Andrea, cardióloga y futura médica estética.
Andrea, la médica que deja su contrato en Cardiología por burnout: "Estaba perdiendo la ilusión"
Después de años de esfuerzo y cinco de residencia, Andrea había conseguido el trabajo con el que siempre había soñado como cardióloga. Pero la ilusión duró menos de lo esperado
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"Lo has conseguido". Ese fue el pensamiento de Andrea cuando, en septiembre del año pasado, comenzó a trabajar como médica adjunta de Cardiología en Toledo, en el mismo centro en el que se había formado como MIR. Después de tres intentos para acceder a Medicina, un año de Fisioterapia, seis años de carrera, otro preparando el MIR y cinco más de residencia, por fin había alcanzado el objetivo por el que tanto había luchado. "Era el trabajo con el que siempre había soñado", resume.
Pero la ilusión duró menos de lo que esperaba. Jornadas que superaban las 76 horas semanales, guardias, una carga asistencial creciente y la sensación de que el trabajo nunca terminaba acabaron pasándole factura. "Lo peor no eran las horas; lo peor era levantarme cada mañana sintiendo que estaba perdiendo la ilusión por la profesión que más quería", recuerda. Aquel desgaste acabó teniendo nombre: burnout, una realidad que hoy ha decidido contar en redes sociales para visibilizar un problema que afecta a muchos médicos.
De superar tres selectividades a cumplir el sueño de ser cardióloga
Andrea descubrió su vocación por la Medicina en Venezuela, su país natal. "Mi padre es médico y creo que desde la ESO ya decía que quería ser médica", asegura. Sin embargo, a él, consciente de la carga y el desgaste físico y emocional de la profesión, no le hacía mucha gracia. "Cuando tenía 17 años, mis padres decidieron emigrar a España y aquello cambió por completo mis planes", detalla la médica, que tuvo que empezar prácticamente de cero para entrar en Medicina.
"Me presenté por primera vez al examen de acceso a la universidad, pero no obtuve la nota necesaria y, además, por cuestiones administrativas no pude acceder ese año", relata. Andrea se presentó una segunda vez, sin mayor éxito, por lo que decidió matricularse en la carrera de Fisioterapia.
Finalmente, tras darse cuenta durante ese primer año universitario de que lo suyo era la Medicina, se presentó una tercera vez y, esta vez sí, consiguió su objetivo. "Creo que siempre tuve muy claro cuál era mi vocación y todo ese esfuerzo lo demuestra", afirma.
Andrea vivió un MIR lleno de luces y sombras
Tras conseguir por fin plaza en la carrera que siempre había deseado, la cardióloga disfrutó de una etapa que recuerda con especial cariño: "Tuve la suerte de coincidir con compañeros increíbles que hoy siguen siendo algunos de mis mejores amigos". También subraya que fue gracias a las becas de Educación y varias que consiguió por rozar la excelencia que pudo costear unos estudios que requerían una concentración completa.
Durante meses vivió prácticamente dedicada a preparar un examen que marcaría su futuro profesional, el MIR. "Pensaba que mis resultados no eran suficientes y que siempre podía hacerlo mejor", reconoce la médica, que también asegura que parte de su problema siempre ha residido en su autoexigencia. Finalmente eligió Cardiología, una especialidad de la que se enamoró durante una rotación de verano en el Hospital Gregorio Marañón. "Me gustaba que, en muchos casos, podías intervenir de forma inmediata y cambiar el pronóstico del paciente", destaca.
Pero los cinco años de formación que seguirían a esa elección fueron especialmente duros. Con el covid-19 como telón de fondo, las primeras guardias en Urgencias la enfrentaron a una realidad para la que ningún libro podía prepararla. "Veíamos fallecer pacientes continuamente y había ocasiones en las que no podíamos hacer más por ellos por falta de recursos o de camas. Fue una experiencia muy traumática", afirma. Aun así, nunca perdió de vista el objetivo de convertirse en cardióloga adjunta en el mismo hospital donde se estaba formando en Toledo.
