EDITORIAL
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21 mayo 2021. 10.20H
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La pandemia del coronavirus Covid-19 ha obligado a digitalizar numerosos procesos que hasta ahora eran exclusivamente presenciales. Entre ellos, se encuentra el procedimiento para adjudicar las plazas MIR, y resto de plazas de la Formación Sanitaria Especializada, el cual este año presenta un sistema completamente nuevo basado en una elección telemática de especialidades en el que se elimina la adjudicación en tiempo real. Este hecho ha provocado una movilización sin precedentes en el sector sanitario. Médicos, enfermeros, farmacéuticos, psicólogos, y demás titulaciones sanitarias, han alzado la voz contra la Dirección General de Ordenación Profesional del Ministerio de Sanidad para frenar lo que consideran que es un sistema “injusto” y que va contra los intereses del Sistema Nacional de Salud.

No se puede negar que la digitalización tiene que abrirse paso en todos los estamentos de la Administración Pública, siempre y cuando sea posible. El proceso de adjudicación de plazas MIR, -un sistema que lleva más de 40 años cosechando éxitos, tanto por su examen como por su modo de adjudicación- en el que están citados más de 10.000 médicos para escoger una de las casi 8.000 plazas disponibles, no se puede celebrar sin que los aspirantes conozcan el número de plazas disponibles en el momento que están rellenando su hoja de preferencias.

Sin ir más lejos, el exdiretor de Ordenación Profesional, Rodrigo Gutiérrez, ya planteó en la convocatoria de 2020 una elección telemática, pero en tiempo real. En ella, los aspirantes serían citados en función a su número de orden, permitiendo que al inicio de la jornada posterior todos los candidatos a una plaza supieran qué especialidades y destinos seguían disponibles. Finalmente, el Tribunal Supremo tumbó esta opción, no por el hecho de ser exclusivamente telemática debido al Covid-19, sino porque la norma publicada “no tenía el rango necesario” para imponer este modelo.


Los defectos del nuevo sistema de elección


Con el actual formato que plantea el actual director de Ordenación Profesional, Vicenç Martínez, el único aspirante que sabe con exactitud qué plaza se le va a asignar el próximo 16 de junio es el que ha obtenido el número uno de la convocatoria. El resto de aspirantes tendrán que esperar hasta esa fecha para saber si su primera preferencia ha sido adjudicada, o en cambio ha sido otorgada a otra persona con un mejor número de orden. Incluso, se podría dar el caso de que haya personas que se queden sin plaza al confiar que su número de orden es el suficiente para elegir su especialidad deseada.

Se abre así un panorama complejo y desalentador para los médicos, tras varios años de estudio y formación


La situación es tan inverosímil que el propio Ministerio de Sanidad recomienda que los aspirantes realicen una solicitud que comprenda “un número de plazas superior a su número de orden publicado en los listados definitivos de resultados”. Es decir, aquella persona que tenga un 6.500 como número de orden, debería, según el propio ministerio, realizar una inscripción de más de 6.500 plazas para así asegurarse entrar al sistema de residencia. Una situación que va a generar un aumento considerable de renuncias, sobre todo en Medicina de Familia, la especialidad con más plazas convocadas -este año su oferta es de récord- debido a los numerosos destinos que ofrece la Atención Primaria.


Un mal primer paso hacia la digitalización 


Se abre así un panorama complejo y desalentador para los médicos que tras varios años de estudios universitarios y el esfuerzo considerable de estudio para el MIR, ven cómo un momento tan decisivo de su carrera profesional no tiene todas las garantías para ofrecerles la salida formativa más cómoda para su vida laboral y personal. Una circunstancia que entronca con la digitalización y las nuevas tecnologías, cuya instauración tiene sentido si facilitan los procesos a todos los actores implicados. Hecho que no parece que se esté dando esta situación sino que, al contrario, obliga a un modelo que cercena la libertad de elección. Todo ello en un contexto, el de la digitalización, del que el actual Ejecutivo hace gala en lo que se ha promocionado como una transformación de país a todos los niveles (también el sanitario) que manifiesta en este caso un terrible precedente de lo que debe ser una Administración moderna, ágil y democrática. Punto, este último, esencial para que los cambios tengan la deseada continuidad que vertebra la transformación de un Estado. Desde luego, un mal primer paso para la digitalización de nuestro Sistema Nacional de Salud y para la relación de nuestros futuros médicos con su principal empleador: la sanidad pública. Pero quizá una oportunidad también para el Ministerio de rectificar y adaptar los nuevos modelos a la sana costumbre de respetar las aspiraciones labradas a base de esfuerzo y estudio de todos los aspirantes al MIR.