La Revista

Enrique de Porres dio el salto a la empresa privada después de más de diez años vinculado al sindicato médico CESM

Enrique de Porres, consejero delegado de Asisa.


22 jul. 2017 20:00H
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POR @CRISTINAALCALAL
A pesar de que la Traumatología era una de las tres especialidades médicas que Enrique de Porres (Madrid, 1947) tenía claro que no quería ejercer jamás (junto con Psiquiatría y Pediatría), el ahora consejero delegado de Asisa le supo pillar el ‘gustillo’ tras su paso, primero, como médico rural y, después, en el 12 de Octubre. Sin embargo, por esa tendencia tan suya de meterse en líos de la profesión, llegó a compaginar la consulta con el sindicalismo de forma activa, a través de CESM Madrid y la Conferencia Nacional, de la que llegó a ser su secretario. Una etapa que acabó diez años después, con algún que otro sinsabor con la ‘cúpula’ del sindicato médico y que le llevó directo a la compañía de la que, a día de hoy, forma parte: Asisa.

Nacido en Madrid. ¿Qué recuerda de su infancia?

En aquella época los niños nos movíamos por la ciudad con una libertad que los de ahora no tienen. Soy el mayor de ocho hermanos y salía con ellos, sin ningún adulto, para ir al Retiro -ya que vivíamos cerca del parque- o al cine a ver una sesión doble del Oeste, por ejemplo. La ciudad era más amigable.

¿Y practicaba algún deporte?

Sí, balonmano. Empecé a practicarlo mientras cursaba el Bachillerato en Zaragoza. Allí jugué hasta la Primera División regional y luego la Segunda en Madrid, cuando vine a estudiar la carrera de Medicina.

Tenía una prometedora carrera deportiva.

En la época juvenil fui máximo goleador durante varias temporadas. De hecho, con 16 años me vinieron a buscar para jugar en otras divisiones y, aunque los compañeros de equipo eran mucho más altos, era muy rápido y jugaba bastante bien.

Enrique de Porres recuerda sus inicios en la Medicina. 

¿Y por qué lo dejó?

Porque empecé a estudiar y a trabajar. No me quedaba tiempo a dedicarme a ello.

Y la vía profesional la encontró a través de la Traumatología.

Sí.

¿Qué le llamó la atención de esta especialidad? ¿Por qué la eligió?

Por cuestiones de la vida. Cuando estudiaba la carrera tenía claro que había tres especialidades médicas que no quería ejercer durante mi paso por el hospital. Los de mi generación tuvimos la suerte y la desgracia de empezar un plan de estudios experimental en Madrid que nos costó un año en blanco, es decir, en vez de seis años tardamos siete en terminar la carrera, y no todos la terminábamos: de los 2.000 que empezábamos, solo quedábamos 50 en el tercer curso.

¿Y qué hicieron los alumnos contra ese plan educativo?

Una huelga que duró un año -todo ello, durante la época de Franco- y también no presentarnos a los exámenes. Después de eso, se consolidó por primera una comisión mixta entre los alumnos y los catedráticos para arreglar el plan, de la que formé parte.

¿Así empezó su vena sindicalista?

Ahí empezó mi compromiso permanente con la profesión y por eso estoy en una cooperativa de médicos y no en otro sitio donde podría ganar más dinero.

Hacer huelga y más durante la época de Franco, ¿le supuso problemas?

Muchos.

Enrique de Porres lleva vinculado a Asisa desde 1989.

¿Cuál es la situación más truculenta que recuerda? ¿Tuvo que correr en algún momento delante de la policía?

Muchas veces, porque en aquella época eso era normal. Había quien lo tenía como un deporte y decía: “oye vamos a correr delante de los grises”. (ríe)

Recuerdo más de una ocasión mandaban a la Policía al despacho del que por aquel entonces era el director del Hospital Clínico. Se liaban a 'estacazos' con nosotros y las enfermeras tenían que abrir las puertas de los pasillos para que pudiéramos salir corriendo. En mi caso, que he sido uno de los líderes del colectivo de estudiantes de Medicina, me han detenido más de una vez. Los policías nos conocían, porque también estaban dentro de la facultad, y nos solían decir que a la próxima vez nos llevarían a la cárcel de Carabanchel.