"Veíamos fallecer pacientes continuamente y había ocasiones en las que no podíamos hacer más por ellos por falta de recursos o de camas"
Cómo el burnout apagó parte de la ilusión de ejercer como Cardióloga
Tras la intensa formación y la obtención de su título como Cardióloga, llegó el ansiado contrato que la hizo a Andrea adjunta. "Era el trabajo con el que siempre había soñado", recuerda. Y se propuso demostrar que estaba a la altura de la oportunidad. Sin embargo, apenas unos meses después comenzó a asumir una carga asistencial que, según explica, no dejaba de crecer. A la consulta presencial y las guardias en Urgencias se sumaba la consulta web, un sistema para revisar las derivaciones de Atención Primaria cuyo volumen de pacientes aumentaba cada día.
"Nunca nadie me decía cuántos pacientes tenía que ver. Simplemente existía un buzón que no dejaba de llenarse", explica. La incertidumbre sobre cuál era el límite razonable y el miedo a que su contrato, renovado cada seis meses, no fuera prorrogado hicieron que empezara a revisar consultas también desde casa. "Nadie me lo pidió expresamente, pero sentía que era mi responsabilidad dejar el buzón vacío", añade.
Aquella presión acabó convirtiéndose en una rutina marcada por jornadas que superaban las 76 horas semanales, guardias en Urgencias derivadas de la falta de personal —a pesar de ser especialista en Cardiología— y la sensación de que el trabajo nunca terminaba.
El ataque de ansiedad que lo cambió todo
El punto de inflexión llegó durante un congreso de Cardiología celebrado en Madrid. Aunque había acudido para seguir formándose, Andrea no conseguía desconectar del trabajo. En la consulta web seguían acumulándose decenas de pacientes pendientes y la preocupación la acompañó durante todo el viaje.
"En mitad del congreso sufrí un ataque de ansiedad. Recogí mis cosas, me fui al hotel y empecé a revisar pacientes desde la habitación", relata. Fue entonces cuando llamó a su marido y pronunció una frase que marcaría un antes y un después: "No puedo seguir así". Poco después, además, su alergólogo le advirtió de que el estrés estaba empeorando la urticaria crónica que padecía.
Aunque pidió en varias ocasiones que se delimitara la carga de trabajo, la respuesta, asegura, siempre era la misma: "Ya mejorará". Con el tiempo comprendió que aquel desgaste físico y emocional tenía un nombre: burnout.
"En mitad del congreso sufrí un ataque de ansiedad. Recogí mis cosas, me fui al hotel y empecé a revisar pacientes desde la habitación"
Andrea decidió matricularse en Medicina Estética
Andrea no le quedó otra que asumir que no podía seguir con esa situación. Por este motivo, la cardióloga empezó a plantearse un cambio de rumbo. Decidió matricularse en un máster de Medicina Estética y, poco después, renunció a la plaza de cardióloga adjunta, que termina en apenas dos días. "El problema nunca fue la Cardiología; fueron las condiciones en las que estaba trabajando", subraya.
Desde entonces asegura haber recuperado la tranquilidad y el tiempo para su vida personal. "Lo que más cambió fue mi relación de pareja. Mi marido dejó de verme trabajando continuamente, sin tiempo para nosotros", añade. Aunque ha iniciado una nueva etapa profesional, insiste en que volvería a elegir Cardiología porque sigue siendo una especialidad que le apasiona. Tampoco descarta lo que le pueda deparar el futuro, aunque siempre ligado al ámbito sanitario.
Ahora utiliza su experiencia para visibilizar el desgaste al que se puede llegar entre los profesionales sanitarios y denunciar la precariedad laboral que, a su juicio, existe en muchos hospitales. Además, anima a otros médicos a buscar alternativas cuando sientan que su salud está en riesgo. "Ninguna carrera profesional merece sacrificar la salud mental", concluye.