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Médico y perseguido durante la Guerra Civil

Médico y perseguido durante la Guerra Civil
Fuente: Mundo Militaria.
Juanma Fernández
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Sábado, 16 de abril de 2016, a las 20:00
“Me encontraré esta noche en la ciudad lejana / sin la luz de tus ojos ni el calor de tus manos”, escribió el médico y poeta sevillano de la Generación del 27 José María Romero Martínez. El mismo que el 19 de septiembre de 1936 era fusilado por las tropas franquistas, lideradas desde la capital hispalense por Gonzalo Queipo de Llano. El escritor había cometido el ‘error’ de haber sido secretario provincial de la Unión Republicana ese mismo año, meses antes de aquel 18 de julio en el que un grupo de generales decidieron poner fin a la II República española. Su trágico destino es también el de muchos otros médicos sobre los que también cayó la sombra de la persecución franquista.

Romero Martínez fue uno de los muchos médicos depurados en los tres primeros meses de la Guerra Civil, periodo que concentró entre el 80 y el 90 por ciento de los asesinatos de la contienda. El historiador Julián Casanova explica en ‘Historia de España del siglo XX’ cómo “desde el primer minuto del golpe militar, la destrucción del adversario pasó a ser la prioridad absoluta”. Y añade un matiz sobre las fuerzas sublevadas: “Muchos de ellos se habían forjado en las guerras coloniales, escenarios idóneos para el desprecio por los valores humanitarios y las virtudes cívicas”. Queipo de Llano era uno de ellos.

Gómez de Tejada.

Otro de los afectados por los asesinatos indiscriminados de los primeros albores de un enfrentamiento que duraría tres años y se saldaría con al menos 150.000 víctimas fue Carlos Gómez de Tejada Sanz, médico “y socialista de siempre”, como explica su hermana, María Luisa. La más pequeña de la familia, que actualmente reside en Sevilla, afirma que “fue asesinado por odios”. “A muchos fascistas les bastaba un rumor para matar a una persona y Franco se quedaba tan tranquilo”, añade. Una afirmación que tiene mucho que ver con la historiografía más reciente sobre el conflicto, que afirma cómo la purga en el medio rural fue gigantesca y dramática: “Las intensas relaciones personales propiciaron el afloramiento de viejos litigios, riñas familiares y pasionales, mezclados con el odio político y de clase, con la sed de venganza de unos propietarios asustados por las amenazas populares”, escribe Casanova.

El caso de Gómez de Tejada, en cambio, guarda una particularidad que afectó a algunos médicos de la época, provenientes en su inmensa mayoría de familias burguesas. Como escribe la investigadora María Victoria Fernández Luceño en su tesis ‘Médicos republicanos y masones en Andalucía contemporánea. La represión franquista’, los facultativos de la primera mitad del siglo XX “eran personas humanitarias, imbuidos de ideologías que potenciaban el factor vocacional y de servicio de la carrera médica, filántropos y concienciados de la necesidad de su ayuda a la sociedad”. Así, se da la paradoja de que parte de estos profesionales pertenecían a familias pudientes, propietarias, y a su vez ostentaban un compromiso político identificado con los más desfavorecidos y sus penurias. Preocupados “muy especialmente por los problemas del empobrecido mundo rural de los campesinos andaluces”, como explica esta historiadora.

La vida de este profesional casa perfectamente con esta definición. “Era médico en Marinaleda cuando gobernaba la izquierda, pero luego llegó la derecha y le quitaron la plaza, por lo que tuvo que volverse a Osuna”, comenta María Luisa. Gómez de Tejada, como tantos otros en un periodo en el que la medicina entraba en la Beneficencia Municipal y Provincial, eran esclavos de la fluctuación de una política que se iba radicalizando, máxime durante el bienio conservador (1934-1936), cuando los partidos de centro-derecha se aliaron para gobernar y a él le tocó pasar dos meses en la cárcel “por una redada en la Casa del Pueblo”.

