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15 mayo 2021. 10.00H
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En diciembre de 1891 se celebró en Madrid el Primer Congreso de Médicos Titulares (Madrid) y unos años más tarde en abril de 1919 el primer Congreso Nacional de Medicina (Madrid). El Congreso de Médicos Titulares fue la respuesta a dos necesidades por parte de los médicos titulares (antiguos médicos rurales): la de organizarse para reclamar mejoras en sus penosas condiciones de trabajo y la de establecer un plan de actualización de conocimientos para combatir aquellas prácticas extendidas entre los médicos del país cimentadas en el “ojo clínico, una especie de intuición, sin base científica, basada en el raciocinio aplicado a los conocimientos que se tenían y a la experiencia acumulada”.

El primer Congreso Nacional de Medicina inaugurado por el rey Alfonso XIII y con la presencia de Marie Curie, Santiago Ramón y Cajal y Celedonio Calatayud, tuvo un cariz ligeramente diferente y fue más parecido a los congresos actuales, con 3800 inscripciones, 762 comunicaciones con 557 autores, sesiones, ponencias y demostraciones clínicas y operatorias. No solo fue un encuentro de alto copete con las personalidades científicas, políticas y académicas más relevantes del momento, también fue un esfuerzo para impulsar y modernizar la ciencia médica y por ende mejorar las condiciones sociosanitarias de los habitantes de nuestro país.

A principios del siglo XX no existía el acceso a la información y la facilidad de movilidad que tenemos a día de hoy. Por aquel entonces, el conocimiento científico emanaba desde las universidades y las revistas científicas pero el radio de difusión era escaso por las barreras geográficas, que los medios de trasporte y comunicaciones no lograban superar, y las abismales diferencias de desarrollo entre distintas regiones del mismo país. El correo postal y el trasporte estaban limitados por la maltrecha red de carreteras y los altibajos en el desarrollo de la red ferroviaria. La telefonía aun estaba en pañales y el telégrafo no era el medio idóneo. Los médicos que ejerciesen en Madrid, Barcelona o Bilbao probablemente tendrían mayor acceso al conocimiento y avances científicos que aquellos que desempeñasen su labor en la llamada España vacía.

La celebración de ambos congresos, así como los que acontecieron posteriormente, pretendían contrarrestar estos problemas de difusión y luchar contra el aislamiento, la atomización y las prácticas en desuso sin base científica por medio de la universalización de los nuevos conocimientos; si los nuevos conocimientos no podía llegar a un médico en  lo profundo de cualquier región poco comunicada, el médico podría desplazarse hasta una capital aventajada y asistir a un congreso. Posteriormente, regresaría con nuevos conocimientos aprendidos y transmitiría lo aprendido a los colegas de la región.

Este planteamiento nos resulta sorprendente porque con el paso del tiempo y el avance de las telecomunicaciones (sobre todo tras el nacimiento de Internet), la información científica se ha globalizado y goza de una accesibilidad sin precedentes; la información llega a nosotros y podemos estar actualizados e informados sin movernos de nuestro centro de trabajo. Lo que para nosotros es hoy algo rutinario (y en algunos momentos hasta tedioso) como la celebración anual de decenas de congresos internacionales, nacionales y autonómicos, en las primeras décadas del siglo XX, debería ser algo emocionante y especial.

"¿De qué sirven los congresos de Medicina? Los médicos que por edad han escapado de esta dinámica demencial siguen igual de actualizados"



 
Mi primer congreso fue en un hotel y estaba acabando el verano. Estaba abarrotado de gente y el ambiente era festivo. Recuerdo al joven que trabajaba en la recepción del congreso y los obsequios publicitarios que acompañaban la tarjeta de congresista: una mochila, unos bolígrafos y un tetrabrick de leche de una marca conocida. Recuerdo como me llamó la atención la presencia de la industria farmacéutica y la cantidad de representantes que parecían sentirse como peces en el agua ofreciendo cursos y masters, promocionando nuevos fármacos y sobre todo estableciendo contactos. Conocí a varias personas nuevas y recuerdo salir por la ciudad a tomar algunas copas.

