María José Campillo, médica sindicalista de CESM Región de Murcia
Lun 24 septiembre de 2018. 10.35H
Con fonendo y pluma
Una de las máximas que aprendemos rápidamente en el ejercicio de la noble profesión de la Medicina, es que no hay enfermedades, sino enfermos. También aprendemos que la enfermedad se puede manifestar de mil y una maneras, con toda una plétora de síntomas diferentes que parten de un tronco común que es la enfermedad.

Si trasladamos este concepto a los distintos ámbitos de la vida, veremos que no es muy distinto: según quién sea el observador, las percepciones de la realidad llegan a ser muy diferentes. Existe un mito antiguo, el de la caverna de Platón, que habla de lo engañosas que pueden llegar a ser nuestras percepciones, aunque yo lo resumiría con otra frase que alguien dijo, explicando precisamente este mito. Y es que la Verdad, esa Verdad con mayúsculas que todos defendemos, es una habitación a oscuras que iluminamos con una lámpara de aceite. Esa lámpara, que solo ilumina un rinconcito de esa oscuridad, y la suma de esas lamparitas que iluminan, nos dan una idea de lo que es la única Verdad válida, pues verdades con minúsculas, como podemos ver, hay muchas.

Hace unos días, hablábamos de que la Sanidad está enferma y que sus síntomas son claros, pero esos síntomas no se manifiestan por igual en todos los rinconcitos de la Sanidad, ni todos los implicados la viven del mismo modo. Ni tan siquiera la solución puede ser la misma para todos.

Si preguntamos a los estudiantes de Medicina, los grandes problemas de la Sanidad son el número de plazas MIR, el número de egresados de las facultades, las discriminaciones de género, la falta de oportunidades, las necesidades de formación e investigación, entre otros.

Si preguntamos a los decanos, nos dirán que las plantillas de profesores están muy envejecidas y que tienen grandes problemas para el recambio profesional generacional.

Si preguntamos a los Colegios Profesionales, nos hablarán de la falta de equidad de los servicios sanitarios para los ciudadanos, de la falta de registros profesionales, de las agresiones a sanitarios, de la falta de plazas MIR, la defensa de la relación médico-paciente, de la necesidad de poner en marcha políticas de igualdad que respondan a la creciente feminización de la Profesión Médica, entre otros.

Si preguntamos a los Sindicatos Médicos, denunciarán la precariedad y la inestabilidad en el empleo, la pérdida de derechos laborales, la falta de financiación para la Sanidad, la escasez de las plantillas, entre otros.

Si preguntamos a las Sociedades Científicas, nos explicarán la necesidad de entendimiento con las Administraciones sanitarias y la falta de representatividad.

Si preguntamos a un médico de Atención Primaria nos hablará de la poca inversión en personal y recursos, de los recortes, de la sobrecarga de trabajo, del poco tiempo del que disponen para tratar al paciente, del mucho tiempo que tienen que invertir en burocracia.

Si preguntamos a los pacientes, nos mostrarán su preocupación por el deterioro de la calidad de la asistencia, las interminables listas de espera.

Y así podríamos seguir hasta mencionar a cada uno de los actores de la Sanidad.

Mas para conjugar esas voces, para verlas desde puntos de vista diferentes, para que pudiéramos hablar de todos esos síntomas de la enfermedad que tiene la Sanidad y, sobre todo, para que el Gobierno pudiera conocerlos desde un punto de vista lo más amplio posible, con la suma de todas esas pequeñas verdades de cada uno, necesitábamos una herramienta común. Para eso nacieron las mesas profesionales, la de médicos y la de enfermeros. Organismos profesionales que, en el caso del Foro de la Profesión Médica, engloba a los estudiantes, colegios profesionales, facultades de Medicina, sociedades científicas y sindicatos profesionales.

Es cierto que las mesas profesionales no tienen capacidad de negociación, ya que carecen de esa competencia. Aunque estos foros representen a colectivos importantes, somos minoritarios dentro del conjunto de trabajadores de la Sanidad, pero, no por eso, los problemas dejan de existir, o dejan de necesitar soluciones. Pero no por carecer de capacidad de negociación va a dejar de alertar de que la equidad se rompe más cuando se negocia una jornada de 35 horas que depende del déficit de las Comunidades, en vez ser igual para todos. Es por ello que, aun careciendo de capacidad de negociación, que nadie lo discute, las mesas profesionales, la de médicos y la de enfermeros, son no ya necesarias, sino imprescindibles, si realmente un político quiere tener una visión global y amplia que le permita detectar los problemas (y, ¿por qué no también las soluciones?) de esta enfermedad que tiene nuestra Sanidad.

Señores políticos: no se queden con la guerra partidista de quién apoya o deja de apoyar sus siglas. No se queden en quién les dará más o menos votos. Nuestras instituciones profesionales son neutrales en el juego de tronos de la política, y por eso no dejan de decir la verdad, esa verdad de los médicos, o de los enfermeros. Esa verdad que, sin ser absoluta, no deja de ser la suma de muchas verdades. Escuchen a los profesionales, háganles caso, den prioridad a la Sanidad y, por encima de todo, no olviden dar soluciones a los ciudadanos. Antes de que sea demasiado tarde.