Redacción Médica
20 de septiembre de 2018 | Actualizado: Jueves a las 18:50

No se puede transferir lo que no se tiene

“¿Cómo podíamos esperar que la gestión clínica triunfase si no hemos modificado ni una coma de la estructura de los servicios?”, se ha venido a preguntar César Pascual

Jueves, 01 de octubre de 2015, a las 17:42
Ismael Sánchez. Madrid
Parece que la gestión clínica ya no ilusiona, sino que descorazona. Mentarla es como recordar aquel amor que pudo ser y no fue, hace muchos años, cuando todo estaba por hacer. Sigue de actualidad, porque alguien se ha empeñado en legislar sobre lo que ya está legislado y los hay que se temen cambios que terminen afectando al régimen jurídico de los profesionales. Pero está envuelta en un halo de decepción, melancolía y hasta pesimismo, que lastra sus posibilidades para contribuir a la perentoria transformación organizativa de los hospitales.

César Pascual, director general de Coordinación de la Asistencia Sanitaria del Servicio Madrileño de Salud.

Porque esto y no otra cosa es lo que sigue en juego: organizar los hospitales de otra manera. “¿Cómo podíamos esperar que la gestión clínica triunfase si no hemos modificado ni una coma de la estructura de los servicios?”, se ha venido a preguntar César Pascual, hablando como gerente, aunque ahora tenga que parar y templar como buen alto cargo de la Consejería madrileña. Y ha echado la vista atrás, cuando el Insalud seguía en pie y un bisoño Núñez Feijóo hizo una apuesta clara por sembrar de institutos clínicos la geografía hospitalaria. Aquello fue un buen propósito, que se quedó en excepción, pero no transformó nada.

Del Pascual pesimista hemos pasado al Macaya irónico y socarrón. Desde su trono de la Facme, el cardiólogo no ha podido ser más sincero, dirigiéndose directamente a los gerentes: “¿Pero cómo vais a transferirnos autonomía a los clínicos, si vosotros sois los primeros que no la tenéis, porque los políticos no os la dan?”, lo que ha despertado no pocas risas entre los asistentes, pero unas risas ciertamente amargas, que constatan la supremacía que en la sanidad sigue ejerciendo el político sobre el técnico.

Directo y al corazón se ha manifestado Julián Pérez Villacastín, una eminencia en gestión clínica gracias a su Instituto Cardiovascular del Clínico de Madrid, que no parece estar para bromas: “Yo he fracasado como gestor en el Instituto. Seguramente no he alcanzado ni un 5% de los objetivos planteados, y eso que al definirlos pensamos que eran posibles de lograr”. Pero su confesión no ha sonado a derrota sino más bien a alegato, dirigido a la autoridad política, en este caso César Pascual: “Le pido que confíen en nosotros. Con confianza seremos capaces de hacer las cosas bien”.

Ha habido también alusiones nada veladas a los sindicatos profesionales, como seguros obstáculos en la generalización de la gestión clínica, y a la sociedad entera, insegura ante la posibilidad de que esta tendencia fuera otra manera sibilina más de intentar privatizar el sistema. Pero la autocrítica ha resonado con fuerza en la legendaria sede de Previsión Sanitaria Nacional: porque ni unos ni otros, ni médicos ni directivos han sabido estar a la altura de lo que suponía un cambio como el que precisa la gestión clínica para no quedarse en un mero experimento.

Es necesario el consenso entre ambos colectivos, algo que no se ha producido aún, y que plantea una buena pregunta para una próxima jornada: por qué. Y como acertó a definir Pascual, que a duras penas pudo cambiar el rictus pesimista de gerente por el de la ilusión obligada del alto cargo recién nombrado, “hay que desarrollar competencias de liderazgo, porque la gestión clínica nunca triunfará si se promueve desde arriba. Tiene que surgir y afianzarse desde abajo, gracias a la acción y el convencimiento de los propios clínicos”. Ciertamente, oyendo a Macaya, parecería como si los médicos hubieran arrojado la toalla en la asunción de responsabilidades, pues entienden que si los gerentes están fracasando, ellos más aún. Con todo, el cambio, así que tarde cien años, habrá de llegar. Quizá para entonces, los proyectos para hacer unidades dirigidas a pacientes agudos hayan dejado de acumularse en el despacho de César Pascual –y haya nuevas y vibrantes ideas para atender a los crónicos-. Y quizá también, con el beneplácito político, directivos y médicos hablen por fin un mismo idioma. Pero, no nos engañemos, para esto todavía queda mucho.