Rodrigo Fernández Carrasco, médico.
Después de presentarse dos veces al
MIR persiguiendo una plaza de Traumatología,
Rodrigo Fernández Carrasco ha tenido que asumir que no podría
acceder a la especialidad con la que llevaba soñando años. Con 34 años y mentalmente agotado tras dos oposiciones marcadas por la autoexigencia y el desgaste psicológico, este médico murciano ha terminado eligiendo
Medicina de Familia en el Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca y cuenta en
Redacción Médica cómo ha vivido este proceso.
Y es que Carrasco tiene
una historia poco habitual detrás de la bata blanca. Antes de estudiar Medicina trabajó en el campo con sus amigos. A los 16 años dejó el colegio y durante un tiempo pensó que su vida iría por otro camino, pero a los 20 tomó una decisión que cambiaría todo. "Yo sabía que se me daba bien estudiar, que tenía facilidad", recuerda. Por eso, se presentó a la prueba para sacarse el graduado escolar, aprobó y empezó bachillerato. Después llegó la universidad. Primero probó Ingeniería, pero duró poco: "Me di cuenta de que no era lo mío. Todo era números, ordenadores...y yo lo que quería era contacto humano,
ayudar a las personas".
Una vocación 'tardía'
Una tarde, casi de forma impulsiva, decidió que quería ser médico: "Pensé que era la profesión que más cuadraba conmigo: por la vocación, el trabajo, la estabilidad, incluso la remuneración.
Sentía que podía encajar ahí". Entró en Medicina primero en Alicante y después continuó la carrera en Murcia, más cerca de casa. Pero mucho antes de ponerse una bata, ya había tenido un contacto muy directo con el hospital. Con 15 años sufrió un accidente de moto y se fracturó el fémur. Aquella experiencia le dejó marcado.
"
Estuve muy en contacto con Traumatología y me llamó muchísimo la atención. El traumatólogo que me trató, la operación, el seguimiento… me abrió mucho los ojos". Durante la carrera esa intuición se convirtió en certeza. Descubrió el quirófano y sintió que ese era su sitio. "A mí
me encanta operar, utilizar las manos, aprender técnicas, ir mejorando. Yo lo veo como una obra de arte", asegura. También influía otro factor: el deporte. Por estos motivos, Traumatología conectaba perfectamente con su personalidad.
Presentarse dos veces al MIR
Durante años no contempló otro camino. Su objetivo era uno: Traumatología. Y para conseguirlo
se presentó dos veces al MIR. La primera vez no logró la nota necesaria, pero aún tenía energía. "Sentía que no había podido dar el 100 por cien porque arrastraba asignaturas pendientes de la carrera. Me quedé con
la sensación de que podía hacerlo mejor", cuenta. Así que decidió repetir. Pero el segundo intento fue distinto. Más agotador y "más duro".
"El MIR al final
es una rutina constante. Todos los días iguales, los mismos horarios, los simulacros los fines de semana… acabas funcionando como un robot", subraya. Sin embargo, el verdadero desgaste no vino solo del estudio. Llegó después, cuando comprobó que tampoco esta vez podría acceder a Traumatología. Entonces, "
el machaque psicológico no era por tanto estudiar, sino por no conseguirlo".
Carrasco reconoce que se obsesionó con esa única meta, de forma que "parecía que todo lo demás perdía valor". Esa sensación es algo que, según explica, muchas personas fuera del ámbito sanitario no terminan de entender. "Parece que
conseguir una plaza ya es
un éxito enorme. Pero dentro de Medicina también existen jerarquías, prestigio, calidad de vida… y uno acaba pensando que solo será feliz si consigue exactamente lo que quiere", puntualiza.
La elección de Medicina de Familia
Esa presión terminó pasándole factura. Cuando
acabó el segundo MIR, sintió que no podía seguir otro año más igual: "Para enfrentarte a una oposición así necesitas energía,
concentración y motivación. Y yo ya no las tenía. Mi cuerpo me pedía un cambio de vida". Aunque no era solo cansancio mental. También necesitaba estabilidad basada en "tener horarios, volver a trabajar, recuperar una rutina diferente a la de los apuntes y los simulacros". "Anhelaba muchísimo empezar a trabajar y sentir que mi vida avanzaba", asegura.
Por primera vez, Carrasco abrió la puerta a otras especialidades. Nunca se había planteado Medicina de Familia porque jamás se había permitido
pensar en otra opción que no fuera Traumatología, pero había algo dentro de la especialidad que sí conectaba con él: las
Urgencias. "Me gusta mucho la acción, el contacto continuo con pacientes y tomar decisiones rápidas, así que dentro de la especialidad, era lo que más me llamaba", afirma. Finalmente eligió plaza en el Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca.
El día de la elección no sintió felicidad. Al menos no la que había imaginado durante años. "Como soñaba con coger Traumatología,
no pude sentir esa emoción". Sin embargo, con el paso de los días empezó a cambiar algo. La decepción seguía ahí, pero también aparecieron nuevas certezas: "He ido encontrando el lado positivo. Estoy cerca de mi familia, de mis amigos, de mi entorno. Voy a trabajar en un hospital con muchísimo prestigio, voy a conocer a grandes compañeros y
voy a aprender muchísimo".
Carrasco habla ahora desde un lugar diferente. Más calmado. Reconoce que siempre ha sido extremadamente duro consigo mismo y que probablemente esa autoexigencia fue uno de sus mayores enemigos durante el proceso. "A veces uno se machaca tanto por no conseguir algo que deja de valorar todo lo demás", reflexiona. "Con el tiempo he entendido que no todo es la especialidad perfecta. También importa cómo estás tú fuera del hospital", concluye.
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