Hace unos meses tuve ocasión de escuchar, y luego leer, a Luis Garicano, uno de nuestros mejores economistas, actualmente en la London School of Economics, una teoría, con bastantes visos de realidad que me impactó porque responde fielmente a algo que yo venía pensado desde hace tiempo, como diagnóstico de muchos de los males de nuestro país y por supuesto de los problemas de nuestro sistema sanitario.

Señalaba Garicano que, desde hace 15 años, España vive un estancamiento económico responsable de que la convergencia con la Unión Europea no solo se haya detenido, sino que ha revertido y haya dado lugar a que en estos momentos nos estén pasando en renta per cápita en relación al poder de compra países como la República Checa, Polonia o Lituania hasta no hace mucho en la órbita soviética. Entre las causas, nuestros problemas crónicos nunca solucionados de empleo y productividad entre otros y como mecanismo, el hecho de que en España se ha implantado el “pensamiento de suma cero”: nuestros esfuerzos como país no se dirigen en modo alguno a innovar ni a aumentar la productividad sino sobre todo a una dura pugna por repartir lo que hay, para que nuestro grupo territorial o ideológico, nuestra tribu, en suma, sea la que más se beneficie.

Tanto el populismo como el nacionalismo, ambos actualmente en el poder a la hora de legislar y tomar decisiones, cultivan al máximo esta filosofía y cualquiera puede encontrar múltiples ejemplos en nuestro día a día, con la peculiaridad de que este fenómeno asociado al estancamiento produce a su vez mas estancamiento y no solo económico sino también psicológico ya que nuestros jóvenes mejor formados, en el momento crucial de sus vidas perciben que sus deseos de innovar y prosperar para nada se compadecen con los de un país burocratizado y eternamente enfrascado en disputas internas totalmente estériles.

Inversión o fuga de talento


Estas repercusiones están en la base de la fuga masiva de nuestros médicos y enfermeras a otros países, responsables en gran medida de la carencia actual de determinadas especialidades en hospitales y centros de salud pese al incremento progresivo de profesionales formados, y lo mismo puede decirse de la emigración de investigadores a otras latitudes o de jóvenes licenciados de cualquier ámbito de nuestra sociedad. Pese a las proclamas gubernamentales de lo bien que va nuestra economía, lo cierto es que cualquier medida nueva que se afronte va a depender de los fondos europeos que no serán eternos o de un déficit galopante que a saber quién acabará pagando. El empleo que se crea es en gran medida del sector público o con nulo valor añadido con lo que la palabra innovación se convierte en una entelequia y la economía del país, lejos de progresar no hace más que perder puestos en el ranking internacional.

Entre los muchos resultados negativos de esta situación está el hecho de que sectores como la sanidad, que requieren para su recuperación y mantenimiento de inversiones cuantiosas y no puntuales, sino mantenidas en el tiempo, se ven postergadas sine die. La aspiración, más bien modesta de equiparar nuestro gasto sanitario en relación con el PIB a la media de la OCDE, lejos de aproximarse, se ve cada vez más lejana. Mientras que en la Comisión para la Reconstrucción del Sistema Nacional de Salud se habló de un 8,5% de gasto sanitario público para aproximarlo a los países de nuestro entorno, el gobierno fijó un 7,5% como objetivo de la pasada legislatura, que finalmente acabó en un 7% y en los presupuestos enviados a Europa para 2024 se habla ya de un 6,4%. Todo un éxito como se ve.


"Nuestro sistema sanitario tiene obviamente muchos problemas, algunos dependientes de una gestión claramente mejorable, pero desde luego, si no se le dedican recursos suficientes en materia de personal y de inversiones, pocas soluciones podemos esperar"



Nuestro sistema sanitario tiene obviamente muchos problemas, algunos dependientes de una gestión claramente mejorable, pero desde luego, si no se le dedican recursos suficientes en materia de personal y de inversiones, pocas soluciones podemos esperar. Por otra parte, la decisión de incrementar el gasto sanitario es claramente dependiente tanto del gobierno central como del de las 17 autonomías y tampoco cabe achacar una maldad absoluta a los respectivos responsables presupuestarios y sanitarios de los distintos partidos gobernantes para no hacerlo. Habrá que concluir por tanto que en las actuales condiciones y con las políticas en vigor, el país no da para más. Se puede discutir de muchas cosas, pero de no cambiar esta tendencia, me temo que a lo único que iremos es a peor.