No recuerdo que ninguna charla, taller o comunicación de aquel congreso me aportara nada nuevo a nivel de conocimientos y desde luego yo tampoco aporté demasiado con mi presencia o mis publicaciones. Quizás el problema fuese mío y solo necesitaba más experiencia para aprovechar los siguientes congresos. Sin embargo, en los congresos sucesivos las sensaciones y experiencias han sido las mismas y una pregunta ha resonado insistentemente en mi cabeza durante estos años: ¿para qué sirven los congresos de medicina?

En las diferentes páginas webs de las sociedades científicas relacionadas con la medicina de familia y comunitaria hay secciones específicas dedicadas al mundo de los congresos. En estas secciones hay disponible información de carácter general sobre la utilidad y los objetivos e información específica sobre los congresos celebrados o por celebrar. Sin necesidad de buscar demasiado se puede encontrar frases como “impulsar la formación, la investigación y el desarrollo profesional continuo”, “punto de encuentro […], donde intercambiar experiencias y analizar determinados aspectos que afectan directa o indirectamente a la Medicina de Familia”, “innovación permanente”, “actualizar conocimientos y habilidades, mejorando así su desempeño profesional”. Esta bonita retórica recuerda a la de los primeros congresos de medicina celebrados en España, sin embargo, aunque el lenguaje y presentación sean similares, el fondo y aquellos intereses que los rodean distan mucho de los congresos de antaño. John Ioannidis analiza la utilidad de los congresos y toda su parafernalia en un articulo publicado en la revista JAMA: “En teoría, estas reuniones tienen como objetivo difundir y promover la investigación, capacitar, educar y establecer políticas basadas en evidencia. Aunque estos son objetivos valiosos, prácticamente no hay evidencia que respalde su utilidad […]. Por el contrario, algunas pruebas acumuladas sugieren que los congresos médicos pueden servir a un sistema específico de valores cuestionables que pueden ser perjudiciales para la medicina y la atención de la salud.”

Un congreso tiene mayor impacto cuanto mayor número de congresistas participe con sus aportaciones y mayor implicación por parte de la industria farmacéutica. A mayor impacto mayores beneficios con los que perpetuar el crecimiento de las sociedades médicas. Las herramientas para conseguirlo se basan en programas científicos atractivos, ofrecer un producto a cambio (habitualmente certificados de que avalen alguna contribución) y sobre todo implantar una idea de necesidad. Este último elemento es el más importante, porque han conseguido empaquetar y vender la idea de que asistir a congresos es algo necesario para mantenerse actualizado. Es una estrategia astuta porque juegan con la inseguridad y la incertidumbre del gremio médico. A su favor juega otro fenómeno del que no son responsables, pero de enorme calado y trascendencia.

"Efecto rebaño"


Un comportamiento inherente a todos nosotros desde que entramos el primer día por la puerta de un aula al inicio de la carrera: el efecto rebaño. No ir a congresos es sinónimo de estar desactualizado y por lo tanto fuera del rebaño. Esta idea implantada en el imaginario médico a fuerza de repetición parece ridícula en una época en la que podemos obtener y compartir la información más actualizada al instante. En contraposición al médico rural aislado de principios del siglo XX, nosotros no necesitamos desplazarnos a otros lugares para mantenernos actualizados porque las fuentes informativas y la oferta formativa acuden hasta nosotros y son tan amplias que a veces hasta nos desbordan. Estamos en el extremo contrario, en el de la sobreinformación. El ejemplo más claro es el de los médicos que por edad no necesitan acumular más méritos y han podido escapar de esta dinámica demencial; siguen igual de actualizados (o más porque se centran en los campos que son de su interés) que cuando acudían a congresos y si no lo están es seguramente porque no es su deseo.

En lo práctico muchos residentes de medicina de familia y comunitaria acaban el periodo formativo con un gran número de asistencias a congresos y publicaciones (habitualmente en formato póster). Esta situación puede parecer un logro de los programas formativos, aunque arañando un poco la superficie la realidad es muy diferente. La inmensa mayoría de las publicaciones distan mucho de ser trabajos elaborados: la calidad científica es dudosa y la innovación brilla por su ausencia. A lo anterior se suma que los congresos poseen unos umbrales de calidad cuestionables y procesos de selección poco rigurosos.

