Opinión de Javier Colás Fustero, profesor de Ingeniería Biomédica de la Universidad Pompeu i Fabra

Montaje fotográfico: Lucía Sancho.


SE LEE EN 5 minutos
Opinión de Javier Colás Fustero, profesor de Ingeniería Biomédica de la Universidad Pompeu Fabra


La ley General de Sanidad: La tecnología nos ofrece una última oportunidad para la transformación que esperábamos de ella


Estamos ante el 40º aniversario de la Ley General de Sanidad (LGS). A lo largo de los últimos 20 años, los profesionales que trabajamos en el desarrollo y la aplicación de la innovación tecnológica sanitaria para mejorar el cuidado de la salud hemos visto cómo crecían las barreras que impedían que los principios más valiosos de la LGS —equidad, accesibilidad y cobertura universal— se mantuvieran plenamente vigentes.

Teníamos la esperanza de que el desarrollo de la LGS sería la llave para impulsar el concepto de Gestión Clínica, creando condiciones de flexibilidad y capacidad de gestión que facilitasen la normalización en el acceso a innovaciones disruptivas, muchas de ellas con un impacto significativo en el tratamiento de determinadas patologías. Sin embargo, la realidad era que el acceso a la innovación dependía más del liderazgo clínico de algunos profesionales que de un planteamiento estratégico de la administración. Observábamos con preocupación cómo aumentaba la variabilidad en su uso en la práctica clínica.

Cuando comenzábamos a superar la crisis económica de principios de este siglo, apareció un nuevo concepto procedente de Estados Unidos: el “Value Based Health Care”. Este enfoque nos hizo confiar en que la clave para la adopción de la innovación residiría en demostrar su creación de valor. Dado que el valor se define como la relación entre la mejora en la salud del paciente y el coste de lograrla, parecía evidente que su demostración facilitaría la incorporación eficiente de la innovación. Sin embargo, a pesar del impulso que supuso la transposición de la nueva Directiva Europea de Compra Pública a nuestra legislación, el uso de la denominada “Compra Pública de Valor” fue muy limitado. De nuevo, su aplicación quedó ligada a iniciativas individuales, lo que contribuyó a aumentar la variabilidad.



"Comenzamos a pensar que la digitalización sería el complemento ideal para aplicar el concepto de valor en la incorporación de la innovación sanitaria"




Finalmente, en la segunda década de nuestro siglo, asistimos a la irrupción de un auténtico tsunami de herramientas digitales: blockchain, identidad digital, gestión de datos y, más recientemente, inteligencia artificial. Comenzamos a pensar que la digitalización sería el complemento ideal para aplicar el concepto de valor en la incorporación de la innovación sanitaria. Estas herramientas permitirían optimizar los procesos clínicos, haciéndolos más eficientes mediante una colaboración más estrecha entre clínicos y tecnólogos. También posibilitarían el desarrollo de soluciones transversales, integrando tecnologías y monitorizando indicadores de rendimiento mediante herramientas digitales, facilitando además su financiación a través de los beneficios derivados de la eficiencia y la mejora continua.

Una vez más, nuestras expectativas se han visto frustradas, salvo en los habituales casos de “líderes clínicos heroicos”.

La realidad es que nos enfrentamos a un problema recurrente. Ya no podemos seguir esperando a que alguien impulse de forma efectiva el desarrollo de nuestra querida, pero envejecida, LGS. Existe una necesidad urgente de transformación de nuestro sistema de salud, no en sus principios fundamentales —que siguen siendo válidos— ni en la calidad de las interacciones profesionales en los procesos críticos, que es equiparable a la de otros países europeos, sino en su organización y funcionamiento. No podemos pretender que un sistema con más de 50 años en sus líneas maestras se adapte de forma natural a cambios tan disruptivos como los experimentados en la demanda de salud, el conocimiento médico y las tecnologías disponibles.

Necesitamos debatir los cambios necesarios para establecer una buena coordinación de un sistema altamente descentralizado. Necesitamos debatir cómo organizar mejor los sistemas regionales de salud, como se estructuran los centros para tener más responsabilidad en la gestión y más flexibilidad.

Necesitamos revisar cómo se asignan los recursos, abrir nuevos modelos de compra de soluciones.

Necesitamos debatir cómo se organizan las unidades clínicas, qué responsabilidad pasamos a sus gestores, con qué tipo de profesionales, qué papel van a jugar las nuevas profesiones como los Ingenieros Biomédicos.
Necesitamos debatir cómo conseguimos devolver a los profesionales la motivación y compensar adecuadamente su dedicación.

Necesitamos debatir de qué manera aprovechamos todos los recursos disponibles, públicos y privados, porque los usuarios somos los mismos en ambos casos y la doble cobertura es una manifiesta ineficiencia.

Asimismo, debemos avanzar hacia una mayor implicación de los pacientes en el cuidado de su salud, especialmente en la prevención secundaria de enfermedades crónicas, mejorando la coordinación con los servicios sociales y promoviendo una mayor educación sanitaria, apoyándonos en las nuevas herramientas digitales.

Es necesario y urgente un debate serio, valiente, profesional y libre de rigideces ideológicas sobre las medidas prioritarias, así como sobre la selección de aquellas que puedan implantarse rápidamente en entornos controlados, evaluando su eficacia antes de proceder a su escalado.

Es la última oportunidad para sostener un sistema de salud extraordinario.
Las informaciones publicadas en Redacción Médica contienen afirmaciones, datos y declaraciones procedentes de instituciones oficiales y profesionales sanitarios. No obstante, ante cualquier duda relacionada con su salud, consulte con su especialista sanitario correspondiente.