Las especialistas Laura Mezquita y María Eugenia Olmedo analizan las necesidades terapéuticas y asistenciales

"El cáncer de pulmón no microcítico ALK+ debe ir más allá del biomarcador"
Laura Mezquita y María Eugenia Olmedo.


El abordaje del cáncer de pulmón no microcítico avanzado ALK+ ha cambiado de forma significativa en los últimos años. El diagnóstico molecular de la alteración de ALK sigue siendo imprescindible, pero ya no basta con identificar ese biomarcador para decidir el tratamiento. La caracterización integral del paciente se ha convertido en un elemento clave para integrar variables clínicas, moleculares, psicosociales, del entorno y terapéuticas, con el objetivo de individualizar la estrategia y optimizar el balance entre eficacia, seguridad y calidad de vida.

Laura Mezquita, jefa de Área de Tumores Torácicos del Servicio de Oncología Médica del Hospital Clínic de Barcelona, jefa de Grupo MECA (Medioambiente y Cáncer) del Laboratorio de Genómica Traslacional y Terapias Dirigidas en Tumores Sólidos del Idibaps, y profesora asociada del Departamento de Medicina de la Universidad de Barcelona, explica que "hace unos años, el diagnóstico molecular consistía fundamentalmente en confirmar la presencia de una fusión de ALK". Sin embargo, añade, "hoy sabemos que eso es solo el primer paso".

Según detalla, la caracterización integral implica entender "no solo si el tumor es ALK positivo, sino también qué características biológicas tiene el tumor y qué características clínicas tiene ese paciente concreto". Esto incluye aspectos moleculares, como la variante de fusión o la presencia de alteraciones adicionales, y factores clínicos como la afectación cerebral, la carga tumoral, el estado funcional y las preferencias del paciente.

"En definitiva, hemos pasado de una medicina basada en un biomarcador único a una medicina de precisión mucho más sofisticada, donde intentamos comprender la complejidad biológica y clínica de cada caso para elegir la estrategia más adecuada desde el inicio", afirma Mezquita.

Tradicionalmente, se ha descrito un perfil "clásico" de paciente ALK+. Mezquita reconoce que ese perfil "sigue existiendo y continúa siendo útil como referencia". En sus palabras, "muchos pacientes con tumores ALK+ son personas jóvenes, con poca o ninguna exposición al tabaco y con adenocarcinomas que a menudo se diagnostican en enfermedad avanzada y frecuentemente con metástasis a nivel cerebral".

No obstante, la especialista advierte de que en la práctica clínica se observa una diversidad creciente. "Encontramos pacientes de más edad, con antecedentes de tabaquismo o con comorbilidades relevantes. Por eso es importante evitar estereotipos clínicos que puedan retrasar o limitar el acceso a un buen diagnóstico molecular a otros pacientes que podrían beneficiarse de tratamientos", señala. Por ello, defiende que "cualquier paciente con un cáncer de pulmón no microcítico avanzado, especialmente con histología no escamosa, debe tener acceso a una caracterización molecular completa independientemente de su edad o historial tabáquico".

En la individualización del tratamiento, uno de los elementos clínicos más relevantes es la afectación cerebral. "Probablemente la afectación del sistema nervioso central es uno de los factores más relevantes. Los pacientes ALK+ tienen una especial tendencia a desarrollar metástasis cerebrales, por lo que la capacidad intracraneal del tratamiento es una consideración fundamental", apunta Mezquita.

Junto a este factor, menciona el estado funcional, la carga tumoral, las comorbilidades y la tolerabilidad esperada del tratamiento. También recuerda que, en algunos casos, "comorbilidades cardiovasculares y/o antecedentes psiquiátricos o neurológicos pueden influir en la elección de determinadas estrategias terapéuticas o en el seguimiento". "Lo importante es entender que no existe una decisión basada en una única variable. La individualización surge precisamente de integrar todos esos elementos para seleccionar el tratamiento que ofrezca el mejor equilibrio entre eficacia y calidad de vida", resume.

La dimensión molecular también forma parte de esta visión más amplia. Mezquita explica que "no todos los tumores ALK+ tienen el mismo comportamiento biológico". Las variantes de fusión, según indica, parecen asociarse a diferencias en la historia natural de la enfermedad y en los patrones de resistencia. Asimismo, algunas coalteraciones, "especialmente en TP53, y en otros genes supresores de tumores", se han relacionado con un pronóstico menos favorable en diferentes estudios.

En este contexto, el ADN tumoral circulante está adquiriendo un papel creciente. Mezquita señala que puede ayudar "tanto para caracterizar mejor la enfermedad al diagnóstico, en ocasiones para monitorizar la evolución y también para detectar mecanismos de resistencia en el momento de la progresión". "Todo ello nos acerca a una medicina más dinámica, donde la información molecular no se obtiene una sola vez al inicio, sino que acompaña al paciente a lo largo de todo su recorrido terapéutico", afirma.


