En medicina hay certezas que damos por sentadas. Que una vacuna previene enfermedad. Que un antibiótico correctamente indicado salva vidas. Que un ensayo clínico bien diseñado acerca la verdad. Sin embargo, algo se ha movido bajo nuestros pies. Y no es menor.
Un editorial reciente en la revista Nature lanza una alerta: más de dos tercios de la población cree al menos una afirmación médica falsa o no probada.
No hablo de matices. Me refiero a creencias que afectan decisiones clínicas. Desde la relación entre paracetamol y autismo hasta el consumo de leche cruda o la seguridad de las vacunas. El dato es preocupante y diría que clínicamente relevante.
Porque la medicina, en última instancia, se sostiene sobre una relación: médico-paciente. Y esa relación depende de algo cada vez más frágil: la confianza.
Durante décadas, el modelo era relativamente estable. El profesional interpretaba la evidencia, el paciente confiaba en esa interpretación y la práctica avanzaba. Hoy, ese modelo convive con otro ecosistema: redes sociales, desinformación, sobreabundancia de datos y una creciente sospecha hacia la autoridad científica.
El resultado es un terreno clínico más complejo.
El problema no es que existan dudas. La duda forma parte de la ciencia. Lo embarazoso es que la duda se ha desacoplado de la evidencia. Se cuestiona todo por igual. Es decir, un ensayo clínico fase III y una opinión viral en redes compiten en el mismo plano cognitivo.
Desde la neurociencia, esto tiene explicación.
El cerebro humano no evalúa la evidencia con neutralidad. Utiliza atajos. El sesgo de confirmación –bien descrito— lleva a seleccionar información que refuerza creencias previas. La identidad, el contexto social y la emoción modulan la percepción de verdad.
Ergo, el paciente decide en función de datos y también con arreglo a la pertenencia.
La editorial de Nature apunta a otro fenómeno igual de relevante: la forma en que comunicamos la ciencia puede erosionar la confianza. La incertidumbre, inherente a la investigación, se percibe muchas veces como debilidad.
En medicina convivimos con probabilidades. Riesgos relativos. Intervalos de confianza. Sin embargo, el paciente espera certezas. Cuando la ciencia no las ofrece —o cambia de recomendación— aparece la grieta.
La pandemia de la COVID-19 lo mostró con claridad. La velocidad del conocimiento fue extraordinaria. También lo fue la exposición pública de sus cambios. Lo que en ciencia es una fortaleza —revisar, corregir, actualizar— en la percepción social se interpretó como inconsistencia.
Debo confesar que esa interpretación deja huella.
Para el clínico, esto se traduce en una nueva carga asistencial. No basta con diagnosticar y tratar. Hay que explicar. Contextualizar. Desmontar ideas previas. Reconstruir confianza. Todo ello en tiempo real.
En consulta, esto se siente.
Pacientes que llegan con diagnósticos auto-elaborados. Con tratamientos alternativos ya iniciados. Con desconfianza hacia recomendaciones estándar. La evidencia científica, en esos casos, entra en competencia con narrativas personales y colectivas.
El reto no es menor. Porque los datos siguen siendo claros. La vacunación, por ejemplo, ha salvado millones de vidas. Las estimaciones globales sitúan en decenas de millones las muertes evitadas por programas de inmunización en las últimas décadas. La evidencia es robusta. Reproducida y consistente.
Sin embargo, la percepción social se fragmenta.
Nature no propone una solución mágica. Mas, señala un punto clave: la ciencia debe implicarse activamente en la comunicación. No basta con generar evidencia. Hay que hacerla comprensible, accesible y relevante para la vida cotidiana.
Para los médicos, esto tiene implicaciones prácticas.
Primero, aceptar que el paciente de hoy no es el de hace veinte años. Llega informado, aunque no siempre bien informado. Se sienta en la consulta con preguntas legítimas y creencias arraigadas.
Segundo, entender que la comunicación clínica ya no es unidireccional. Requiere diálogo, escucha activa y capacidad de integrar la evidencia con la experiencia del paciente.
Tercero, asumir que la confianza se construye con coherencia, no únicamente con datos. La consistencia en el discurso, la transparencia en la incertidumbre y la empatía en la interacción resultan tan relevantes como la precisión diagnóstica.
Fragmentación del conocimiento
Hay un elemento adicional que merece atención y hablo de la fragmentación del conocimiento.
En ciencia sabemos que diferentes equipos pueden analizar los mismos datos y llegar a conclusiones distintas. Estudios con múltiples analistas han demostrado una variabilidad significativa en los resultados. Esa realidad forma parte de la complejidad científica.
El problema surge cuando esa variabilidad se traslada sin contexto al espacio público. El paciente percibe discrepancia. Interpreta desacuerdo. Y, en muchos casos, concluye que “nadie sabe realmente”.
La medicina no puede permitirse ese vacío. No porque deba ofrecer certezas absolutas, sino porque debe brindar un marco sólido donde la incertidumbre tenga sentido.
En este contexto, el papel del médico adquiere una dimensión distinta. Se convierte en intérprete de la evidencia. En mediador entre el dato y la experiencia. En garante de un conocimiento que no es infalible, pero sí el mejor disponible.
La ciencia sigue avanzando. Descubre, corrige y mejora. La biología no ha cambiado. Las células siguen respondiendo a estímulos, los virus siguen replicándose y los fármacos siguen interactuando con sus dianas. Lo que ha cambiado es el entorno en el que ese conocimiento se utiliza.
Y ahí está el verdadero desafío.
La medicina del siglo XXI trata enfermedades, gestiona información y, sobre todo, gestiona confianza.
Quizá la pregunta ya no sea sólo qué sabemos, sino cómo logramos que ese conocimiento sea creíble en un mundo saturado de ruido. Porque sin confianza, la mejor evidencia pierde eficacia. Y sin evidencia, la medicina deja de ser medicina para convertirse en otra cosa.
La ciencia es la que es. El reto está en que siga siendo también la que guía.
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