Marta Neira, investigadora principal del proyecto TECHFRAIL; y Elísabet Huertas, coordinadora del grupo de investigación PROACT de la Universidad Rey Juan Carlos.
La
fragilidad en las personas mayores no es sinónimo de dependencia, pero puede ser la antesala de ella si no se detecta a tiempo. Esa es una de las ideas centrales sobre las que se apoya
TECHFRAIL, un proyecto que combina valoración clínica, sensores inerciales y ejercicio multicomponente a través de una aplicación móvil para identificar de forma precoz el riesgo de fragilidad e intervenir antes de que aparezca un deterioro funcional establecido.
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Entrevista completa a Marta Neira, geriatra del Hospital Universitario Infanta Leonor, investigadora principal del proyecto TECHFRAIL y expresidenta de la Sociedad Española de Medicina Geriátrica (Semeg) y a Elísabet Huertas, terapeuta ocupacional, profesora titular de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y coordinadora del grupo de investigación PROACT de la URJC.
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Marta Neira, geriatra del Hospital Universitario Infanta Leonor, investigadora principal del proyecto
TECHFRAIL y expresidenta de la Sociedad Española de Medicina Geriátrica (Semeg), explica que los geriatras utilizan el término fragilidad para definir “una baja reserva funcional” en la persona mayor.
Con el envejecimiento, señala, se producen cambios fisiológicos que reducen la capacidad del organismo para responder ante situaciones de estrés. Esa pérdida de reserva hace que un evento aparentemente controlable, como una infección urinaria, pueda tener consecuencias muy distintas según el estado funcional previo del paciente.
Neira pone como ejemplo a una persona mayor robusta, con buena capacidad intrínseca y reserva funcional, que puede superar una infección, recibir el alta y volver a su entorno con normalidad. En cambio, en un paciente frágil, ese mismo episodio puede asociarse a
más riesgo de mortalidad, hospitalización, pérdida funcional y, si la situación se mantiene en el tiempo, discapacidad y mayor dependencia.
La clave, insiste, es que la fragilidad es reversible. A diferencia de una dependencia ya establecida o de un deterioro funcional consolidado,
la fragilidad puede mejorar si se identifica pronto y se interviene sobre ella. Por eso, el objetivo no es solo etiquetar a un paciente como frágil, sino actuar antes de que esa situación avance.
Marta Neira, geriatra del Hospital Universitario Infanta Leonor, investigadora principal del proyecto TECHFRAIL y expresidenta de la Sociedad Española de Medicina Geriátrica (Semeg).
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El proyecto TECHFRAIL nace precisamente de esa necesidad clínica: detectar antes. Según Neira, en la práctica habitual se distingue entre pacientes robustos, frágiles y también prefrágiles, una situación intermedia en la que ya se aprecian cambios, pero todavía existe margen de actuación. Hasta ahora, el diagnóstico de fragilidad se basa fundamentalmente en
una valoración clínica: anamnesis, exploración funcional, dinamometría, velocidad de la marcha y otras pruebas que ayudan a estimar la reserva del paciente.
Sin embargo, la geriatra considera que esta detección puede llegar “un poco tarde”. Por eso, una parte importante de la investigación actual se centra en buscar marcadores precoces de fragilidad. Neira enumera distintos tipos de marcadores que se han explorado, como los bioquímicos, hormonales, de estrés oxidativo, inflamatorios o radiológicos, aunque ninguno ha logrado consolidarse hasta ahora como un marcador suficientemente útil.
En ese contexto, el equipo de TECHFRAIL
ha puesto el foco en la marcha y en las caídas. Neira subraya que una caída en una persona mayor no debe interpretarse siempre como algo casual o banal. Aunque no tenga consecuencias inmediatas, puede ser un aviso temprano de fragilidad. De ahí que el proyecto busque analizar parámetros de la marcha que permitan detectar esos primeros indicios.
La parte tecnológica del proyecto se apoya en sensores inerciales.
Elísabet Huertas, terapeuta ocupacional, profesora titular de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y coordinadora del grupo de investigación PROACT de la URJC, explica que
se trata de dispositivos pequeños que, en este caso, se colocan en el pie y aportan información sobre cómo camina la persona. Estos sensores permiten recoger datos sobre velocidad, longitud del paso, equilibrio y otros aspectos de la marcha que pueden reflejar cambios sutiles relacionados con la fragilidad.
Elísabet Huertas, terapeuta ocupacional, profesora titular de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y coordinadora del grupo de investigación PROACT de la URJC.
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Según Huertas,
esta tecnología puede detectar con mayor precisión alteraciones que quizá no se aprecian mediante pruebas convencionales. Neira añade que una de sus principales ventajas es que permite evaluar al paciente fuera del entorno limitado de la consulta. En la valoración tradicional, el espacio y el tiempo son reducidos: a menudo se analiza la marcha en apenas unos metros, dentro de una consulta y bajo unas condiciones que no reproducen la vida diaria.
La geriatra señala que el paciente puede venir preparado para esa evaluación o incluso sobreactuar. Además, el entorno clínico no refleja las circunstancias reales de la calle, donde pueden aparecer estímulos inesperados, obstáculos, ruidos o distracciones.
Con los sensores, el objetivo es analizar la marcha en condiciones más habituales y obtener una medición más precisa, segura y menos subjetiva.
Neira compara esta herramienta con la medición tradicional mediante cronómetro, que puede incorporar cierto margen de error. Un dispositivo de estas características, afirma, permite recoger datos con mayor precisión y sin consumir tanto tiempo de consulta. Además,
no exige que sea el geriatra quien realice directamente toda la evaluación, ya que otro profesional puede colocar o recoger el dispositivo antes de la visita. En su opinión, esto puede reducir cargas, optimizar recursos y hacer más eficiente la atención.
