13 dic 2018 | Actualizado: 19:00
Hace 10 años CCOO denunciaba que en las clínicas Pascual las trabajadoras estaban sufriendo discriminación laboral en tanto que obligaban a las enfermeras y auxiliares de Enfermería que prestaban sus servicios en planta y consultas externas a usar un uniforme consistente en cofia, delantal con peto, falda y medias, al contrario que a sus compañeros que usaban pijama sanitario.

CCOO siempre tuvo claro que lo primero era la dignidad e igualdad de la mujer trabajadora y que había que luchar contra la Dirección machista y retrógrada de estos centros sanitarios. Por eso pidió en los tribunales que se declarara esta práctica empresarial como contraria al principio de no discriminación por razón de sexo contenido en el artículo 14 de la Constitución Española.

La movilización, tras la denuncia en solitario de CCOO, fue masiva entre el personal sanitario y la ciudadanía andaluza en general y el Tribunal Supremo dio la razón a CCOO ante esta situación humillante y discriminatoria que venían sufriendo las trabajadoras, lo que sirvió para que esta práctica sexista y rancia no formara parte de una cláusula en los contratos de estas mujeres que les eximía de un incentivo económico en caso de no usar el uniforme impuesto.

Era una cuestión de dignidad y únicamente CCOO estuvo a la altura al denunciarlo y, por eso, diez años después otro 8 de marzo más desde CCOO gritamos alto cómo nos queremos: Vivas, libres y unidas.

Vivas porque somos 920 mujeres menos en la sociedad desde 2003, porque sólo un 4,6% de la sociedad siente las violencias machistas como un problema grave y porque no solo son los homicidios sino todas y cada una de las violencias ocultas e invisibles que sufren día a día las niñas y las mujeres y que por desgracia no tienen cifras estadísticas oficiales.

Queremos visibilidad, que no nos hagan sentir inferiores ni que nos controlen, tenemos opinión propia y nadie nos va a decir cómo hemos de vestir (para no ser violadas), cómo debemos disfrutar de nuestro ocio y nuestro sexo, cómo sentir en definitiva ni cómo hemos de ser y comportarnos, porque nos queremos libres y unidas para acabar con las desigualdades que sufrimos en nuestras vidas personales, laborales y familiares.

Queremos vidas con calidad, con una atención sanitaria que se centre en nuestros problemas reales de salud, en esa morbilidad diferencial que aparece en el sexo femenino y que nos resta vitalidad, calidad y placer en nuestras vidas porque sabemos que enfermamos diferente y que, por tanto, necesitamos de una Atención Primaria con más recursos que visibilice a las mujeres.

Queremos, con la convocatoria de huelga del 8 de marzo, denunciar que existen brechas de género, precariedades en nuestros empleos, en nuestros sueldos y en nuestras condiciones de trabajo que nos condenan a millones de mujeres a la inseguridad, a la enfermedad, a los riesgos, a las agresiones laborales y, en definitiva, a la pobreza.
Queremos una vida segura, libre de miedos, digna y en igualdad.

Asimismo, exigimos al Gobierno estatal que no haga declaraciones a los medios de comunicación minimizando las desigualdades y las violencias que sufrimos las mujeres y que hacen tanto daño.

Instamos a que los poderes públicos cumplan con partidas presupuestarias las medidas efectivas acordadas en el Pacto de Estado en materia de Violencia de Género para que tengan repercusión en los ámbitos de los servicios públicos, como son la sanidad, la educación y los servicios Sociales, porque si no, como dijo el médico forense Miguel Lorente Acosta: “El 9 de marzo comienza para el machismo la necesidad de olvidar todo lo vivido cada 8 de marzo…”.

Ahora cada 9 de marzo será diferente porque hemos conseguido parar el mundo y que la sociedad se haya sacudido de encima este machismo que la impregnaba, que nos asesinaba y que pretendía mantenernos calladas, sumisas e invisibles y habremos logrado que nuestro mensaje de igualdad real en lo social, económico y laboral haya calado como garantía de la autonomía personal de todas y cada una de las mujeres.