13 nov 2018 | Actualizado: 18:50
Por Ismael Sánchez, director editorial de Sanitaria 2000
Mié 25 diciembre. 18.11H

Acaba de asumir la presidencia de Facme y ya está pensando en la retirada. No porque se vaya a ir ya, no. Sino porque intuye que irse será más difícil que llegar, lo que no puede ser más cierto en muchos de los cargos representativos que tenemos en la sanidad.

Cuando llegas a un sitio, cuando asumes una responsabilidad reconocida, parece que resultó toda una hazaña lograrlo. Y, en verdad, lo difícil será dejarlo. Nunca encuentra uno el momento. El buen momento. Ahora no, dentro de un tiempo, cuando piensas que ahora, entonces te convencen de que más tarde, y cuando te quieren echar, eres tú el que te resistes. Hace bien Carlos Macaya en preparar la retirada nada más llegar. Porque hacerlo como quiere, dignamente y a tiempo, le costará más que haber triunfado en la Medicina.

Parece un óptimo presidente para Facme: dice tener principios, ser leal e independiente, y estar más interesado en las personas que en los cargos. Y, sobre todo, tiene un formidable bagaje profesional, con reconocimiento nacional e internacional. A partir de ahora, será más bien un líder político, de la profesión, pero político. Pero sin dejar de ser un líder profesional, lo que siempre fue, y lo que otros líderes políticos de la profesión no siempre pueden decir.

Constreñidas entre sindicatos y colegios, las sociedades científicas siempre han parecido demasiado ensimismadas en la ciencia para preocuparse de la profesión. Facme fue un buen invento para ganar empaque e influencia. Sin embargo, al bajar a la arena política, al arremangarse por la profesión, nuestros médicos más científicos corren el peligro de perder esa aureola inapelable que, claro, tienen más por médicos que por políticos.

Macaya quiere una Facme más comunicativa, que permita una mejor relación entre sociedades, empezando por un mayor conocimiento recíproco (algunas parecen no tener ni el gusto, ni sus presidentes tampoco; lo dicho, cosas del ensimismamiento). Luego le gustaría una Facme más compacta, que es lo mismo que decir especialidades más unidas, con menos sociedades. Seguramente está pensando en Primaria y ha pensado de hecho, pero en público solo para bien: ha incorporado a las tres sociedades en su junta directiva y ha hecho casi suyo su mensaje: el enfermo es un continuo y no es un proceso, ni siquiera colocar un stent, por mucha fama que dé, colocarlo bien y a alguien conocido como la Madre Teresa.

El cardiólogo Macaya llega a Facme con el aspecto accesible de un médico de familia, con el alma de un internista y con la gestión clínica por bandera, que es igual que decirle a los políticos que el médico está para decidir y no para obedecer. Quiere izarla en todo el Sistema Nacional de Salud, pero sabe que tendrá que ir autonomía por autonomía, hospital por hospital y casi servicio por servicio para difundir una fórmula que seguro no sera única, pero que por lo menos sea algo homogénea.

Habla casi como un padre cuando espera que Neurología regrese a casa por Navidad o que vuelva como el hijo pródigo. Y no duda en invitar a los cirujanos cardiovasculares y a los anestesiólogos. Porque piensa en Facme como en la Casa Común de los médicos científicos, tanto de izquierdas como de derechas.

Ya conoce a su sucesor, pero aún así a Macaya le será difícil marchar. Como a todos. Él, al menos, lo reconoce. Facme, como muchas sociedades científicas, demuestra civismo con eso del presidente electo, que es como un presidente al acecho o a la expectativa, para que el presidente a secas no desbarre ni se emocione, ni termine cambiando estatutos y tal. Así que Macaya se irá, dentro de tres años, con una retirada bien preparada, rumbo a Sotillo de Ladrada, a cuidar de los caballos de su mujer. Si lo ha sabido decir, si se ha decidido a decirlo, es que se retirará como quiere: a tiempo y con dignidad.