"Los pacientes ALK+ tienen una especial tendencia a desarrollar metástasis cerebrales, por lo que la capacidad intracraneal del tratamiento es una consideración fundamental"



Esa planificación a lo largo del tiempo es especialmente relevante en pacientes ALK+ que pueden recibir varias líneas de tratamiento. Para Mezquita, "la gran revolución en ALK ha sido convertir una enfermedad históricamente muy agresiva en una patología que, en muchos pacientes, puede controlarse durante años". Por este motivo, considera que hoy se debe pensar "en términos de estrategia global y no únicamente de la siguiente línea de tratamiento".

"El objetivo es conseguir el máximo beneficio clínico acumulado, preservar calidad de vida y retrasar tanto como sea posible la necesidad de quimioterapia", explica. Para ello, añade, es fundamental seleccionar un tratamiento inicial "altamente eficaz, especialmente a nivel cerebral", monitorizar adecuadamente la enfermedad y comprender los mecanismos de resistencia cuando aparecen.

La calidad de vida ocupa también un lugar central en la conversación clínica. María Eugenia Olmedo, oncóloga médica en la Sección de tumores torácicos del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid, subraya que en pacientes con CPNM ALK+ que pueden vivir durante largos periodos en tratamiento el objetivo no es solo controlar la enfermedad.

"Para nosotros, como clínicos, es fundamental impactar en tiempo y supervivencia, pero también que ese tiempo sea de calidad. No es lo mismo vivir diez años con una importante dependencia hospitalaria y limitaciones derivadas de la toxicidad, que vivirlos manteniendo autonomía, actividad y proyectos personales", señala Olmedo.

La toxicidad de los tratamientos es, por tanto, "un factor clave en la toma de decisiones, precisamente por el impacto que puede tener en la calidad de vida a largo plazo". Según explica, cuando existe una única opción terapéutica se explican las toxicidades esperables, los signos de alarma y se acompaña al paciente en la aceptación del tratamiento. Sin embargo, "cuando disponemos de varias alternativas eficaces con perfiles de toxicidad diferentes, la conversación cambia por completo".

"En ese contexto, el paciente debe conocer cuáles son los efectos secundarios más relevantes de cada fármaco y cómo pueden afectar a su vida diaria: su autonomía, su capacidad para trabajar, su esfera cognitiva, emocional o familiar", detalla. Además, los antecedentes personales y clínicos pueden orientar hacia una opción concreta, y Olmedo considera importante "explicar claramente el porqué de esa recomendación". "La decisión se vuelve más compleja, sí, pero también mucho más individualizada y compartida", resume.

"¿Qué espera realmente el paciente del tratamiento?"


Para Olmedo, antes de tomar una decisión terapéutica hay una pregunta esencial: "¿Qué espera realmente el paciente del tratamiento?". Según explica, hay pacientes cuya prioridad es maximizar el tiempo, independientemente de la toxicidad que pueda aparecer, mientras que otros priorizan mantener calidad de vida, independencia y una menor dependencia hospitalaria.

"Conocer las motivaciones y objetivos vitales del paciente debe ser la piedra angular de la toma de decisiones", afirma. En enfermedad ALK, añade, esto es especialmente importante, "porque hablamos de pacientes que pueden vivir muchos años con tratamiento".

La especialista considera que deben explorarse aspectos como la familia, el trabajo, la autonomía, los desplazamientos, el estado emocional y el contexto social y geográfico. Los pacientes que continúan trabajando o desean mantener su actividad profesional suelen preocuparse especialmente por el impacto del tratamiento sobre "su capacidad neurocognitiva, su energía o su autonomía".

También influye la accesibilidad al hospital. "No es lo mismo vivir a pocos minutos del hospital y ser completamente autónomo, que depender de familiares para desplazarse desde largas distancias", señala Olmedo. Además, advierte de que "el impacto económico de las visitas y desplazamientos puede ser relevante en muchos contextos de nuestro país y no debe infravalorarse".

En el caso de pacientes con hijos o personas dependientes a cargo, la oncóloga explica que suelen buscar el máximo beneficio en supervivencia, pero también desean preservar tiempo de calidad y "minimizar las ataduras al sistema sanitario para poder dedicar energía y tiempo a su entorno más cercano". Del mismo modo, los antecedentes psiquiátricos o emocionales previos deben recogerse cuidadosamente en la historia clínica, ya que existen alternativas terapéuticas con perfiles de tolerancia neuropsiquiátrica diferentes.

La toma de decisiones compartida, uno de los ejes señalados en el briefing, se traduce en la consulta, según Olmedo, "sobre todo, en tiempo". Estos pacientes necesitan "una conversación pausada, honesta y adaptada a su nivel de comprensión", capaz de integrar no solo la dimensión biológica y tumoral de la enfermedad, sino también "la esfera cognitiva, emocional, personal, profesional y familiar del paciente".


