Eduardo López Collazo Eduardo López Collazo
Una mujer planifica su día teniendo en cuenta la distancia hasta el baño. Sabe qué reunión puede aceptar y qué ropa disimula una hemorragia inesperada. Desde fuera continúa con su vida; por dentro, buena parte de ella se organiza alrededor del sangrado.
La menstruación abundante suele describirse mediante mililitros, coágulos o días. Quienes la padecen hablan además de cansancio, anemia, dolor, noches interrumpidas y planes cancelados. La medicina llama calidad de vida a lo que, en realidad, es la vida.
The Lancet publicó el 21 de octubre los resultados de MIRA2, un ensayo clínico aleatorizado que se realizó en 34 hospitales de los Países Bajos. Participaron 715 mujeres con sangrado menstrual abundante, menores de 60 años y candidatas a una ablación endometrial.
La ablación destruye o reseca el endometrio para reducir las hemorragias. Conserva el útero y evita una cirugía mayor, mas en algunas pacientes quedan zonas activas o el tejido vuelve a crecer. Los síntomas reaparecen y alrededor de una de cada diez termina necesitando una histerectomía durante los dos años siguientes.
El ensayo clínico MIRA2 probó una modificación sencilla: la mitad de las participantes recibió únicamente la ablación; en la otra mitad, al concluir el procedimiento, se colocó un dispositivo intrauterino con 52 miligramos de levonorgestrel. La hormona debía mantener inactivo el endometrio residual y dificultar su regeneración.
A los dos años, 15 de 342 mujeres del grupo combinado habían pasado por una histerectomía, frente a 34 de 331 en el grupo tratado solo con ablación. Las proporciones fueron del 4% y el 10%, con un riesgo relativo de 0,43. La reducción relativa se acercó al 57%.
La diferencia absoluta fue de seis puntos. Habría que aplicar el tratamiento combinado a unas 17 mujeres para evitar una histerectomía adicional durante el periodo estudiado. Ese número permite comprender el beneficio sin necesidad de adornarlo.
Los acontecimientos adversos graves aparecieron en el 8% de ambos grupos y no hubo muertes relacionadas con la estrategia clínica seguida. A los seis meses había más mujeres sin menstruación; después fueron menos frecuentes el uso de medicación adicional y el dolor cíclico.
La intervención no incorpora un robot, una plataforma genómica ni un algoritmo. Añade un dispositivo conocido a una técnica establecida. Su novedad consiste en combinar dos herramientas disponibles.
Ergo, el progreso médico no siempre llega acompañado de una máquina nueva. A veces consiste en introducir un gesto de pocos minutos dentro de un procedimiento habitual. Si evita una operación mayor, deja de ser un detalle.
Una histerectomía puede ser la decisión correcta y ofrecer un alivio definitivo. También supone extirpar un órgano, asumir los riesgos de una cirugía y atravesar una recuperación. Prevenirla cuando existe una alternativa eficaz importa.
Todo esto se puede decir sin convertir el útero en una medida de feminidad. Conservarlo no es una obligación moral ni perderlo disminuye a ninguna mujer. El valor del estudio reside en ampliar la elección y reducir el número de pacientes que llegan a una operación porque las opciones anteriores no lograron controlar sus síntomas.
El ensayo me recuerda una historia quizá menos clínica: durante siglos, el dolor menstrual y las hemorragias abundantes se aceptaron como asuntos privados, exageraciones o peajes inevitables del cuerpo femenino. Muchas mujeres aprendieron antes a disimularlos que a pedir ayuda.
Según los datos utilizados para diseñar el ensayo clínico MIRA2, el sangrado menstrual abundante afecta aproximadamente a una de cada cuatro mujeres entre los 30 y los 50 años. Una frecuencia tan elevada no impidió que el problema permaneciera durante demasiado tiempo en una zona de resignación social y atención científica insuficiente.
Normalizar el sufrimiento tiene consecuencias. Si una mujer puede trabajar, cuidar y llegar a casa, se supone que funciona; apenas se cuenta cuánto esfuerzo consume. La desaparición de una urgencia visible oculta una pérdida cotidiana de libertad.
Los resultados necesitan, pese a su claridad, una lectura prudente. El ensayo fue abierto: pacientes y profesionales sabían qué tratamiento se había administrado. La histerectomía es un desenlace objetivo, aunque la decisión de indicarla puede verse influida por las expectativas sobre la intervención previa.
El seguimiento duró dos años y faltaban datos del desenlace principal en 42 participantes, un 6% de la muestra. Ignoramos si la diferencia se mantiene a cinco o diez años y cuántas mujeres acabarán solicitando la retirada del dispositivo.
Por otra parte, el levonorgestrel puede producir sangrado irregular, dolor, quistes ováricos benignos y otros efectos que deben explicarse antes de decidir. Tampoco todas las mujeres desean o pueden recibir un dispositivo hormonal, y la ablación se reserva para pacientes cuidadosamente seleccionadas que no buscan embarazos futuros.
El modelo se estudió en 34 hospitales de un solo país. Habrá que comprobar su funcionamiento en otros sistemas sanitarios, con distintas técnicas de ablación, perfiles clínicos y formas de decidir una histerectomía. La reducción observada es convincente; su generalización exige conservar esas condiciones a la vista.
MIRA2 no elimina la histerectomía ni convierte una combinación terapéutica en solución universal. No obstante demuestra algo útil: una intervención sencilla puede reducir de manera apreciable la probabilidad de que una mujer necesite perder el útero después de tratar un sangrado abundante.
Volvamos a la mujer que calcula las distancias hasta el baño. El éxito de la medicina no debería medirse únicamente por lo que consigue extirpar, también por aquello que permite conservar: un órgano, una jornada sin miedo y la posibilidad de organizar la vida con otro calendario.