Elisabeth Navas, coordinadora médica de Donación y Trasplantes del Hospital Vall d'Hebron.
El
trasplante parcial de cara realizado recientemente en el Hospital Vall d'Hebron, el primero a través de una donante que recibió eutanasia, constituye un hito médico de enorme complejidad quirúrgica, pero también un caso paradigmático
desde el punto de vista bioético y psicológico. Se trata de una intervención excepcional que obliga a repensar sobre conceptos clave como la autonomía del paciente,
la identidad personal, el acompañamiento emocional y la necesidad de
protocolos estrictamente individualizados tanto para la
donación como para la recepción.
Tal como explica Elisabeth Navas, coordinadora médica de Donación y Trasplantes del Hospital Vall d'Hebron, este tipo de procedimientos no puede abordarse con los mismos esquemas que los
trasplantes de órganos habituales. "Un trasplante de cara no es algo que pase de manera habitual, no hay listas de espera como en otros trasplantes. Es
una decisión completamente individualizada", subraya.
Protocolos hechos a medida
Y es que, justamente, uno de los grandes aprendizajes que deja este trasplante es la
imposibilidad de aplicar protocolos rígidos. Así, todo el proceso fue diseñado
específicamente para esta donante y esta receptora. "Es algo tan personalizado que no se puede generalizar. Depende de cuánta cara necesites, de qué deformidad tengas, de cada historia vital", matiza.
La preparación incluyó
semanas de planificación, coordinación entre múltiples equipos y acompañamiento "no solo para las pacientes y las familias, sino ambién para los profesionales", señala Navas. Por lo tanto, teniendo en cuenta la complejidad del caso, la facultativa asegura que seguramente "no se volverá a repetir" hasta dentro de varios años, recordando que el primer trasplante de este tipo fue en 2010.
El día de la intervención, las prioridades estaban claras: "Lo primero era que la donante tuviera
un buen morir. Después, garantizar la
viabilidad de los órganos. Y por último, la cara". El
trabajo en equipo fue clave para compatibilizar todos los objetivos sin perder de vista el respeto a la persona donante.
La receptora: asumir el riesgo para recuperar la vida
Desde el punto de vista psicológico, el impacto del trasplante se centra también en la receptora. En este caso, se trata de una paciente que
había perdido funciones básicas tras una infección grave, con secuelas que afectaban de forma radical a su vida diaria.
Navas explica que la paciente ha contado desde el inicio con un
soporte psiquiátrico y psicológico continuado: "Tiene el seguimiento de dos profesionales del hospital desde el principio". Este acompañamiento aborda tanto los duelos acumulados como el desafío de enfrentarse a una imagen corporal transformada. "
Cuando te miras en el espejo después de algo así, sabes que no te vas a reconocer", apunta.
Sin embargo, el trasplante
no se planteó nunca como una solución estética. "Es la última opción, no es algo que se pueda vender como normal. Tiene mucho riesgo y solo se hace cuando no hay otra manera de mejorar la calidad de vida", asegura. En este caso, la funcionalidad era clave:
volver a comer, a hablar, a salir a la calle sin esconderse. Entonces "la balanza se inclina claramente cuando recuperas funciones básicas y puedes dejar de vivir con una gastrostomía o con mascarilla".
Además,
al tratarse de un trasplante parcial, la adaptación es diferente a la idea popular de "cambiar una cara por otra". De hecho, Navas explica que "los tejidos
se adaptan a la estructura ósea" de la receptora. Por lo tanto, no tiene "la cara literal de la donante". Incluso la propia paciente
en su aparición ante los medios de comunicación tras la intervención ha verbalizado que ahora se reconoce en el espejo y está volviendo a ver a ella misma.
Una donación distinta
En la práctica habitual, los coordinadores de trasplantes intervienen
tras el fallecimiento de una persona, generalmente en contextos de
muerte encefálica o asistolia controlada, y es entonces cuando se aborda la posibilidad de la donación con la familia. Aunque la legislación establece el consentimiento presunto, Navas insiste en que la práctica clínica se apoya siempre en el respeto y el acompañamiento: "Nosotros tratamos el final de la vida
como una opción de ayudar. La familia nos ayuda a decidir si esa persona era partidaria o no de la donación".
Sin embargo, este caso rompe con ese esquema. Aquí, la decisión no fue delegada a la familia, sino
asumida "voluntariamente" por la propia donante en vida, en un contexto de plena competencia y deliberación.
La donante no solo aceptó la posibilidad, sino que
mostró una actitud proactiva: "Dijo que lo que se necesitara y que estaría muy contenta de ayudar". Esta voluntad explícita aporta, desde el punto de vista bioético,
una tranquilidad fundamental al equipo sanitario y una "seguridad enorme" a Navas como coordinadora, porque significa "que estás haciendo exactamente lo que esa persona quería".
La cara como símbolo de identidad
A diferencia de otros órganos o tejidos, la cara está profundamente ligado a la identidad personal y a la manera en que
los demás nos reconocen. Por eso, Navas afirma que esta dimensión simbólica convierte
la donación facial en una de las más difíciles de comprender y aceptar. "Las donaciones de órganos son más fáciles de entender, pero las de tejidos ya generan dudas. Así que, hablando de la cara, todavía más", señala.
En este proceso, la madre de la donante expresó al principio inquietud, pero
la preocupación principal no era la receptora ni una hipotética confusión de identidades, sino la "integridad del rostro" de la hija en el momento del velatorio. Aún así, el equipo del Vall d'Hebron insistió en todo momento en el respeto a la dignidad corporal. "El cirujano fue muy claro: esto va sobre la
dignidad de la persona e integridad corporal, y eso lo íbamos a asegurar", revela Navas. Y así fue, ya que la madre transmitió a los facultativos su agradecimiento.
Un éxito que va más allá de la técnica
Hoy, la receptora
evoluciona favorablemente y se muestra agradecida y satisfecha, especialmente por la recuperación funcional. Desde la bioética sanitaria, este caso refuerza la importancia de
situar a la persona -donante y receptora- en el centro, respetando su autonomía, su dignidad y su vivencia emocional.
Así, Navas cuenta que tras el procedimiento, se ha llevado a cabo
un análisis conjunto del proceso con un "briefing para ver qué se podía mejorar si algún día hubiera otro trasplante de cara". La conclusión fue compartida:
el caso se abordó con el máximo cuidado posible en todas sus dimensiones.Un claro ejemplo de cómo la Medicina más avanzada solo tiene sentido cuando se sostiene sobre una ética profundamente humana, construida caso a caso.
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