Redacción Médica
21 de julio de 2018 | Actualizado: Viernes a las 18:30
Miércoles, 19 de junio de 2013, a las 19:53

Por Ismael Sánchez, director editorial de Sanitaria 2000

 

Los veterinarios son los profesionales sanitarios menos conocidos y casi presumen de ello. Por lo menos, no lo ocultan, no esconden la evidencia de que a ellos les importan más sus animales, sus mascotas, sus granjas y sus clínicas que el rumbo del sistema sanitario. Son, por lo general, personas accesibles y su titulación universitaria no les ha hecho merecedores de una consideración clasista en los pueblos y campos de España. En los poderes fácticos del medio rural podían estar el cura, el guardia civil y el médico, pero no tanto el veterinario, que prefería confundirse entre los rebaños, los pastos y los cerros. Salvo uno: Juan José Badiola, que acaba de ser reelegido al frente del Consejo General de Colegios de Veterinarios, y que es bien conocido en todo el Sistema Nacional de Salud. Aunque la fama, tan extraordinaria en su profesión, no le viene de la Veterinaria.

Pocos sabían que Badiola era veterinario cuando se hizo famoso a lomos de las vacas locas. Aquella extraña epidemia que vino de la Gran Bretaña, y que luego no fue tal, tenía en España a un experto muy por encima de todos los demás: el director del Laboratorio Nacional de Referencia de la Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB) que, además, había sido rector de la Universidad de Zaragoza. Escuchándole en la radio, viéndole en la televisión, leyéndole en prensa, parecía un científico, lo era de hecho, con una alta cualificación divulgativa, lo que a los medios siempre les motiva. De ahí al estrellato no hubo más que dos circunstancias: un problema de salud pública y un goteo de casos, tan alarmantes como, al final, insignificantes. Badiola estuvo en el sitio justo a la hora exacta para lograr relevancia y reconocimiento social y profesional.

La Veterinaria vino después, por lo menos en el plano mediático. Badiola se aventuró a derribar por la fuerza de los votos a un mito viviente de la profesión que, como buen veterinario, no tenía la consideración de sus homólogos médico o farmacéutico: Antonio Borregón llevaba cerca de veinte años al frente del Consejo General y no parecía que hubiera relevo posible. Por lo demás, una circunstancia muy familiar en la sanidad, con otros ejemplos de presidentes longevos como Pedro Capilla (ya retirado) y Máximo González Jurado (aún en activo). Pero Badiola, que asegura que le vinieron a buscar y que él nunca había pensado en presidir el Consejo, obró el milagro y venció a Borregón por una mínima diferencia. Corría 2001 y parecía que la Veterinaria se abría al siglo XXI con el mejor líder posible.

Desde entonces, el presidente está empeñado en elevar el alcance de una profesión que sigue ensimismada y pudorosa con su propia imagen. Y ello a pesar de avances evidentes en la importancia de la seguridad alimentaria, en la que el veterinario juega un papel fundamental. La cuestión capital es saber transmitir lo que se hace, que es mucho, pero también muy desconocido para la sociedad en general e incluso para gran parte del sector sanitario. El veterinario es hijo de la Medicina, aunque con un bagaje propio y, sobre todo, con una gran base científica. Poner en valor su trayectoria no puede ser una misión imposible.

Badiola ha logrado otros retos que parecían más complicados: normalizar la relación del Consejo General con los colegios de Madrid y de Barcelona, los dos más importantes del país, con los que no había relación con Borregón de presidente. Y, si cumple los seis años que ahora comienzan, igualará el registro de su antecesor. ¿Costará tanto tiempo que los veterinarios terminen pareciéndose un poco a su mediático presidente?