masonería: el otro objetivo
La represión del franquismo no fue solo contra las izquierdas; otro colectivo sufrió una de sus mayores iras y además le sirvió de magnífica excusa para justificar cientos de asesinatos y detenciones: la masonería. El caso de Antonio de Seras, médico, veterinario y masón sevillano, es muy ilustrativo. Su hijo, de mismo nombre, recuerda cómo su padre se salvó de ser fusilado “porque Queipo de Llano era muy amigo de la familia”. Aun así, como muchos, hubo de vivir en el exilio interior del proscrito: “Le quitaron la presidencia del Colegio de Veterinarios y recuerdo cómo le acompañaba a comisaría, donde se tenía que presentar todas las semanas porque tenía prohibido salir de Sevilla”, recuerda Antonio. “Mi padre murió cuando yo era un estudiante, y siempre fue muy reservado para hablar de estas cosas pero me acuerdo que cuando mi madre y él cumplieron sus bodas de plata no pudieron repetir su viaje de novios porque no le dieron el pasaporte; aquello le dolió mucho y no se le olvidó nunca”, concluye. El precio de ser distinto en una España pintada con sangre y ley de un solo trazo. 

Con la llegada de la izquierda del Frente Popular pudo volver a su plaza en el municipio sevillano, lugar donde le pilló el golpe de Estado. “Le avisaron de que se retirara de la vida pública, a pesar de que no era una persona radical; de hecho, detuvo el intento de quemar la iglesia de Marinaleda”, recuerda su hermana.

Alertado por los avisos de su entorno, él y su familia decidieron viajar a Écija, a un cortijo de unos amigos de la familia. Fue allí donde las rencillas, los odios, el silencio y las denuncias que, como ya se ha indicado en líneas anteriores, vertebraron estos meses actuaron sobre este médico. “El capataz fue al pueblo y le denunció, por lo que le detuvieron; entonces, su mujer y mi madre se pusieron a recoger firmas para que le liberaran, llegaron a firmar dos falangistas presos que él había cuidado en su casa de Marinaleda , y ni por esas se salvó”, rememora María Luisa. Ésta recuerda que los últimos momentos de su hermano, al menos los que la familia pudo conocer, fueron una muestra más de su compromiso político: “Dicen que le pidieron que gritara ¡viva Franco! o ¡viva España!, y él levantó el puño y gritó ¡viva la república!, entonces le pegaron un tiro y le mataron”. Era el 7 de agosto de 1936, en Écija. Ocho días antes, el ayuntamiento de Osuna, donde se le había reasignado su plaza como “Médico de la Casa de Socorro”, había recibido una misiva.

“Por haber tomado parte activa el mencionado Médico en la lucha contra el Ejército Español salvador de la Patria”, decía el citado documento. “Al mismo tiempo, tómense las medidas oportunas para que dicho Sr. sea capturado donde fuese habido y puesto a disposición de esta Comandancia Militar”, añadía en lo que no era otra cosa que una sentencia de muerte.

Su final, en una fosa común, era testimonio y tierra del ostracismo al que condena la muerte al fusilado pero también la militancia a los vivos. Su familia, natural de Osuna, había tenido comercios, lo que no les había desplazado de su ideología socialista, heredada por los hijos de un padre que era “de Azaña y votante del PSOE”. La supervivencia de los Gómez de Tejada Sanz, con los negocios hundidos por la dictadura (y ya muy mermados por la época de la CEDA), desfiló por las clases particulares a vecinos de la zona. “Con eso comíamos”, recuerda María Luisa.

Ya en democracia, la memoria de este médico asesinado por el franquismo ha tenido su reconocimiento. Primero, por su propia familia: “Todos los hermanos nos afiliamos al PSOE cuando se legalizó”, explica su hermana. Institucionalmente, sus restos pudieron ser recuperados y enterrados dignamente. “Aquello no sentó nada bien a mi hermano Pablo, que hubiera preferido que Carlos descansara para siempre junto a todos sus compañeros”, matiza. Dos homenajes recientes del partido socialista han sido otros actos en los que se ha reconocido el papel en defensa de la democracia de este doctor cuyo único crimen fue ser uno de aquellos “médicos izquierdistas, que sabían de la injusticia del pésimo reparto del único bien importante en Andalucía, y que intentaban ayudar a conquistar la tierra”, como recuerda Fernández Luceño. La vida por una pelea que en esa comunidad del sur tuvo en la profesión médica una constante de lucha de muchos facultativos: “Está claro que eran capitalistas pero en una proporción no demasiado grande estaban cerca de las clases bajas, jornaleros y braceros del campo que vivían míseramente”. Una proporción de dignidad suficiente.