Uno de los objetivos del proyecto es
desarrollar un índice de riesgo de fragilidad. Huertas explica que este índice resumirá la información recogida por los sensores inerciales y ofrecerá una interpretación útil para el profesional sanitario. La finalidad es que el clínico pueda tomar decisiones más claras sobre la intervención más adecuada para cada paciente.
Uno de los objetivos del proyecto es desarrollar un índice de riesgo de fragilidad.
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Pero TECHFRAIL no se limita a detectar fragilidad. También incorpora una intervención basada en ejercicio multicomponente, guiada mediante una aplicación denominada Vivifrail. Huertas detalla que el programa, desarrollado en colaboración con el CSIC y otros integrantes del proyecto, incluye ejercicios de fuerza, cardiovascular, equilibrio y flexibilidad. Son actividades que pueden realizarse en casa o en el entorno que elija el usuario, dirigidas desde el móvil y adaptadas al nivel funcional o al índice de fragilidad de cada persona.
Neira recuerda que esta línea de trabajo viene de un proyecto previo en pacientes con caídas. La herramienta se diseñó para intervenir con ejercicio en personas que no podían desplazarse a un centro donde realizarlo. Según la geriatra, el ejercicio físico multicomponente es la intervención que ha demostrado más beneficios para reducir el riesgo de caídas y mejorar el estado de fragilidad en las personas mayores.
El problema, advierte, es la adherencia. No basta con una única sesión. Los programas requieren continuidad, habitualmente entre ocho y doce semanas, para observar beneficios. El programa previo del equipo se planteó con ocho semanas, aunque Neira señala que la mayoría de programas están diseñados para doce. Por eso, uno de los principales desafíos es conseguir que la persona mayor mantenga el ejercicio durante todo ese periodo, especialmente cuando debe desplazarse a otro centro.
La falta de recursos presenciales también influye.
Algunos hospitales cuentan con hospitales de día de geriatría donde los pacientes pueden acudir a realizar programas de ejercicio, pero otros no disponen de ese dispositivo. En el caso del Hospital Universitario Infanta Leonor, según explica Neira, esa carencia impulsó la búsqueda de una alternativa digital que acercara el ejercicio a las personas mayores que no podían acudir a un centro.
El problema, advierte, es la adherencia. No basta con una única sesión.
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La experiencia previa en pacientes con caídas ha mostrado, según la investigadora, que la herramienta puede ser útil. Neira reconoce que acudir presencialmente a un centro, con un monitor y en grupo, puede tener beneficios superiores, pero considera que la opción digital ofrece una alternativa valiosa cuando ese recurso no existe o no es accesible.
La brecha digital es uno de los retos del proyecto. Huertas explica que la aplicación se ha diseñado pensando específicamente en personas mayores, con una estructura sencilla, intuitiva y fácil de utilizar. Incluye gráficos, colores para categorizar secciones y ejercicios, instrucciones auditivas y apoyos visuales. Además, en esta nueva fase
se está incorporando una parte de acompañamiento para que el paciente pueda escribir dudas, enviar mensajes y recibir feedback.
El objetivo es que la tecnología no se convierta en una barrera, sino en una herramienta útil. Huertas destaca que una aplicación permite hacer adaptaciones casi en tiempo real si cambia la situación basal de la persona. Frente a unas recomendaciones en papel, la app puede modificar el tipo de ejercicios o las secciones recomendadas según la evolución del usuario. Además, el
equipo espera observar beneficios en adherencia, como ya han visto en estudios previos, con personas que no abandonan el ejercicio y aumentan progresivamente su implicación.
Huertas destaca la importancia de
hacer ejercicio y fortalecerse, ya que las personas que han sufrido una caída, como pueden ser las personas con fragilidad al encontrarse en este grupo de riesgo, experimentan no solo un impacto físico evidente, sino también importantes consecuencias psicológicas. Con frecuencia aparece el miedo a volver a caerse, lo que puede repercutir negativamente en su capacidad funcional y llevarlas a limitar o abandonar actividades cotidianas, como salir a comprar el pan o pasear solas, que como terapeuta ocupacional, considera tan importante. Por ello,
la detección precoz de la fragilidad es fundamental, ya que permite intervenir de manera temprana.
El objetivo es que la tecnología no se convierta en una barrera, sino en una herramienta útil.
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De cara al futuro, Neira considera que TECHFRAIL puede tener impacto tanto en la evaluación como en la intervención. En la primera parte, porque facilita y agiliza la recogida de datos, reduce cargas en consulta y puede disminuir los tiempos de atención. En la segunda,
porque ofrece una alternativa de ejercicio a pacientes que no tienen acceso a centros presenciales.
La geriatra también ve potencial en el mundo rural, donde la accesibilidad a recursos sanitarios y sociales puede ser más limitada. En ese contexto, considera que las herramientas digitales pueden suponer un cambio significativo, no solo en programas de ejercicio, sino también en otros ámbitos relacionados con el acompañamiento y la soledad no deseada.
La premisa del proyecto es clara:
detectar antes, intervenir mejor y acercar la atención al entorno real de las personas mayores. Para Neira y Huertas, la combinación de sensores, índice de riesgo y ejercicio adaptado puede ayudar a anticiparse a la pérdida funcional y ofrecer una vía de actuación antes de que la fragilidad derive en dependencia.
El plató de Redacción Médica durante la entrevista.
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