16 nov 2018 | Actualizado: 00:00
Dom 27 julio. 19.53H
La hepatitis C es una inflamación del hígado causada por la infección del virus VHC. Se estima que en el mundo hay infectadas entre 130 y 170 millones de personas, un 2% de la población mundial. Con todo, desde 1990 se ha producido un drástico descenso de casos, aunque los que se diagnostican son más graves. De hecho, nos encontramos ante una enfermedad discreta, cuyos síntomas pueden tardar 20, 25 o 30 años en aparecer, y quizá por eso no se le ha prestado la atención que otras patologías. Pero su impacto asistencial y económico es evidente en el sistema sanitario y cada año va a más.

El infradiagnóstico es uno de los principales problemas de la hepatitis C. En España, se calcula que el 80% de pacientes con VHC no lo sabe. Este porcentaje, trasladado a la atención primaria, implica que cada médico tiene en su cupo a unos 40 pacientes que desconocen su infección. La cronicidad es otro elemento adverso añadido. Hasta el 85% de pacientes no logran eliminar el virus, circunstancia que sí se da en los virus A y B, que desaparecen con mayor facilidad y frecuencia. En el C se desarrolla por tanto la hepatitis crónica, que puede derivar en patologías más graves: fibrosis, cirrosis y cáncer. En este último caso, una cuarta parte de los cánceres de hígado lo provocan las hepatitis C. Un tercio de estos enfermos muere antes de un año después del diagnóstico.

Junto a 1990, hay otra fecha clave en la lucha contra la hepatitis C: fue en 2011 cuando comenzaron a aparecer los primeros antivirales, que supusieron un gran avance en el tratamiento al curar a más del 70% de los casos diagnosticados. En estos años, la combinación de los citados antivirales nos sitúa en la antesala de la desaparición de la hepatitis c.

Sin embargo, en Estados Unidos, sólo el 9% de los pacientes con VHC llegan a acceder al tratamiento. Por lo tanto, de nada servirá disponer de fármacos cada vez más eficaces  si el diagnóstico y el consiguiente tratamiento no terminan por alcanzar al mayor número posible de personas que tienen la enfermedad.

Es necesario por tanto una mayor concienciación social y sobre todo política en torno a la hepatitis C. Las asociaciones de pacientes intentan poner el foco sobre una enfermedad que no ha sido prioritaria para casi ninguna administración sanitaria, pero a la que se le puede poner freno con un plan de acción coordinado, como ocurre en otras patologías importantes y de amplio alcance.

El momento puede que sea el oportuno, puesto que las novedades farmacológicas no se detienen: ahí están los fármacos de Janssen y de Gilead, que obtienen éxitos terapéuticos muy elevados y que están generando una lógica expectación entre los enfermos. En paralelo, su introducción en la prestación sanitaria pública genera no pocos quebraderos de cabeza a políticos y gestores, encargados de cuadrar unas cuentas que, ya de por sí, llevan tiempo en un estado muy difícil de encauzar.

En el Día Mundial de la Hepatitis, que se celebra este lunes, es necesario por tanto insistir en que el VHC debe ser más y mejor diagnosticado –y en esta tarea, atención primaria tiene un reto importante- y su tratamiento, impulsado definitivamente por las administraciones sanitarias, para que la erradicación pueda ser una realidad en los próximos años.