26 may 2019 | Actualizado: 15:40
Carlos Deza y Gonzalo Ariza, médicos residentes de Medicina de Familia
Vie 19 abril de 2019. 16.50H
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Alguien ha dicho en algún momento que sorprender a una persona del siglo veintiuno es imposible. Nada de lo que yo escriba va a sorprender a nadie y ya que he sido sincero déjenme que les cuente una cosa de locos que me ocurrió hace hace algunos años cuando empezaba la residencia.

Después de una carrera melancólica y una preparación del MIR no muy buena elegí la residencia en Medicina Familiar y Comunitaria como única opción y porque una nueva preparación del examen no era viable. Con esto intento explicar que nunca he sido excesivamente ambicioso profesionalmente y que como otros compañeros elegí la especialidad por desgaste estudiantil. Asumir estas razones me ha llevado a escribir este articulo sin el menor cargo de conciencia y sobre todo sin ningún tinte lastimero o queja. A día de hoy no me arrepiento en absoluto.

"El residente de Familia está perdido en el hospital. Sin una estructura que le apoye, sin un espacio físico que considerar como suyo y cambiando de compañeros cada pocas semanas"



Cuando las personas de mi entorno se enteraron de mi elección sus reacciones fueron prácticamente iguales. “Ah, ¿Familia? Muy bien, es la base del sistema, se necesitan buenos médicos de Familia…” Se ponían nerviosos y muy incómodos. Me di cuenta de que internamente necesitaban justificar mi decisión en un discurso que más bien parecían condolencias. Estaban también las personas que me preguntaban asombradas: “¿Es una especialidad?”. En cuanto a los nuevos residentes de otras especialidades me expresaron que Familia siempre había sido una opción interesante para ellos y que no la habían descartado hasta el final pero se tuvieron que conformar con Neumología, Cardiología o Neurocirugía.

Pasaron algunos meses y llegó el primer día de residencia. Una bienvenida con poco lustre en un lugar que poco tenía que ver con las elegantes salas de conferencias de los hospitales. Nunca olvidaré las primeras palabras de la responsable de la Gerencia de Atención Primaria: no sois residentes de segunda. Alto y bien orgullosa y muy satisfecha. Entonces lo comprendí todo. No éramos residentes de segunda pero sin duda un colectivo con un lastre enorme de inseguridad transmitido entre generaciones.

No tengo intención de hacer una lista de las malas experiencias en el hospital porque también ha habido temporadas estupendas con residentes y adjuntos que tanto me han enseñado y de los que guardo un buen recuerdo. Aun así creo que es importante hacer una reflexión sobre la especialidad que asume el mayor número de médicos que empiezan a formarse cada año. En 2019 unas 1.914 plazas, lo que supone el 28 por ciento del total.

El residente de Familia está perdido en el hospital. Sin una estructura que le apoye, sin un espacio físico que considerar como suyo y cambiando de compañeros cada pocas semanas. Al terminar la jornada y llegar a casa siente la levedad de una manera íntima y dolorosa. La ausencia de peso y de responsabilidad diarias acaban por convertirse en una aparente falta de interés, siendo este el argumento central de todas las críticas que llegan desde el resto de especialidades.

Es inevitable que toda esta inseguridad histórica, desarraigo y levedad empujen a una necesidad de justificación. Sin embargo, contra todo esto, surge una fuerza interna muy potente que reivindica nuestra importancia. Las pruebas están en el único lugar del hospital donde nos sacudimos la levedad y sentimos el peso: la urgencia. Nuestros informes, nuestra atención al paciente y nuestro rendimiento son únicos. No mejores o peores. Únicos. Lo puedo decir sin miedo a equivocarme y sin dudar porque conozco la profesionalidad y entrega de mis compañeros de especialidad. Nunca he visto este patrón repetirse en otros residentes porque poseen esa confianza y seguridad que solo tienen las personas que se saben en su sitio y que no necesitan demostrar o ganar nada.

Parece que la conclusión es que existe un problema y por supuesto responsables. En este asunto la responsabilidad se divide entre tres: residentes, hospitales y Gerencias de Atención Primaria. Por nuestra parte nunca eludiremos nuestra responsabilidad. Continuaremos trabajando de la misma manera los días que notemos el peso y motivándonos de la manera que podamos los días de levedad. En cuanto al hospital, su papel es limitado puesto que no son los responsables principales de nuestra formación. Este punto es importante porque tendemos a pensar lo contrario y gastamos energía en demandas y sugerencias sin resultados.

"Es la inversión de tiempo y dinero en formación de los residentes de Familia lo que acabará por devolver el equilibro a un sistema que lleva años tambaleándose"



Son las Gerencias de Atención Primaria las grandes responsables de esta situación. Es nuestro derecho pero sobre todo nuestra obligación pedir explicaciones porque han descuidado la formación de sus residentes durante generaciones. Revisión y modificaciones del calendario de rotaciones, reuniones frecuentes con los Servicios hospitalarios con demandas y propuestas sólidas en una relación de igual a igual y nunca de pleitesía como es habitual, sanciones para los Servicios que no cumplan con lo estipulado, espacios físicos en el propio hospital para los residentes de Familia, evaluaciones periódicas al acabar la rotación y lo más importante: respaldo y preocupación para con sus propios residentes.

El problema va mucho más lejos. Un sistema sanitario fuerte se sustenta sobre una Atención Primaria de calidad. Residentes de Familia mal formados acaban siendo adjuntos de atención primaria con menor bagaje y conocimientos que derivan más (sobrecargando las Urgencias), que gastan más (en farmacia y pruebas) y que hacen menos (actuaciones comunitarias o preventivas nulas). Después de tantas generaciones el monstruo es adulto y es enorme y da bastante miedo. Intentamos acabar con él con un parche en cada ojo y disparando pompas de jabón; gastando dinero indiscriminadamente en aparatos de alta tecnología, robots y técnicas punteras. Esta situación se vuelve irresponsable cuando un médico de Familia tiene que sujetar la camilla de exploración con vendas.

Es la inversión de tiempo y dinero en formación de los residentes de Familia lo que acabará por devolver el equilibrio a un sistema que lleva años tambaleándose. Barato y sencillo, aunque esto no queda tan glamuroso en el periódico.

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