo de prestaciones. Por poder prometer y prometer, como decía Suárez, Fernández-Miranda prometió una nueva Ley  General de Sanidad para quién sabe si pasar así a la posteridad como el Ernest Lluch del PP.

La realidad, como suele ocurrir en los cuentos de hadas y también en los de la lechera, fue muy diferente. Aznar se inclinó por poner la sanidad en manos del conselleiro Romay, con experiencia en la gestión transferida y largo recorrido administrativo. Quizá Fernández-Miranda se había comprometido a tantas cosas en su largo bregar con todos los agentes del sector que el nuevo presidente prefirió sacarle del atolladero, porque era evidente que no iba a poder llevar a cabo todos sus planteamientos.

Refugiado en la Vicepresidencia del Congreso de los Diputados durante una legislatura, Fernánde-Miranda volvió a ser ministrable cuatro años después, cuando el cuaderno azul de Aznar volvió a entrar en ebullición. Tampoco esta vez confirmó la expectativa, y puede que quizá la decepción fuera mayor que en 1996, porque la elegida fue Celia Villalobos, una política en el peor sentido de la palabra, sin bagaje alguno en el sector.

Tampoco él tenía demasiado en la Extranjería y la Inmigración, pero fue elegido secretario de Estado. Así es la política. Ahora quiere volver a saberlo. En Asturias, con el PP, con el Foro, con Álvarez-Cascos. Total nada. Quizá esta vez no llegue ni a presidenciable.