Opinión de Federico Relimpio, endocrino y delegado del Sindicato Médico de Sevilla.
Hay leyes y Leyes. Y la mayúscula que acabo de utilizar no es casual. Las leyes (con minúscula) están mal concebidas, dirigidas o redactadas; su aplicación posterior resulta caótica y, por tanto, terminan en la irrelevancia. Las Leyes (con mayúscula) están bien estudiadas, responden a necesidades sociales de su momento, resuelven y aclaran. Y por ello, son herramientas de transformación, destinadas a perdurar.
Que la Ley General de Sanidad (LGS) de 1986 ostenta la mayúscula no cabe la menor duda. Leo en estos días varias columnas subrayando sus méritos; a ellas me remito. Ahí tenemos el marco legal necesario para la historia de la Sanidad Pública de nuestro país a lo largo de los últimos cuarenta años.
Reitero lo dicho: cuarenta años. No es poco. Creo que todos convendrán en que España ha cambiado mucho en estas décadas. Ha cambiado en lo general, pero también en muchas circunstancias que inciden en la Salud y en el funcionamiento del Sistema Sanitario Público. Y todo ello ofrece la perspectiva suficiente para analizar qué edificio sanitario pretendió construir la LGS y, en contraste, en qué edificio vivimos en el momento actual.
La LGS pretendía priorizar los esfuerzos sanitarios hacia la prevención. Lo tozudo de los hechos, en cambio, los ha dirigido hacia la asistencia clínica inmediata, con predominio de la patología aguda. Es, además, lo que la población demandaba, y el electoralismo se impuso de modo implacable. El avance científico-tecnológico (presentado de un modo más o menos razonable por los medios) hizo el resto: favoreció en la población el hambre de tecnología. Y lo hizo de modo inmediato: ahora mismo, ya. El resultado visible ha sido el contrario al espíritu y la letra de la LGS: el previsible refuerzo del hospitalocentrismo, la hospitalodependencia, la postergación (moral y económica) crónica de Atención Primaria y la masificación / caos reiterado de las urgencias hospitalarias.
Salud mental: la LGS impulsó el cierre de los antiguos manicomios, de triste recuerdo. Pero el esfuerzo posterior para integrar al enfermo mental en la comunidadl ha sido insuficiente. El dramático resultado ha sido una serie de escenas límite en la vida de tantas familias o el enquistamiento de los sin techo como problema personal y social. Un problemón pendiente, ante el que todos preferimos mirar hacia otro lado
Sin lugar a la duda, el aspecto menos favorable del desarrollo de la LGS ha sido la gestión de recursos humanos (RRHH). El rígido modelo casi funcionarial, con su sistema de oposiciones, plazas en propiedad, jerarquías y límites a la incentivación real, es un obstáculo insalvable cuando se persigue una gestión moderna del personal. Una dificultad ostensible cuando se trata de retener talento frente a la privada o el extranjero.
En este sentido, se echa en falta un marco legal diferente, capaz de asumir una buena dosis de flexibilidad, de adaptación a las variopintas condiciones vitales del trabajador, o de fórmulas alternativas para una jubilación escalonada, fruto de un equilibrio entre la situación personal / deseos del trabajador y las necesidades asistenciales. La LGS, por tanto, derivó hacia el andamiaje legal de un sistema rígido, “pesado”, piramidal, concebido “de arriba a abajo” en cuanto a la toma de decisiones, sin capacidad ni interés de incorporar aspectos clave como el bienestar razonable del trabajador o la erradicación efectiva (muy difícil en la actualidad) de núcleos de abuso o gestión tóxica.
Por otra parte, y de modo imprevisto, la LGS amparó o permitió que las distintas comunidades autónomas (CCAA) congelaran las ofertas públicas de empleo. El resultado fue la instalación y enraizamiento de un sistema de RRHH basado en la precariedad y la interinidad. Ello ha sido moneda común hasta hace muy poco, y se ha limitado solo a instancias de la UE.
En ese infierno laboral, que es más consecuencia de vacíos de la LGS que de disposiciones concretas, fructificó, además, la asistencia sanitaria “basada en la guardia médica”. Tal desviación es una derivada directa del infrarreconocimiento (y, por tanto, la escasa retribución) de la labor clínica reglada, así como de la necesidad de completar salarios a base de guardias. Ello se constituyó en causa reconocida del deterioro de la salud física y mental de tantos médicos. De hecho, el conflicto actual de los médicos de la Sanidad Pública no es sino una derivada de lo aquí expuesto, poniendo en evidencia la obsolescencia de viejas herramientas como el Estatuto Marco de las Profesiones Sanitarias o el ámbito de negociación.