¿Tuvo miedo durante esos años tan convulsos?

No, porque en el fondo nunca he militado en ningún partido ni he sido políticamente activo. Simplemente era un “becario del régimen de Franco”, ya que estudiaba en Madrid a través de becas y, por eso, nunca me he movilizado desde un punto de vista político, sino profesional, ya que necesitaba terminar la carrera al ser el mayor de ocho hermanos. Siempre he pensado que en aquella época la Policía debería saber quiénes eran unos y quiénes eran otros, es decir, que a mí me podrían acusar de hacer arengas a mis compañeros para que nos cambiarán el plan de estudios, pero no de lo que perseguían en aquella época.

Comentaba que eligió Traumatología porque tenía claro que había tres especialidades en las que no quería trabajar.

Y una de ellas era precisamente Traumatología.

¿Sí?

Cuando hice la parte clínica en la carrera, primero descubrí que la Psiquiatría no me interesaba porque nunca entendí el dolor que tenían los enfermos mentales (y sigo sin entenderlo).

Otra de las especialidades que no me llamaba la atención era la Pediatría porque nunca he podido soportar ver a los niños sufriendo en una cama de hospital. Puedo ver a un adulto pasándolo mal o a un muerto sin que me cause ningún problema.

Y luego está Traumatología, porque mi primera experiencia con esta especialidad fue ver una intervención que se hacía en aquella época de reducción quirúrgica de una fractura de clavícula: los ayudantes de Medicina tirando de un brazo, el médico dando martillazos para meter el clavo... Me pareció un poco rudimentario, pero al final fui traumatólogo.

Un momento de la entrevista con el consejero delegado de Asisa. 

¿Qué influyó para que cambiara de opinión?

Empecé a trabajar como médico general y luego tuve la oportunidad de estar una temporada haciendo una sustitución como traumatólogo en lo que antes se conocía como ayudantías de equipo quirúrgico en el Hospital 12 de Octubre. Prefería haber seguido como médico general. De hecho, estuve casi dos años ejerciendo como médico rural y ha sido la época de mi vida que más realizado me he sentido como profesional, porque sentía la confianza que depositaban en mi los pacientes. Esa sensación no la he vuelto a sentir nunca, porque luego en el hospital era uno más.

¿Dónde tenía la consulta?

En Torres de la Alameda, cerca de Madrid.

¿Echa de menos ponerse la bata blanca?

Sí, eso se echa de menos siempre y más cuando haces la carrera por vocación. Lo que pasa es que uno se va justificando y piensa que desde otros puestos de responsabilidad también puede tener esa vocación de servicio a los demás.

¿La vena sanitaria le viene de familia?

No, por lo menos no de familia cercana. Hay médicos en mi familia pero lejanos, es decir, el padre de mi abuelo materno –al que no he conocido- era médico y el resto eran militares y sacerdotes.

¿Alguno de sus ocho hermanos o de sus cuatro hijos ha seguido sus pasos sanitarios?

Solo mi hermano Ignacio, que también es médico. El resto no. Uno es presidente de la Audiencia Provincial de Madrid, otro músico, otra fue interventora en Telefónica, otra, logopeda, y otras dos amas de casa. Y por parte de mis hijos tampoco. Creo que han visto a sus padres trabajar tanto (mi mujer es pediatra) que han decidido elegir otras profesiones y no saber nada de la actividad sanitaria.

¿No pensó nunca en seguir los pasos de su hermano músico?

A pesar de que me encanta la música y a diferencia del resto de mis hermanos (no solo al que se dedica a este mundo) tengo muy mal oído. El que trabaja en la Audiencia Provincial dio muchos años clases de piano porque tenía talento y, aunque sus profesores le animaron a seguir, él quería estudiar otra cosa.
Cuando nos juntamos en Navidad toda la familia y mis hermanas cogen la guitarra, soy al único al que no le dejan cantar porque me dicen que desafino (ríe). Ha sido una de mis grandes frustraciones toda la vida.

