Con motivo del Día de la Mujer Médica, voces del sector analizan la evolución, en términos de paridad, del SNS

 Arantza Álvarez de Arcaya y Rocío Fernández piden ambición para la igualdad en sanidad.
Arantza Álvarez de Arcaya y Rocío Fernández.


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El paulatino reconocimiento social de la mujer como profesional de la Medicina no ha terminado de erradicar patrones sistemáticos de comportamiento sexista en las consultas. “Lo vemos en la relación médico-paciente, en cómo se diseñan procesos asistenciales, en la investigación, en el liderazgo de equipos o en la toma de decisiones organizativas”, lamenta Arántzazu Álvarez de Arcaya, coordinadora de la Unidad de Medicina Hospitalista del Clínico San Carlos, quien advierte de que ese sesgo “no suele ser intencionado” sino que deriva de “la formación recibida, de modelos de investigación y de toma de decisiones históricamente centrados en el varón”. Aunque el futuro, concede, es “esperanzador”: “Estamos en el camino de la transformación y no hay marcha atrás”, asume en alusión a algunas estrategias puestas en marcha por las administraciones, desde el Observatorio de Salud de las Mujeres hasta el propio Estatuto Marco. “El sesgo ya no es invisible, y ese es un paso clave para corregirlo”.

Con motivo del Día de la Mujer Médica que se celebra este 11 de febrero, voces de autoridad del sector analizan la evolución, en términos de paridad, del Sistema Nacional de Salud (SNS). En el caso de la Medicina Interna Hospitalista, la propia Álvarez de Arcaya sostiene que el hecho de que  haya habido avances “no significa que esté resuelto” el problema “Hoy existe mayor conciencia profesional, se habla de ello con más naturalidad, hay más evidencia científica que incorpora la perspectiva de género y también se observa un esfuerzo institucional por integrarla en los protocolos o guías clínicas -apunta-. Sin embargo, persisten inercias”.

Tres avances de la equidad en sanidad


En este sentido, la facultativa considera que los avances más claros se observan en tres ámbitos: la concienciación y formación (en pregrado y postgrado), la investigación y la organización. “Por ejemplo, en investigación cada vez se desagregan más los datos por sexo y se contemplan diferencias biológicas y de género; y en el desarrollo de procesos, protocolos o guías clínicas, incorporar la perspectiva de las pacientes facilita salvar la barrera del género”. “En mi opinión, el verdadero avance ha sido entender que el sesgo de género no es solo un problema ético o social, sino también un problema de calidad asistencial y de seguridad del paciente”, añade.

En cualquier caso, sostiene que esos sesgos han dejado de ser “invisibles”, algo que se aprecia, por ejemplo, en el hecho de que haya más mujeres en puestos de responsabilidad, en que exista más sensibilidad en la comunicación y la escucha activa (algo que reduce prejuicios en la entrevista clínica), en el diseño de protocolos orientados a las mujeres (como los relacionados con la violencia de género, la salud sexual y reproductiva o la atención a colectivos vulnerables).

Entre los factores que han impulsado ese cambio, añade, están la incorporación “masiva” de la mujer a la profesión, el cambio generacional (estudiantes, residentes y adjuntos tienen más herramientas para detectar sesgos), una mayor demanda social y el “compromiso institucional” a través de normativas, comisiones y planes deformación en materia de igualdad. “Además, hoy existe más trabajo en equipo, más conciencia y más sensibilidad hacia el liderazgo, la comunicación, la gestión por procesos, la mirada social y la perspectiva de género”.

Consultada sobre si el Estatuto Marco y otras iniciativas, como el Observatorio de Salud de las Mujeres, están contribuyendo a erradicar esos sesgos de género, la facultativa es clara: “El futuro es esperanzador -afirma-. Tiene que serlo, porque ya estamos en el camino de la transformación y no hay marcha atrás. Todos sabemos que el cambio cultural es lo más difícil y requiere tiempo, pero probablemente una mayor ambición ayudaría a una implementación más efectiva. Romper con patrones culturales históricos nunca es rápido”.

Uno de los retos, sostiene, sigue siendo garantizar la igualdad de oportunidades en el desarrollo profesional y en el acceso al liderazgo, así como “favorecer la conciliación y prevenir la sobrecarga profesional, que también tiene un claro componente de género”.

Conciliación en profesionales sanitarias


Un aspecto en el que conviene Rocío Fernández, médica de Urgencias y del SAMU en Asturias. La que fuera responsable del área de Igualdad en CESM (la Confederación Española de Sindicatos Médicos) subraya también los “avances en conciliación”, pero incide en que el modelo de jornada que ampara el Estatuto Marco, con el impulso de jornadas máximas de 17 horas, hace necesario el fomento de plantillas médicas más “flexibles” para que el peso de la cobertura no caiga sobre los eslabones más débiles.

Las mujeres son, tradicionalmente, las mujeres que tienen que hacerse cargo de hijos o mayores. Aunque Fernández advierte: “Si no hay más gente o está mejor organizada, todo esto al final recae a veces en quien no tiene hijos a su cuidado y entonces puede verse perdido el equilibrio para los trabajadores de más edad, que no están en edad de crianza y encima no tuvieron de este disfrute”. “Una cosa es que estén concienciados y otra cosa es que tengan que sufrir la carga, siendo a lo mejor más mayores de la conciliación”, subraya.

En esta línea, la facultativa considera necesario blindar el “control de los permisos”, ya sean de conciliación o no, para que no haya “abusos”. “Por ejemplo, por las mañanas, cuando los niños normalmente están en el cole y se va a hacer actividad al ámbito privado… es un tema que disgusta bastante a la gente que tiene que suplirlo pero los jefes de servicio al fin y al cabo tienen que coordinar los horarios”.

Plantillas flexibles, rigor y un poco de control. Ahí está el equilibrio del que hablo”, concluye.
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