Lo habitual es encontrar residentes con extensos currículos pero de una calidad mediocre; al fin y al cabo, en las bolsas de contratación solo importa el tamaño. La realidad sin edulcorar es que nos apuntamos a todos los congresos y mandamos decenas de publicaciones porque es preciso para nuestro futuro y los congresos aceptan todo (aceptan cualquier publicación que no tenga faltas de ortografía aunque a veces ni eso) porque es necesario para su crecimiento. Siendo honesto creo que el 90 por ciento de mis aportaciones no se habrían publicado con unos requisitos de calidad mínimamente decentes. La situación va más allá y no solo ocurre con las publicaciones; las conferencias, las comunicaciones orales, los debates, los talleres de formación e incluso las actualizaciones son en su inmensa mayoría refritos constantes sin ninguna utilidad formativa más que la de aumentar el ego de personajes pretenciosos y henchidos de orgullo. Los congresos se han convertido en “escaparates para fabricar líderes de opinión o pasear investigadores patrocinados” en una especie de “feria de vanidades”. Este fenómeno se resume en esta frase “el liderazgo médico es juzgado en medicina no tanto por los méritos científicos, el trabajo duro o la originalidad del pensamiento sino por la habilidad para navegar por los círculos del poder”6.

Otra prueba de esos cuestionables valores de los congresos son sus disparatadas y elevadas cuotas de acceso. Desde hace años, son multitud las voces críticas contra esta situación porque afecta a residentes y tutores socios o no socios sin distinción. Rescato el articulo publicado en el año 2017 en este diario por la Dra. Isabel Fernandez en el que denuncia "el precio cada vez más elevado de las inscripciones –por no decir prohibitivo-, hace que nos veamos obligados a andar mendigando a la industria farmacéutica para poder asistir, con el débito permanente que ello conlleva”.

Estas son las cuotas de inscripción de un congreso nacional de Atención Primaria que se va a celebrar a finales de año en España: para los socios de la sociedad entre 525 y 640 euros, para los no socios entre 616 y 715 euros, para los residentes entre 260 euros y 335 euros y para los residentes socios entre 150 euros y 190 euros. Las cuotas de otro de los congresos nacionales celebrados este año son: socios entre 350 y 550 euros, para los no socios entre 610 y 810 euros, para los residente socios entre 195 y 295 euros y para residentes no socios entre 260 y 360 euros. Las cuotas son un disparate incluso para los socios que pagan religiosamente su contribución y las becas son solo para residentes socios, en número limitado y solo incluyen ciertas modalidades de comunicaciones. En esta tesitura de vulnerabilidad los médicos optan por buscar financiación externa y la industria farmacéutica recoge el testigo encontrando un fácil acceso a los congresos.  

La industria farmacéutica es otra de las partes involucradas en este juego a tres bandas. Los congresos médicos son el máximo exponente de todas aquellas circunstancia descritas en La Broma Infinita: parte I. Epoca de Jauja. Poder, ambición, influencia y conflictos de intereses simbolizados en los 109 millones destinados por la industria en 2019 para las entidades organizadores de eventos (sociedades científicas) y la parte proporcional de los 115 millones de euros en gastos de asistencia a congresos, seminarios y cursos.


"En una tesitura de vulnerabilidad, los médicos optan por buscar financiación externa y la industria farmacéutica recoge el testigo"



 
Por lo tanto, las sociedades científicas de medicina de familia y comunitaria organizan congresos periódicos por lo que reciben un dinero a través de las desmesuradas cuotas de inscripción y la financiación del evento por parte de la industria farmacéutica con el que seguir alimentando a la máquina, la industria farmacéutica gana influencia financiando los congresos, interfiriendo en los programas científicos y presentando a investigadores patrocinados y los congresistas agachan la cabeza sin claras ventajas a nivel formativo o de conocimientos mientras engordan sus listas de méritos. Un ciclo simbiótico perfecto y sin fisuras.

Existen brotes verdes. De unos años a esta parte, algunas organizaciones científicas han comprendido la deriva ideológica y la poca utilidad práctica de los congresos, esforzándose por llevar a cabo congresos libres de industria farmacéutica y dotándolos de nuevas esferas. Los voces críticas se preguntan si los congresos no están abocados a la extinción. Personalmente creo que no. El funcionamiento actual de los congresos es paradigma de la subyugación que la industria tiene sobre médicos y sobre asociaciones científicas. Todo seguirá igual mientras la clase médica siga cómodamente dormida. Mientras no nos importe prostituir nuestro derecho inalienable a la independencia por certificados de publicaciones y estancias en complejos hoteleros.