Un estudio prueba cómo la simulación ayuda a futuras enfermeras a ganar confianza en el cuidado del paciente

La simulación clínica reduce la brecha teoría-práctica en Enfermería
Simulación clínica.


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En la formación de los futuros profesionales de Enfermería, existe un desafío que ha sido señalado durante décadas: la distancia entre lo aprendido en las aulas y lo que ocurre en el entorno clínico real.

Esta llamada "brecha teoría-práctica" no es solo un asunto académico, sino un obstáculo que repercute directamente en la confianza del estudiante, en su capacidad de tomar decisiones y, en última instancia, en la seguridad del paciente. En este contexto, la simulación clínica se está consolidando como una estrategia pedagógica de gran valor para acortar esa distancia.

Un estudio reciente publicado en BMC Medical Education ha analizado de forma sistemática la evidencia disponible sobre el uso de simulación en la formación de Enfermería. La revisión incluyó 15 investigaciones desarrolladas entre 2010 y 2025, con más de 1.100 estudiantes participantes.

Los resultados reflejan que en doce de los trabajos se observaron mejoras claras en la capacidad de toma de decisiones, el juicio clínico y la autoconfianza del alumnado. Estos beneficios fueron especialmente notables cuando se utilizaron simuladores de alta fidelidad y escenarios clínicos estructurados en áreas críticas como la reanimación cardiopulmonar, el control de infecciones o el razonamiento diagnóstico.

Un entorno seguro que favorece el aprendizaje


¿Por qué la simulación funciona tan bien? Una de las claves está en el entorno seguro que proporciona. El estudiante puede practicar procedimientos complejos sin el temor de dañar a un paciente real, lo que reduce la ansiedad y permite concentrarse en el aprendizaje. En este espacio protegido, se pueden cometer errores, analizarlos y volver a intentarlo, un ciclo de ensayo-error que rara vez es posible en la práctica clínica tradicional. Además, tras cada ejercicio, el debriefing guiado por docentes especializados se convierte en una oportunidad de reflexión que ayuda a integrar la experiencia y consolidar conocimientos.

Más allá de la técnica, la simulación clínica refuerza competencias transversales que son esenciales para el desempeño profesional. Favorece el pensamiento crítico, obliga a tomar decisiones bajo presión y fomenta el trabajo en equipo. Muchos de los escenarios se diseñan de forma colaborativa, simulando situaciones en las que la comunicación y la coordinación con otros profesionales resultan determinantes. De esta manera, el alumnado no solo adquiere destrezas técnicas, sino también habilidades interpersonales y de gestión que serán vitales en su vida laboral.

De la academia al entorno asistencial


El estudio de BMC Medical Education también señala que la simulación tiene un impacto directo en la seguridad del paciente. Al permitir que los estudiantes practiquen antes de enfrentarse al entorno real, se reduce la probabilidad de cometer errores en situaciones clínicas auténticas. Esto convierte a la simulación no solo en una herramienta de aprendizaje, sino también en una estrategia preventiva con beneficios palpables para los sistemas sanitarios.

No obstante, su implementación exitosa requiere más que tecnología avanzada. Para que la simulación tenga un efecto real y duradero, es fundamental que esté integrada de forma coherente en el currículo académico, con objetivos claros que vinculen teoría y práctica. Asimismo, necesita del compromiso institucional, recursos adecuados y una formación específica para los docentes que facilitan las sesiones. De otro modo, corre el riesgo de quedarse en una experiencia aislada, valiosa pero insuficiente.
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