Redacción Médica
24 de octubre de 2018 | Actualizado: Martes a las 20:30
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Algo se muere en el alma... Cuando un MIR se va

Con el mes de mayo llegó el momento de que miles de MIR terminen su formación y tengan que despedirse de sus hospitales

Rocío Sosa (en el centro) acompañada de parte del equipo del Hospital Sierrallana.
Algo se muere en el alma... Cuando un MIR se va
Jesús Arroyo
Jueves, 24 de mayo de 2018, a las 09:00
Las despedidas nunca fueron fáciles. Eso pensaran los miles de MIR que durante este mes de mayo, y sobre todo durante esta semana, podrán fin a su periodo formativo en el hospital y que los consagra como médicos especialistas.

“Las sensaciones son encontradas. Por un lado, la alegría de saber que se acaba una etapa, pero por otro lado esa sensación de saber que tengo que despedirme de la gente con la que he estado durante estos últimos cinco años en el hospital”. Habla Rocío Sosa, MIR de Cirugía General en el Hospital de Sierrallana de Torrelavega (Cantabria), que durante esta semana recogerá su bata y su estetoscopio poniendo fin así a una de las etapas “más bonitas de mi vida”.

"Desde el punto de vista económico es una pena que no podamos seguir porque el Servicio Cántabro de Salud ha invertido un dinero en mi formación, que ahora no será devuelta"



A ella le acompañarán siete MIR más que ponen fin a su formación. “No es lo mismo hacer la residencia MIR en un hospital como La Paz que en un hospital pequeño como este, donde todos somos como una familia”, explica José Manuel Gutiérrez, tutor de Cirugía Plástica. 

Aun así, la graduación de estos “brillantes” profesionales médicos tiene un “sabor agridulce” para el que ha sido el responsable de su formación. “Por un lado es agradable ver que todos acaban la residencia MIR con brillantez, pero por otro lado me da pena ver que la mayoría no tendrán salida de estabilidad al mercado laboral. A nosotros nos encantaría darle una oportunidad para que pudieran seguir trabajando con nosotros en el hospital pero no podemos”, subraya resignado Gutiérrez.

En este sentido, Rocío Sosa comparte al cien por cien la opinión de su tutor. “Desde el punto de vista económico es una pena que no se nos dé esa oportunidad porque el Servicio Cántabro de Salud ha invertido un dinero en mi formación y en la de mis compañeros, que ahora no será devuelta al no contar con estos recursos humanos”

Una gran familia

Durante los cuatro o los cinco años que dura la residencia MIR –según la especialidad- las vivencias entre los residentes, adjuntos y tutores son incontables. “Se crea un lazo familiar entre todos. Los MIR crean su propio grupo y son casi hermanos. Hay que tener en cuenta que la mayoría de nuestros residentes son de fuera por lo que se solo se tienen los unos a los otros. Nosotros incluso hacemos jornadas lúdicas. Eso en un hospital grande es impensable”, cuenta orgulloso José Manuel Gutiérrez.  

La idea de que todos los MIR que llegan al Hospital Sierrallana son de fuera sea hace plausible al conocer la historia de Rocío Sosa. Ella aterrizó en este hospital hace cinco años, procedente de Honduras con una idea clara: hacer el MIR en un hospital pequeño.

“Desde el principio tenía claro que quería estar en un hospital pequeño y que fuese acogedor. Con el pasado de los años me he dado cuenta que no me he equivocado y que tomé la decisión correcta. Aquí todos nos conocemos y el trato ha sido excelente. Nos da mucha pena despedirnos”, responde con pena Rocío, aunque sabe que lo mejor está por llegar.