Javier Padilla y otros expertos abogan por una agenda política global basada en acceso equitativo a avances científicos

Asamblea General de la ONU
Asamblea General de la ONU.


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Un grupo de expertos entre los que se halla el secretario de Estado de Sanidad, Javier Padilla, subrayan que la respuesta mundial frente al VIH necesita una nueva agenda política global más allá de 2030 que sitúe en el centro la desigualdad estructural, el acceso equitativo a la innovación científica y la gobernanza democrática de la salud. En un artículo científico publicado en la revista Global Public Health, explican que, en un contexto marcado por guerras, crisis económicas y recortes internacionales, las estructuras construidas durante décadas de “activismo contra el VIH”, que se creían consolidadas, son “mucho más frágiles de lo que parecen”. Además, advierten sobre los riesgos del “triunfalismo biomédico” al considerar que los avances científicos en la prevención y el tratamiento del VIH no bastan por sí solos para asegurar beneficios efectivos de los progresos médicos: “El acceso se configura a través de luchas políticas sobre la propiedad intelectual, la capacidad de fabricación y la cooperación global”.

El texto parte de una premisa clara: la promesa de “poner fin al Sida como amenaza para la salud pública para 2030” ha servido durante años para movilizar financiación, investigación y estrategias internacionales, pero también ha favorecido un desplazamiento progresivo desde las respuestas estructurales y comunitarias hacia enfoques más biomédicos y basados en objetivos cuantificables. Los autores recuerdan que, pese a los avances, la epidemia sigue marcada por profundas desigualdades. Según los datos que recoge el artículo, 1,3 millones de personas contrajeron el VIH en 2024 y alrededor de la mitad de las nuevas infecciones se registraron en África subsahariana. Además, mientras algunas regiones reducen la incidencia, otras experimentan aumentos significativos, como Oriente Medio y el norte de África o América Latina.

En este contexto, los expertos sostienen que la desigualdad no puede tratarse como un mero “factor contextual”, sino como “la lógica organizativa de la epidemia”. “Cualquier respuesta futura al VIH debe centrarse en la desigualdad. La epidemia está fundamentalmente marcada por las desigualdades que operan tanto dentro como entre países, incluyendo la violencia de género, la criminalización, la exclusión racializada, la precariedad migratoria, los impactos desiguales de la emergencia climática y las marcadas disparidades mundiales en recursos, poder y acceso a la salud”, reza el artículo, firmado, además de por Padilla, por Jaime García-Iglesias, académico de la University of Edinburgh; Nora Kenworthy, profesora asociada de la Escuela de Enfermería y Estudios de la Salud de la University of Washington Bothell; Mandisa Mbali, profesora asociada del Departamento de Estudios Históricos de la University of Cape Town; y Justin Pérez, profesor asistente del Departamento de Estudios Latinoamericanos y Latinos de la University of California, Santa Cruz.

Crítica al “triunfalismo biomédico”


Uno de los ejes centrales del texto es la crítica al denominado “triunfalismo biomédico”. Los autores utilizan este concepto para describir la creencia de que las innovaciones tecnológicas -como nuevos fármacos, vacunas o diagnósticos- pueden resolver por sí solas crisis sanitarias complejas sin afrontar las condiciones políticas y económicas que condicionan su acceso. “Su impacto depende de que las personas puedan acceder a ellos”, remarcan al respecto los avances científicos en VIH. Por ejemplo, recuerdan que la llegada de la terapia antirretroviral en los años noventa no evitó que millones de personas quedaran excluidas inicialmente por el precio de los medicamentos y las barreras derivadas de las patentes farmacéuticas.

Los investigadores establecen paralelismos en ese sentido con la pandemia de Covid-19 y el llamado “apartheid de las vacunas”. A su juicio, episodios como ese demuestran que “la innovación científica por sí sola no determina quién se beneficia del progreso médico”. “El acceso se configura a través de luchas políticas sobre la propiedad intelectual, la capacidad de fabricación y la cooperación global”, subrayan. En el artículo también se mencionan las expectativas generadas en torno a tecnologías emergentes como lenacapavir, fármaco inyectable de larga duración que ha revitalizado las esperanzas de controlar la epidemia. Los autores advierten de que el precio y las licencias pueden volver a limitar su alcance en numerosos países.

Riesgo de “muerte política”


Más allá de los avances biomédicos, en el texto se alerta de un progresivo debilitamiento de las estructuras internacionales de respuesta al VIH. Los investigadores citan, entre otros factores, el déficit de financiación del Fondo Mundial, el desmantelamiento previsto de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid por sus siglas en en inglés) como “principal contribuyente” al Plan Presidencial de Emergencia para el Alivio del Sida (Pepfar), y los planes para poner fin al Programa Conjunto de las Naciones Unidas contra el VIH/Sida (Onusida). En su opinión, existe el riesgo de que el “fin del Sida” termine convirtiéndose en “una muerte política” más que en un “éxito epidemiológico o social”, es decir, “un momento en el que se declara resuelto el problema y se desmantelan las instituciones, incluso mientras persisten las condiciones que mantienen la epidemia”.

Por ello, plantean que el futuro tras 2030 se base en “un marco discursivo diferente” centrado en la equidad y la justicia social. “Los retos que tenemos por delante son formidables y requieren voluntad política, no sólo avances científicos o técnicos”, apuntan. Al respecto, defienden que la experiencia histórica del activismo contra el VIH ofrece lecciones útiles para otros desafíos globales, desde la preparación ante futuras pandemias hasta la lucha contra el cambio climático. “El cambio transformador es posible cuando las comunidades, los investigadores y los activistas trabajan juntos para afrontar las estructuras que generan desigualdad”, sentencian.
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