"Hay que explicar las distintas opciones terapéuticas una a una, incluyendo tanto sus probabilidades de eficacia como sus posibles toxicidades"



"La toma de decisiones compartida implica explicar la eficacia de los tratamientos, pero también su impacto potencial sobre la vida cotidiana. Y hacerlo desde la empatía y la cercanía", afirma. En su experiencia, cuando el paciente entiende el porqué de una recomendación terapéutica, "suele mejorar también la adherencia al tratamiento y la capacidad para comunicar precozmente las toxicidades".

Olmedo también destaca la importancia de cómo se transmite el balance entre beneficio clínico, seguridad e impacto en calidad de vida. "Hay que explicar las distintas opciones terapéuticas una a una, incluyendo tanto sus probabilidades de eficacia como sus posibles toxicidades", apunta. En ocasiones, añade, se sigue recurriendo a "papel y lápiz para resumir conceptos clave que ayuden al paciente a visualizar las diferencias entre tratamientos".

La consulta de oncología y la elección de tratamiento son momentos emocionalmente complejos. "La ansiedad, el miedo y el impacto del diagnóstico dificultan muchas veces la retención de información. Hay pacientes y familias que literalmente se bloquean", advierte. Por eso, muchos profesionales intentan crear primero un entorno de confianza y confort.

"Preguntar por su vida diaria, su familia, su trabajo, sus motivaciones, sus hobbies o cómo se organizan para acudir al hospital nos ayuda no solo a conocer mejor al paciente, sino también a contextualizar posteriormente la explicación de toxicidades y decisiones terapéuticas dentro de su realidad personal", explica Olmedo.

La comunicación médico-paciente resulta fundamental para la adherencia y la detección temprana de efectos adversos, especialmente cuando algunos síntomas pueden ser normalizados o minimizados por el propio paciente. "La comunicación médico-paciente es absolutamente fundamental. Y también lo es la comunicación con la familia o los cuidadores", subraya Olmedo.

"La confianza quizás no se llegue a conseguir en la primera consulta pero debemos buscarla. Es necesaria para todo lo que va a venir en el futuro", añade. Pacientes, familiares y cuidadores deben conocer las particularidades de los tratamientos y cómo pueden afectar a la calidad de vida, especialmente en aspectos neurocognitivos o emocionales.

Según Olmedo, "muchas veces, síntomas sutiles como cambios de humor, apatía, alteraciones cognitivas o síntomas depresivos son identificados antes por el entorno cercano que por el propio paciente". Detectarlos de forma precoz es importante porque permite intervenir antes, "ya sea mediante apoyo específico, ajustes de tratamiento o estrategias de seguimiento más estrechas".

La participación del entorno debe hacerse siempre respetando la autonomía del paciente. "Los familiares o cuidadores deben formar parte de la conversación inicial, siempre respetando el deseo y la autonomía del paciente", afirma Olmedo. El propio paciente, añade, debe entender que en determinados tratamientos el apoyo del entorno puede ser clave para detectar síntomas sutiles y actuar de forma precoz.

"La sensación de trabajo en equipo suele beneficiar tanto al paciente como a los cuidadores. Sentir que todos estamos colaborando en un objetivo común genera seguridad y acompañamiento", señala. Y, en su experiencia, cuando el paciente participa activamente en la conversación y comprende bien las decisiones tomadas, "la adherencia al tratamiento y la sensación de autonomía son mucho mayores".

Mezquita coincide en la necesidad de incorporar las circunstancias personales al abordaje. "Aunque el biomarcador es el punto de partida, tratamos personas, no únicamente tumores", afirma. Los pacientes ALK+, recuerda, suelen ser más jóvenes que la población general con cáncer de pulmón y con frecuencia mantienen actividad laboral, responsabilidades familiares o una vida social muy activa.

Por ello, aspectos como la toxicidad, la frecuencia de visitas hospitalarias, la adherencia al tratamiento o el impacto sobre la vida cotidiana adquieren una relevancia especial. Además, "factores como la distancia al hospital, el apoyo familiar o la vulnerabilidad social pueden influir en la capacidad real del paciente para seguir determinadas estrategias terapéuticas". "La medicina de precisión no consiste solo en adaptar el tratamiento a la biología del tumor, sino también a las circunstancias y necesidades de la persona que convive con la enfermedad", concluye Mezquita.

En conjunto, el abordaje del CPNM ALK+ avanzado exige una toma de decisiones más precisa, personalizada y compartida. El biomarcador continúa siendo el punto de partida, pero la elección terapéutica requiere integrar la biología del tumor, la situación clínica, las características de los tratamientos disponibles, la calidad de vida esperada y las circunstancias personales y sociales del paciente. En una enfermedad que puede controlarse durante años en muchos casos, la estrategia debe mirar más allá de la siguiente línea de tratamiento y contemplar todo el recorrido terapéutico.
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