En cuanto a su trayectoria en CESM, ¿cómo entró en el sindicato médico?

Por esa tendencia a meterme en los líos de la profesión. Cuando terminé la especialidad, lo primero a lo que opté -porque ya estaba casado y tenía dos niños- fue a las plazas de los hospitales madrileños de ayudante de equipo quirúrgico. Pero tenían el inconveniente de que las podían ocupar tanto titulados como no titulados y con unos sueldos míseros. Ante esta situación, varios especialistas empezamos a reivindicar que las plazas para Traumatología las ocupara un traumatólogo y que no hubiera tantas diferencias entre los puestos de responsabilidad. Para ello, montamos una asociación para defender nuestros derechos de la que formé parte como impulsor. Durante esa ‘movida’ conocí a Juan Blázquez, que por aquella época era secretario general de CESM, y me propuso entrar al sindicato.

Enrique de Porres y Francisco Ivorra, presidente de Asisa, saludando al consejero de Sanidad de Aragón, Sebastián Celaya.

Durante estos 10 años dentro del sindicato, ¿cuál ha sido la batalla más dura que tuvo que pelear?

Las tres huelgas de médicos que vivimos durante las transferencias sanitarias del Insalud a las comunidades autónomas más la negociación de la Ley General de Sanidad. A pesar de eso, fue una época muy intensa pero muy enriquecedora, tanto a nivel profesional como personal, ya que entre los líderes de derecha e izquierda reinaba un talante muy constructivo.

¿Cómo ve a CESM actualmente?

No lo sigo directamente, porque tras la transferencia de las competencias, no tengo tiempo para seguir lo que hace en las 17 comunidades autónomas. Sin embargo, de vez en cuando escucho declaraciones que hacen que no me gustan mucho.

¿Cómo valora las siguientes juntas directivas que han seguido a CESM desde que usted salió?

Con los únicos que he tenido algo de relación fueron con los que nos sucedieron a nosotros. Cuando uno deja un cargo de representación, lo tiene que dejar con todas sus consecuencias porque si no, como se suele decir en política, se convierte uno en un jarrón chino pero nadie sabe dónde poner.

¿Hay jarrones chinos actualmente en CESM?

No lo sé. Tenga en cuenta que yo dejé el sindicalismo en el año 89. No sé dónde están, qué hacen, qué dejan de hacer los actuales líderes sindicales.

¿Se desligó completamente del sindicato?

Pago mi cuota por solidaridad por el sindicalismo, pero en realidad, a nivel personal e institucional, no necesito los sindicatos para nada. El cooperativismo médico es la superación de esa situación, porque cuando el trabajador se convierte en propietario de su propia empresa ya no necesita la defensa sindical.

¿Y a qué se debió esa rotura? ¿Hubo un factor determinante?

Sí. Tuve que hacerme cargo de la Secretaria General de la CESM como consecuencia de la pérdida de confianza que la confederación tuvo en Juan Blázquez, tras defender que, quien quisiera, podría firmar la dedicación exclusiva en Medicina. Desde la Organización Médica Colegial (OMC) y los colegios profesionales se nos acusó de traidores. Tras esta circunstancia, me tocó a mí hacerme cargo del sindicato, aunque no quisiera, y tuve que estar al frente de él los dos años que se avecinaban antes de las siguientes elecciones.

¿No se presentó a esos comicios sindicales?

No, no quería seguir después de las elecciones. Solo me hice cargo de la organización y traté de reunificarla con los que habían mostrado disidencia, pero después me iba. Ese fue mi compromiso.

La entrevista de Enrique de Porres para LA REVISTA de Redacción Médica tuvo lugar en la sede de Asisa en Madrid.


¿Salió muy decepcionado del sindicalismo?

Más que del sindicalismo, salí decepcionado del tratamiento que habían dado a quién había dejado parte de su vida defendiendo a los demás, como fue Blázquez. El comportamiento de casi todas estas organizaciones con sus exresponsables no es razonable.

