Miquel Segura, jefe del Grupo de Investigación en Cáncer y Enfermedades Hematológicas Infantiles del VHIR.
El proyecto europeo
Phoenix, coordinado por el Vall d'Hebron Instituto de Investigación (VHIR), dará un paso clave en
Oncología pediátrica al iniciar el primer ensayo en niños del fármaco experimental ibrilatazar. Para el investigador Miquel Segura, jefe del Grupo de Investigación en Cáncer y Enfermedades Hematológicas Infantiles del centro, este avance representa una oportunidad para "aprovechar la
vulnerabilidad biológica de las células tumorales sin castigar tanto a las células sanas", con el objetivo de mejorar tanto la eficacia como la tolerabilidad de los tratamientos en
cáncer infantil.
En esta fase inicial, el ensayo clínico evaluará la seguridad del fármaco y definirá su dosis en niños, niñas y adolescentes con
tumores sólidos agresivos en recaída o refractarios, un grupo con opciones terapéuticas muy limitadas. El proyecto se apoya en resultados previos en adultos y en estudios preclínicos que han mostrado señales de actividad antitumoral.
Un cambio de enfoque: del daño al ADN al estrés celular
Segura explica que la principal diferencia entre ibrilatazar y la quimioterapia convencional está en su mecanismo de acción. Mientras que los tratamientos estándar atacan directamente el
ADN de las células tumorales, generando daños irreparables que conducen a su muerte, este enfoque también afecta a células sanas que se dividen rápidamente.
"Eso es lo que explica los efectos secundarios clásicos de la
quimioterapia, como la caída del cabello o los problemas en mucosas e intestino", señala. Así, el nuevo fármaco propone una estrategia distinta: no dañar directamente el ADN, sino
intensificar el estrés celular hasta superar el umbral de resistencia de las células tumorales.
"Las células tumorales ya viven bajo un estrés muy elevado por su alta demanda energética y sus
condiciones de crecimiento. Este fármaco lo que hace es empujar ese sistema hasta un punto en el que la célula ya no puede compensarlo y muere", explica.
La clave, según el investigador, está en que las células sanas parten de niveles de estrés mucho más bajos y cuentan con
mecanismos de adaptación más eficientes. "Eso les permite resistir mejor el tratamiento, lo que abre la puerta a terapias potencialmente
menos tóxicas", apunta.
Neuroblastoma: una de las mayores necesidades no cubiertas
El ensayo se centra inicialmente en el
neuroblastoma de alto riesgo y otros tumores sólidos pediátricos agresivos. Segura subraya que la elección responde a una realidad clínica muy concreta: la falta de alternativas eficaces cuando los tratamientos estándar fallan. "Nosotros trabajamos con tumores que, cuando recaen, prácticamente no tienen opciones curativas”, asegura, añadiendo que "el neuroblastoma es uno de los más complejos en este sentido".
Aunque su nombre pueda inducir a confusión, el neuroblastoma no es un
tumor cerebral, sino que se origina en el sistema nervioso periférico, con frecuencia en las glándulas suprarrenales o tejidos abdominales. Su comportamiento agresivo en fases avanzadas lo convierte en
uno de los principales retos de la Oncología pediátrica.
Un ensayo pionero con máxima cautela clínica
El estudio Phoenix supone la primera
administración del fármaco en población pediátrica, lo que implica un diseño especialmente conservador. "Es un first in child, y eso obliga a ser extremadamente cuidadosos2, apunta Segura. El objetivo principal no es demostrar eficacia, sino
establecer el perfil de seguridad y determinar la dosis adecuada tanto en monoterapia como en combinación con otros tratamientos como quimioterapia o inmunoterapia.
Segura insiste en que la transición desde los datos en adultos a los niños no puede darse por supuesta: "Aunque en adultos los resultados de seguridad son muy buenos, en Pediatría siempre
hay que empezar de cero en términos de evaluación".
De la biología del tumor a la Medicina Personalizada
Más allá del fármaco, el investigador destaca el valor del proyecto como
plataforma de investigación avanzada. El ensayo incorporará análisis inmunológicos, genéticos y herramientas como la biopsia líquida para estudiar el ADN tumoral circulante en sangre. Esto permitirá observar
cómo responde cada paciente de forma dinámica durante el tratamiento. "No solo queremos saber si el fármaco funciona, sino entender en qué pacientes funciona mejor y por qué", explica.
Uno de los aspectos más innovadores es el análisis del sistema inmunológico antes, durante y después del tratamiento. "Podemos ver cómo cambia ese entorno biológico con el fármaco y si esos cambios se correlacionan con
la respuesta clínica", señala Segura.
El proyecto también incorpora el análisis de
factores sociales y estructurales que influyen en el acceso a los ensayos clínicos. "No todos los pacientes tienen las mismas oportunidades de participar en investigación. Queremos identificar esas barreras para corregirlas", defiende.
Aplicaciones más allá del cáncer infantil
Aunque el ensayo se centra en neuroblastoma y tumores pediátricos agresivos,
el potencial del fármaco podría extenderse a otros contextos oncológicos. En adultos, ya existen señales prometedoras en tumores como "cáncer de ovario,
páncreas y pulmón".
En el ámbito pediátrico, Segura señala que también se está explorando su posible uso en
sarcomas y tumores cerebrales, siempre que se confirme su capacidad de actuar en distintos entornos biológicos. "Parte del estudio también nos ayudará a entender si el fármaco puede llegar al sistema nervioso central, lo que abriría
nuevas posibilidades en tumores cerebrales", apunta.
Seguridad, combinaciones y el largo camino clínico
El investigador recuerda que esta fase del ensayo es solo el inicio de un proceso largo. "El objetivo principal es definir seguridad y dosis. A partir de ahí vendrán
estudios en combinación con otros tratamientos", explica. Estas combinaciones serán clave en el desarrollo futuro del fármaco, ya que en Oncología la eficacia suele depender de
estrategias multimodales. Sin embargo, también introducen complejidad, porque es necesario estudiar no solo la toxicidad de cada fármaco, sino su interacción conjunta.
Para Segura, el valor del proyecto no se limita a los resultados inmediatos, sino a lo que representa a largo plazo: "Lo importante es
cambiar el paradigma y pasar de tratamientos muy agresivos a terapias más inteligentes, que ataquen mejor al tumor sin destruir tanto al paciente". Aunque advierte de que aún queda un largo recorrido clínico, el investigador considera que Phoenix abre una línea prometedora en la búsqueda de
tratamientos más precisos y menos tóxicos.
"Si conseguimos que este tipo de estrategias funcionen, no solo estaremos mejorando la supervivencia, sino también la
calidad de vida de los niños que superan la enfermedad", concluye.
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