La investigación sobre el conocido como eje intestino-cerebro ha aumentado notablemente.

La investigación sobre el conocido como eje intestino-cerebro ha aumentado notablemente.

Avances

La clave del envejecimiento por estrés se encuentra en el eje intestino-cerebro

Un estudio revela la ruta biológica que conecta el cerebro, las bacterias del intestino y las células de la médula ósea

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La conexión entre la mente y el intestino ha dejado de ser una posibilidad clínica para convertirse en uno de los campos más fértiles de la investigación biomédica actual. Cada vez son más los estudios que sitúan al estrés psicológico como un factor de riesgo real para enfermedades cardiovasculares o la diabetes, sobre todo cuando el sistema inmunitario no responde con la eficacia necesaria. Lo que hasta ahora resultaba más difícil de explicar era el mecanismo exacto que conecta una emoción con un efecto biológico medible en órganos tan alejados entre sí como el cerebro y la médula ósea.

En este sentido, un equipo de investigadores de la Universidad Sun Yat-sen, en Guangzhou (China), cree haber encontrado esa pieza que faltaba. Según un estudio publicado en la revista Cell Stem Cell, de Cell Press, el estrés psicológico acelera cambios similares al envejecimiento en las células madre hematopoyéticas de la médula ósea, y lo hace alterando antes el equilibrio de la microbiota intestinal. "Nuestra investigación demuestra cómo las regiones cerebrales que responden al estrés regulan el equilibrio de la microbiota intestinal, lo que en última instancia afecta la función de las células madre hematopoyéticas", explica Meng Zhao, autor principal del trabajo.

Una ruta desconocida entre el cerebro y la médula ósea

Que el estrés crónico afecta a la función inmunitaria y a la formación de células inmunitarias en la médula ósea no era una novedad para la ciencia. Estudios previos ya habían señalado que esta influencia se produce principalmente a través de vías inflamatorias y de los receptores adrenérgicos, encargados de activar la respuesta de "lucha o huida" del organismo. Lo que permanecía sin resolver era cómo viajaban exactamente esas señales de estrés desde el cerebro hasta la médula ósea, por lo que este nuevo estudio arroja luz sobre este asunto.

Para averiguarlo, el equipo de investigadores trabajó con cuatro modelos distintos de ratones sometidos a estrés, con el objetivo de analizar las interacciones entre cerebro, intestino y médula ósea. Los resultados confirmaron que el estrés crónico reducía la actividad en dos regiones cerebrales concretas: la corteza prefrontal medial y la sustancia gris periacueductal. Esa menor actividad cerebral desencadenaba, a su vez, una cascada de cambios fisiológicos en los animales, entre ellos la pérdida de células madre hematopoyéticas y una menor producción de linfocitos.

Médico con signos de estrés.

Médico con signos de estrés.

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio tiene que ver con lo que ocurría en el intestino de los ratones sometidos a estrés. Los investigadores observaron una disminución de Lactobacillus reuteri, una especie bacteriana importante para mantener un equilibrio saludable de la microbiota intestinal, así como niveles reducidos de espermidina, un compuesto natural que desempeña un papel crucial en la eliminación de las células dañadas del organismo. Este hallazgo cobra especial relevancia porque, según explican los propios autores, bastaba con inhibir la actividad de solo dos regiones cerebrales específicas para reproducir buena parte de los defectos hematopoyéticos asociados al estrés psicológico.

"Un hallazgo sorprendente de nuestro estudio fue que la supresión de solo dos regiones cerebrales específicas fue suficiente para producir muchos de los defectos hematopoyéticos causados por el estrés psicológico", señala Linjia Jiang, coautora del trabajo. La investigadora añade que las alteraciones detectadas en la microbiota intestinal y en el metabolito espermidina resultaron determinantes para explicar cómo se comunican el cerebro y la médula ósea en estas circunstancias.

Preguntas pendientes y posible aplicación en humanos

Pese al alcance de los hallazgos, los propios investigadores reconocen que todavía quedan importantes incógnitas por resolver, entre ellas cómo el estrés psicológico altera los circuitos neuronales en el contexto de distintas enfermedades y si mecanismos similares a los descritos en ratones operan también en el organismo humano. Ambas cuestiones forman parte de las próximas líneas de trabajo del equipo, que además está explorando si sería posible desarrollar intervenciones capaces de mejorar la función de la médula ósea tanto durante el envejecimiento natural como en periodos de estrés crónico.

Zhao se muestra cauto respecto a una posible traslación clínica inmediata, aunque confía en el valor del hallazgo como punto de partida: matiza que, aunque todavía se necesita un trabajo sustancial antes de pensar en aplicaciones clínicas, estos resultados sientan una base conceptual para diseñar futuras estrategias que reduzcan el envejecimiento inmunológico ligado al estrés. Jiang, por su parte, resume la implicación más amplia del estudio: la gestión del estrés psicológico podría no solo mejorar el bienestar mental, sino también contribuir a preservar la función inmunológica y favorecer un envejecimiento más saludable.