Los alumnos de Medicina estarían también mejor preparados ante la muerte y el sufrimiento de los pacientes

Los alumnos de Medicina estarían también mejor preparados ante la muerte y el sufrimiento de los pacientes
Estudiantes de medicina tomando apuntes.


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La participación en un programa de experiencia clínica temprana en Medicina Interna refuerza la motivación de los estudiantes de primer curso, les ayuda a imaginarse trabajando en esta especialidad y les inicia en la gestión emocional del sufrimiento y la muerte. Así lo refleja un estudio de la Universidad de Basilea tras analizar las reflexiones de 27 alumnos que completaron un curso de 60 horas en el hospital universitario.

El atractivo de Medicina Interna en primero


El programa combina 48 horas de observación y aprendizaje en Medicina Interna y sus subespecialidades con 12 horas de actividades de integración y trabajo en equipo. Para los estudiantes, se convirtió en un punto de inflexión en su primer año: el momento en que dejaron de ver la Medicina solo como una acumulación de teoría y empezaron a imaginarse ejerciéndola.

Muchos destacaron la versatilidad de la especialidad y su papel central en el sistema sanitario. “Hay que mirar al paciente de arriba abajo para hacer un diagnóstico correcto”, escribió uno de ellos, fascinado por la amplitud de la disciplina. Otro la describió como “pura acción”. Esa primera toma de contacto despertó en varios la posibilidad de orientar su carrera hacia la Medicina Interna.

Los autores del trabajo recuerdan que Europa afronta un déficit creciente de internistas. En este contexto, ofrecer a los estudiantes un acercamiento temprano podría ser una estrategia para avivar vocaciones en una especialidad clave y cada vez más demandada.

Aprender a manejar sufrimiento y muerte desde el inicio


El curso también obligó a los estudiantes a enfrentarse al lado más duro de la profesión. Para muchos fue la primera vez que vieron morir a un paciente o presenciaron complicaciones graves en un procedimiento médico. “Me impactó ver cómo luchaban por salvar la vida de un paciente y no poder hacer nada. Me sentí abrumado”, relató un alumno.

Esas vivencias, difíciles de digerir, se transformaron en una lección temprana de resiliencia. Algunos reconocieron la necesidad de aprender a mantener cierta distancia emocional al volver a casa después de una guardia, mientras que otros descubrieron el valor que tiene sentir que los pacientes depositaban en ellos su confianza a pesar de ser novatos.

La figura de los médicos sénior resultó decisiva. Con su serenidad y ejemplo, se convirtieron en referentes. “Me impresionó la calma con la que reaccionaron en una reanimación”, escribió un estudiante. Esa experiencia les enseñó que, además del conocimiento técnico, la actitud del profesional marca la diferencia en los momentos críticos.

Motivación y confianza en la relación con pacientes


Más allá de despertar interés por Medicina Interna y de enfrentarles al sufrimiento, la experiencia reforzó la motivación general para continuar la carrera. Los alumnos señalaron que fue el capítulo más estimulante de su primer año, en contraste con la rutina teórica de las aulas.

El contacto directo con los enfermos también les permitió ganar confianza. Muchos describieron cómo pasaron de la inseguridad de las primeras entrevistas a sentirse cómodos en la interacción con los pacientes. “El contacto con ellos me quitó el miedo y, al final, me sentía mucho más seguro”, reconoció uno de ellos.

Los investigadores concluyen que programas de experiencia clínica temprana como este favorecen tres pilares en la formación: el crecimiento profesional, la motivación para seguir adelante y la atracción hacia la Medicina Interna. Más allá de un ejercicio académico, estas vivencias dejan huella en quienes comienzan el camino y pueden contribuir a paliar la escasez de internistas en Europa.
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