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El daño de los ‘Grupos Antivacunas’

Por Jesús Sánchez Martos, catedrático de Educación para la Salud de la Universidad Complutense de Madrid
Martes, 09 de junio de 2015, a las 18:37
Desde el tristemente famoso caso del fraude del Dr. Wakefield a finales de los 90, los conocidos como 'grupos antivacunas', algunos de ellos liderados por profesionales sanitarios, han hecho mucho daño a la población general creando gran incertidumbre sobre los infundados peligros de las vacunas. Y ahora, una vez más, unos padres posiblemente confundidos, dejaron de vacunar a sus hijos y el pequeño de 6 años está ingresado en una UCI afectado por la difteria, una enfermedad que desde 1987 no existía en nuestro país gracias a la alta tasa de cobertura de vacunación de la población infantil que ronda el 95 por ciento.

La prestigiosa revista The Lancet publicó en 1998 un artículo del Dr. Wakefield (Royal Free Hospital and School of Medicine, London), que cautivó a los medios de comunicación de todo el mundo, en el que afirmaba que la vacuna “triple vírica” presentaba entre sus efectos secundarios varios casos de autismo. Este caso afectó directamente a la credibilidad de las autoridades y de muchos profesionales sanitarios, al tiempo que hizo retroceder significativamente el cumplimiento del calendario vacunal en este sentido, como consecuencia del miedo de las familias a esta vacuna, lo que se extendió a otras muchas, algo que tomaron como bandera los 'grupos antivacunas' para conseguir sus poco éticos y nada científicos argumentos contra las campañas de educación sanitaria en vacunas.

Y aunque después se desmintieran estos resultados por fraudulentos, los medios de comunicación social no se hicieron el mismo eco de la noticia, como sucedió en 2011 con el artículo publicado en British Medical Journal por Godlee y colaboradores, en el que califica de "falsos" los estudios que relacionan la vacuna de la triple vírica con el desarrollo del autismo.

En concreto, la publicación acusa directamente al doctor estadounidense Andrew Wakefield de falsificar los datos con los que elaboró su polémico estudio. "Es imposible que haya cometido un error, sino que ha falsificado premeditadamente los datos para convencer a miles de padres de que las vacunas son peligrosas y las responsables de diversas enfermedades, como los brotes de sarampión y las paperas", dice textualmente el artículo de referencia. La historia de la falta rigor científico de aquellos que se postulan contra la vacunación, se volvió a hacer presente con la vacuna de la Gripe A, hasta el punto de que se tuvieron que destruir mas de 2 millones de dosis por incumplimiento de la sociedad en general, que poco creía en las autoridades sanitarias como sucede con frecuencia ante las alarmas sociales que nos ha tocado vivir en los últimos años.

Y ese movimiento 'antivacunas' que cada vez tiene más espacio por el desarrollo de los medios de comunicación en Internet y las redes sociales, es el que lleva a muchos padres a no entender que “el derecho a las vacunas, es un derecho de los niños y no de los padres”, y que ningún padre debería tener derecho a negarle a su hijo una protección contra las enfermedades, demostrada por la medicina basada en la evidencia. Pero a pesar de todo, no son pocos los que siguen insistiendo en que artículos como éste pueden hacer más daño que beneficio, porque entienden que no se debería seguir hablando de los 'grupos antivacunas', apoyándose en el viejo criterio de que es mejor no dar información para no aumentar el conocimiento de los que sin rigor convencen a muchos ciudadanos de que las vacunas tienen más riesgo que beneficio.

Solo puedo decirles a todos ellos, que al menos en mi modesta opinión, siempre es mejor contar toda la información posible apoyada en el rigor de la ciencia para tratar de desmontar esos argumentos que no tienen ninguna solidez. En fin, al menos en el caso del niño de Olot, al que todos deseamos una pronta recuperación, las aguas vuelven al cauce del sentido común y según las informaciones de que disponemos, los padres han aceptado vacunar a su otra hija, se han vacunado ellos mismos y también los abuelos han hecho lo propio por pertenecer a ese grupo de contacto directo con el niño.

Y si de “responsabilidad” se trata, claro que debemos recordar a todos los padres la que tienen respecto a la salud de sus hijos a la hora de cumplir con un calendario de vacunación, que para muchos, entre los que me cuento, debería ser obligatorio como ya sucede en otros muchos países, pero también debemos recordar a nuestros políticos y gestores, que son ellos los máximos responsables de que la información de salud no llegue adecuadamente a todos los rincones del Estado, ya que contamos con medios de comunicación que son públicos, porque los sufragamos y los mantenemos todos nosotros con nuestros impuestos.

En este sentido nunca está de más recordar que “un ciudadano bien informado es más difícil que enferme y que un paciente bien informado es más fácil que se cure o al menos que se recupere”.
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