Comentaba más arriba que 40 años han pasado desde la promulgación de la LGS y que, por tanto, el país ha cambiado. La demografía es otra. Y, con ello, las necesidades sanitarias. Como pueblo, hoy somos mayores que entonces y, por tanto, estamos más enfermos y tenemos una mayor dependencia. Las familias son más pequeñas que en 1986, con frecuencia unipersonales. Afortunadamente, hace tiempo que este país dejó atrás un mundo de cuidados tradicionalmente encomendados a las mujeres. La asistencia sanitaria prevista por la LGS, por contra, se orientaba preferentemente a solucionar patología aguda, y en un paciente más joven. Los cambios sociales, por tanto, han dejado caduco a dicho marco legal, y con muy dudosa capacidad de reforma o parcheo. Estos elementos (y otros que no puedo incluir por falta de espacio) nos han llevado a un sistema tenso, masificado, frustrante. La “medicina basada en el cabreo”, que describí en otros artículos.
En este contexto se explica un elemento nuevo, no previsto por la LGS y minusvalorado a menudo por las actuales autoridades sanitarias: la ola de agresiones al personal sanitario. Muy pocos podían imaginar en 1986 que el sistema evolucionaría hacia un estallido lento y una frustración crónica donde, llegado un momento, un descerebrado o descerebrada se liaría a golpes con la primera bata blanca que se encontrase. Y esta, por tanto, estaría completamente expuesta, sin protección efectiva. Y sin que los responsables del sistema mostrasen la solidaridad debida con el agredido o adoptasen una política concreta de prevención.
Vista hoy, no cabe duda de que la LGS pretendía instalarse como herramienta eficaz del estado del bienestar. En ese sentido, el articulado reconoce que “la política de Salud estará orientada a la superación de los desequilibrios territoriales y sociales“. Desafortunadamente, nadie en el equipo de Ernest Lluch podía prever que los hechos convertirían el Sistema Nacional de Salud en un ejemplo del desequilibrio, la desigualdad y la barrera.
En este sentido, el desarrollo autonómico conllevó la asunción de plenas competencias en lo sanitario. La lógica electoral, como he dicho antes, primó en cada comunidad lo inmediato y más vendible: el hospital y la tecnología, redundando en el abandono progresivo de Atención Primaria. La lógica parlamentaria, a la vez, ha interrumpido la redistribución de recursos, perpetuando la existencia de comunidades “ricas” (también en lo sanitario) y comunidades “pobres”. A esta fragmentación entre comunidades le podemos añadir una nueva fragmentación intracomunidad: los núcleos urbanos, frente a la “áreas de difícil cobertura”, consecuencia del antes mencionado abandono de la Atención Primaria.
Pero tampoco podían imaginarse en el equipo redactor de la LGS que pocos años después sobrevendría la revolución tecnológica y que, con las “taifas” sanitarias, cada comunidad desarrollaría su propio sistema de información, sin molestarse en procurar la compatibilidad con los de las comunidades adyacentes (por no citar el problema de las lenguas cooficiales). Y que la rigidez del sistema de RRHH de la LGS, asociada al desarrollo de las “taifas” sanitarias, con un ministerio de Sanidad reducido a lo simbólico, redundaría en una serie de barreras efectivas y superimpuestas para el traslado del personal de una comunidad a otra. En este sentido, hoy es más fácil trasladarse de Sevilla a Burdeos o Stuttgart, que a Zarautz, Manresa o Zaragoza.
Hay muchísimo más, pero ya ven lo larguísimo que me está saliendo esto. ¿Podemos hacerlo mejor como país? Un servidor de todos ustedes cree que sí. Y vuelvo al principio. En los momentos más polarizados y estúpidos del debate político, siempre hay por ahí arriba gente lúcida que se pone a currar con buena fe. Y ello implica hablar con mucha gente, pero sobre todo con los de abajo (donde está uno, por cierto).
¿Tiene futuro la LGS? ¿Admite un parche para tirar unos años más? Un servidor cree que no, por todo lo expuesto. Ya está bien, cuarenta años de servicio. También las grandes Leyes exigen un prudente retiro. Y el oportuno relevo. La Patria les queda muy agradecida.
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