Alejandro Vázquez, consejero de Sanidad de Castilla y León; y Rocío Hernández, exconsejera de Salud de Andalucía.
Los
profesionales sanitarios son humanos, y como tales cometen
errores. Pero el de la
Sanidad es un sector tan estratégico, porque vela por la vida de la población, que cualquier despiste puede ser fatal.
Lo hemos visto recientemente en el
Hospital de Burgos, el HUBU, donde han muerto dos pacientes por un
fallo humano en la
Farmacia al preparar un medicamento oncológico. Y también hace unos meses en Andalucía, con los errores en los
cribados de cáncer de mama, que igualmente han acarreado muertes y sufrimiento.
Dos casos que en su origen guardan similitudes, pero que han puesto en evidencia formas abismalmente opuestas de ser afrontados. Hay que decirlo,
Castilla y León ha dado una lección de cómo se deben encarar estas situaciones, y el caso andaluz ya es tristemente ejemplo de lo contrario.
Humildad, reconocimiento de la
verdad, comunicación clara, y compensación de los daños han sido los ingredientes que la
Consejería de Sanidad y el HUBU, con el respaldo del
Gobierno autonómico, han ofrecido como respuesta a la sociedad ante un hecho tan impactante como la muerte accidental de dos personas.
El consejero
Alejandro Vázquez no se ha escondido a la hora de reconocer el “error profesional”, con unas consecuencias “drásticas e importantes”, empatizando con quienes están sufriendo. Ha pedido disculpas públicas a los familiares de los fallecidos y a los otros tres pacientes que se han visto afectados. Además, fue la propia Consejería quien ordenó la investigación interna que va a ser fundamental para que la
Fiscalía valore la situación. La Junta ya ha anunciado que la compensación a las familias y a los afectados se asumirá sin discusión, tal y como ha expresado
Carlos Fernández Carriedo, portavoz del Gobierno regional.
Igualmente destacable en esta crisis es el rol del director del HUBU,
Carlos Cartón, que en diciembre pasaba de ser director médico a gerente del centro, y que desde que trascendió la noticia ha dado las explicaciones oportunas, tanto técnicas como humanas.
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Los pacientes se merecen la verdad, no mentiras; y ante el error, ellos son las víctimas, y su honor y sus derechos deben siempre prevalecer
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Todo este buen hacer puede quedar como un
manual de gestión de crisis para futuros consejeros de Sanidad, gerentes, incluso presidentes autonómicos. Qué bien le hubiera ido a la anterior consejera de
Salud de Andalucía haberlo tenido como guía ante el escándalo de los cribados de cáncer de mama, que acabó forzando su dimisión-cese por la mala gestión que hizo del caso.
Rocío Hernández Soto fue distante con las pacientes, no supo marcar unos tiempos de comunicación adecuados, no asumió que era la responsable primera que tenía que dar la cara, dejando así a los pies de los caballos a su presidente
Juanma Moreno, que se encontró de sopetón con un problema que aún colea en su gobierno. Además, se trató de desprestigiar a las afectadas politizando el asunto, como si fuera una asociación dirigida por la oposición.
Lógicamente las reacciones de las personas son fruto de su personalidad, de su formación y de cómo afrontan sus responsabilidades. Vázquez es un médico que ya demostró en su etapa profesional su valía; que cuando tuvo que dar el salto a la política parlamentaria lo hizo también con una forma de comportarse muy ligada a la
deontología médica, sin aspavientos. Además, como consejero ha sabido rodearse de un gran equipo, y cuenta con una jefa de gabinete que nada tiene que ver con el desbarajuste que traslucía el entorno de Rocío Hernández, donde su hombre de confianza,
Marco Antonio González, no salió de la Consejería tampoco con buenas referencias.
El consejero actual,
Antonio Sanz, aún sufre las consecuencias de aquellos días negros en la Consejería, y aunque se está esforzando multiplicándose más allá de las 24 horas del día, una crisis con tantos errores de arranque es muy difícil reconducirla.
En definitiva, quedan para la posteridad ambos casos muy recientes. Quienes vengan detrás y por desgracia tengan que afrontar
situaciones tan trágicas y delicadas como estas tiene dos caminos para elegir, el de Castilla y León o el de Andalucía. Han de ser conscientes de que cada uno lleva a escenarios completamente opuestos. Pero la
ética solo es una: los pacientes se merecen la verdad, no mentiras; y ante el error, ellos son las víctimas, y su
honor y sus derechos deben siempre prevalecer.
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