Por fin dimitió Salvador Illa para dedicarse, ahora sí a tiempo pleno, a los temas propios de la política catalana, que a fin de cuentas es para lo que fue nombrado ministro. Poco más de un año en el Paseo del Prado en la línea de futilidad de sus antecesores, aunque en este caso va a ser difícil olvidar su paso por el ministerio por haberle tocado lidiar con la mayor crisis sanitaria del último siglo.

Por desgracia para todos, su gestión cabe calificarla como un perfecto desastre, al menos para quien esto escribe, lo que no impide que haya tenido un buen número de incondicionales que han justificado cuando no aplaudido a rabiar hasta sus decisiones más absurdas. Es lo que tiene ostentar el poder y el hecho de carecer de una alternativa sólida por parte de la oposición política.

Sin embargo, los datos y las hemerotecas retratan perfectamente a un personaje que, aupado por sus muchas horas de televisión y por ser capaz de estar horas sin decir una palabra más alta que otra y sin perder la calma salvo con la comunidad de Madrid, es considerado como la gran promesa socialista para afrontar las elecciones catalanas. Todo un misterio sociológico para quien ha gestionado el país con mayor mortalidad añadida del mundo en relación con su población, el que más sanitarios ha visto contagiados durante la primera ola por falta de protección adecuada o el que más ha visto caer su PIB durante la pandemia.

De forma, eso sí, muy coherente, ha finalizado su etapa ministerial con una actitud muy similar a como la inició.

"Difícil contabilizar el número de contagios y muertes que podrían haberse evitado sin estos condicionantes extrasanitarios"


 Si su trayectoria quedó marcada en sus comienzos por la negativa, por motivos exclusivamente políticos, a adoptar ninguna medida hasta que no pasara el 8M, ha finalizado con una negativa similar a autorizar las medidas unánimemente solicitadas por las comunidades y los expertos ante el avance imparable del virus, por mantener a toda costa la fecha de las elecciones catalanas y por tanto sus conveniencias políticas. Difícil contabilizar el número de contagios y muertes que podrían haberse evitado sin estos condicionantes extrasanitarios, pero la comparación con otros países de decisiones más rápidas indica que bastantes miles.

Describir sus errores e insuficiencias de gestión a lo largo de este año daría para varias columnas. Estuvo lastrado desde el minuto cero por el pecado original de haber sido colocado por su mentor en el sillón ministerial sin tener la menor idea de la materia a gestionar a la que el encargo era dedicar “un par de días a la semana”. Se encontró además con un ministerio carente de infraestructura y además troceado en la presente legislatura (de hecho, ni siquiera pudo ocupar el “despacho noble” de la planta cuarta, reservado ahora al vicepresidente), con el que tuvo que enfrentarse a una misión imposible con medios y equipo más que precarios. Algo de lo que él naturalmente no ha tenido ninguna culpa alguna, pero está claro que los ciudadanos que lo hemos sufrido, muchísimo menos.

Muy mediada toda su actuación por condicionantes políticos, buscó y encontró en el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias y especialmente en su director la presunta cobertura técnica que justificara sus decisiones políticas, sin buscar una asesoría externa independiente no fuera que lo que le dijeran no coincidiera con las directrices de la Moncloa. El episodio del comité asesor que nunca existió fue uno de los más chuscos de su mandato, pero hay muchos otros que definen igualmente lo que ha sido este periodo. Por citar solo algunos, recordemos los errores en las compras centralizadas, con test y EPI defectuosos que retrasaron su disponibilidad y llevaron a las comunidades a tener que buscarse la vida con carácter de urgencia, las profecías de que serían unos pocos casos, la caótica recogida de datos que todavía padecemos, con la negativa a contabilizar muchos miles de fallecimientos por el virus, pero sin PCR en las fases iniciales simplemente porque no había test, la evolución del uso de mascarillas, primero innecesarias luego convenientes y finalmente obligatorias, la auditoría unánimemente solicitada pero demorada ad eternum…Y por supuesto con parálisis absoluta de todo lo que no haya sido Covid, con lo que ello implica.

Tras una primera fase en la que asumió mayor poder que ningún otro anterior ministro de sanidad, incluida la era Insalud, se inventó lo de la cogobernanza que en la práctica se tradujo en “que cada cual se las apañe como pueda”, renunciando a cualquier tipo de liderazgo y asumiendo un papel de comentarista de la pandemia. Desde hace un par de meses sus mensajes se han centrado en las vacunas. Se nos aseguró que habría más que suficientes y que las sobrantes las enviaríamos a países sin recursos (sin comentarios), y que éramos el único país de Europa junto con Alemania que tenía un plan. El caos de vacunación que estamos viviendo y la perspectiva de que el proceso se puede alargar sine die, evita también hacer muchos comentarios.

Pero en política todo es efímero y la marcha de Illa manda al baúl de los recuerdos todos sus errores que ya no serán achacables a su sucesora y de los que, por tanto, nadie será responsable. Borrón y cuenta nueva que ojalá conduzca a un nuevo enfoque más profesional de la pandemia con verdadera participación del sector y mejores resultados. Buen viaje a Barcelona y desearle que en su nuevo empeño tenga más éxito que en su incursión sanitaria. Tampoco es muy difícil.