¿Maltrata CESM a sus exdirigentes?

No lo sé porque hace muchos años que no lo sigo pero yo sí he vivido ese ‘mal trato’, en el sentido de que no dieron el trato de valor que habían quedar, como fue en el caso de Blázquez, que después de estar al frente de CESM más de diez años, tuvo que salir por la puerta de atrás. De hecho, ninguno de los dos conocemos la actual sede del sindicato –situada ahora detrás de Gran Vía, y eso fuimos los que negociamos su nueva ubicación.

¿Cómo fue la llamada para trabajar en Asisa?

Después de CESM, comencé a participar en la Mesa Nacional de Asistencia Colectiva para, entre otros asuntos, mejorar las retribuciones de los médicos. En esa época, conocí a Francisco Carreño y Josep Espriu, impulsores de Asisa, y fueron los que me ofrecieron un puesto de responsabilidad en la compañía como adjunto al presidente.

¿Dudó en algún momento en aceptar el cargo?

Me lo ofreció en el verano del 89 y acepté a finales de ese año.

En corto
Libro de cabecera: Los de Diego Gracia y Laín Entralgo.
 
Película favorita: ‘El apartamento’, de Billy Wilder, o la trilogía de ‘El Padrino’, de Francis Ford Coppola.
 
Canción favorita: Me gusta la música en español, como por ejemplo, la copla.
 
Una ciudad para vivir: Madrid.
 
Una ciudad para viajar: Cualquiera que no conozca, como Irlanda.
 
Un objeto imprescindible: No hay nada imprescindible en esta vida.
 
Un personaje de su vida: Varios: Juan Blázquez, Francisco Carrero y Josep Espriu.
 
Un personaje histórico: Fernando El Católico.
 
Un equipo de fútbol: El Real Madrid.
 
Un lema vital: No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti.
 
¿Qué le hace feliz? Pensar que todo lo que tenía que ir haciendo en esta vida, lo he hecho.
¿Es compatible pasar del ámbito sindical a la empresa privada directamente?

Absolutamente y más a la empresa cooperativa como es Asisa. Es otra forma de entender que si los profesionales se agrupan pueden autogobernarse, sin necesidad de políticos ni intermediarios, para dar asistencia a los pacientes.

¿A qué ha tenido que renunciar de su vida personal por tener tanta responsabilidad a nivel profesional?

A disfrutar de mis hijos lo que ahora disfruto de mis nietos (ríe).

¿La familia le ha tirado alguna vez de las orejas por pasar tanto tiempo en el trabajo?

Cuando ya tuve mis cuatros hijos, mi mujer se puso más exigente y me decía que le dedicaba demasiado tiempo al sindicalismo y poco a mi profesión y a la familia. Pero ella, como también es médico, siempre me ha entendido y respetado.

Y a día de hoy, ¿cómo compagina su vida profesional con la personal?

Es distinto. A pesar de que la dedicación es intensa, este trabajo tiene horarios que se respetan y fines de semana libres, además de que puede delegar responsabilidades en un momento determinado y no pasa nada. En cambio, cuando trabajaba en el sindicato, llegaba a casa a las 2 de la mañana habitualmente.

¿A qué dedica su tiempo libre? ¿Puede estar ahora más con sus hijos?

No mucho, porque los dos mayores están casados, la tercera vive en Alemania y el otro murió, así que el tiempo que tengo lo disfruto estando con los nietos. Como aficiones, me gusta mucho la pintura –aunque no pinto nada desde hace ya bastante tiempo- y el bricolaje. Ahora que llegan las vacaciones de verano, me bajo al sótano de mi casa y me tiro allí todo el día arreglando lo que haya estropeado. Me tienen que sacar de allí a la fuerza (ríe).

¿Se considera un ‘manitas’?

Sí, es una de las características de los que hemos hecho cirugía. Desde pequeño siempre me ha gustado destripar los juguetes para ver lo que tenían dentro y luego volverlos a montar.
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