Desde hace tiempo se dice que el impacto de la creciente automatización en el mundo del trabajo va a ser muy importante; no solo en las fábricas, sino también en profesiones como la Sanidad o la Educación. No hay sector que no se vaya a ver afectado a medio plazo —aunque se apunta que saldrán más perjudicados los trabajos más rutinarios y beneficiados los más creativos-.

En este contexto, que puede derivar en una situación difícil de controlar, comienzan a ser preocupantes dos evidencias: la falta de análisis en el ámbito político sobre cómo frenar los efectos negativos de la revolución tecnológica y la ausencia de terapias en las que se apueste por la cualificación profesional y la formación.

Se educa para la vida y durante toda la vida. Esto adquiere ahora una dimensión de mayor calado porque están en juego consideraciones de otro calibre, ya que difícilmente se podrán paliar, en lo posible, los efectos de la robotización sin una buena planificación en formación continua. En relación con épocas pasadas, en las que las máquinas también jugaron un papel protagonista, hoy existe un elemento diferenciador: la digitalización, que permite una gestión muy rápida de grandes cantidades de información y propicia unas transformaciones difícilmente previsibles. Muchas opiniones han alertado incluso acerca de un cambio de época. La cuarta revolución industrial genera una sensación ascendente de desprotección, pero todavía no han saltado las alarmas y ya es hora.


"Es preciso afrontar los grandes cambios que vienen y reducir la exclusión social que pueda traer consigo la globalización con una cualificación profesional sólida"


En tales circunstancias, no hay más camino que una educación permanente que posibilite, como explicó el filósofo Emilio Lledó, una vida más humana en una sociedad más justa. Es preciso afrontar los grandes cambios que vienen y reducir la exclusión social que pueda traer consigo la globalización con una cualificación profesional sólida.

Hoy se percibe ya una quiebra en el principio de reparto equitativo de beneficios y la desigualdad vuelve a ser protagonista. Hace falta un impulso que priorice la educación, para todas las edades, y que contrarreste el enorme poder de los más ricos, que han manipulado el desgobierno de la aldea global en su beneficio exclusivo. Y sería deseable que este planteamiento condujese a politizar la tecnología, para combatir el riesgo de que el neoliberalismo digital genere más desigualdades (tanto por el desempleo como por la disminución de inversión pública): se espera de la Unión Europea que constituya un espacio político que favorezca la igualdad de oportunidades en la vida y en el que las personas estén protegidas por iniciativas en el prisma de los intereses generales, que respeten la naturaleza y sean beneficiosas para el empleo.

Detengámonos por unos párrafos en lo particular antes de mirar de nuevo lo general. La formación continua ha jugado tradicionalmente un papel importante en las profesiones del ámbito sanitario. Su auge ha tenido una extraordinaria apoteosis en los años previos a la última crisis financiera. En ese tiempo ha estado muy vinculada a los intereses de las multinacionales, pero es evidente que debe ser regulada de otra manera. Lo peor, con ser malo, no es el dirigismo interesado, que no entiende de objetividad científica, sino la sombra de duda que ha introducido en ocasiones. En todo caso es innegociable que la única realidad deseable es, frente a la arbitrariedad de otros intereses en liza, la fiabilidad en la investigación y la calidad en la formación.

Otra cuestión ha entrado además en juego: en poco más de veinte años hemos pasado del objetivo, para muchos utópico, de “la sanidad totalmente digital del futuro” (así se la denominaba en los 90), a una tecnología-red, diseñada en gran medida como escaparate comercial para beneficiar, quién sabe si únicamente, los intereses de un grupo muy selecto de corporaciones que se reparten un gran porcentaje del crecimiento digital.

Tal vez sea bueno reflexionar sobre lo que hemos perdido y lo que hemos ganado, aún sin la intención de deshacer el camino andado. Para empezar, el precio que hemos pagado por esa transformación es el de tener un Sistema de Salud más distante en las relaciones humanas. Han pasado muchas cosas en el tiempo transcurrido, pero no se puede decir que la formación haya sido prioritaria para los sucesivos gobiernos. Por el contrario, ha habido abandono y falta de orientación por parte de nuestras élites gobernantes. ¿Cuándo vamos a desarrollar planes eficaces que tengan un efecto real sobre la cualificación profesional y que no recurran a propuestas fáciles, como los cursos online con respuestas a cambio de currículum?


"¿Cuándo vamos a desarrollar planes eficaces que tengan un efecto real sobre la cualificación profesional y que no recurran a propuestas fáciles?"


Antes de dictaminar soluciones, hay que encarrilar el problema. ¿Cómo? Mediante medidas que establezcan, para la formación y la investigación, una relación constructiva de los estadios de colaboración con la industria. Las prioridades son conocidas: formación en relación con los determinantes sociales de la salud, que son responsables en gran medida de la falta de equidad del sistema sanitario; educación para reafirmar la humanización de la medicina frente la creciente tecnologización; formación continua para orientarse ante la avalancha de la publicidad farmacéutica y tecnológica.

En definitiva, el contraste entre formación en el progreso tecnológico y publicidad de las grandes multinacionales, incluyendo un gran número de ensayos clínicos vinculados a sus intereses, ha de ser nítido.  Desde esta perspectiva, la formación no puede ser sinónimo de subordinación a intereses ajenos. Repitámoslo de otra manera: la estimulación contínua en la profesión debería ser un objetivo principal para los líderes políticos. En definitiva, es prioritario, y responsabilidad de los servicios autonómicos de salud, de manera compartida con el Consejo Interterritorial de Salud, poner en marcha un plan de formación continuada para afrontar los nuevos retos en determinantes sociales, modos de enfermar, atención comunitaria, dinámica de equipos y gestión de la información de medicamentos y tecnologías.

Es esta una situación que requiere debate político y soluciones en distintos frentes. En un tiempo de difícil acceso al mercado de trabajo, habría que introducir los cambios tecnológicos, con sus preocupantes interrogantes para el empleo y la desigualdad social, también en la agenda de los sindicatos: hay que destacar el papel fundamental que deberían jugar en relación con la puesta en marcha de políticas de formación continua —hoy externalizada y privatizada— en las empresas. Es muy importante, y va a serlo más todavía, formar a los trabajadores en las aptitudes que exige la nueva realidad tecnológica para minimizar las cifras de exclusión del mercado laboral. Potenciar la cualificación en la profesión o en el oficio. La preparación, en suma, es una demanda ineludible. No esperemos un buen futuro si no hay una buena formación.