Los jóvenes usan fármacos para sentirse mejor

Los jóvenes usan fármacos para sentirse mejor

Psicología

La cara B de la 'generación sobria': Psiquiatría alerta de que los jóvenes cambian el alcohol por los ansiolíticos

El malestar emocional encuentra nuevas vías de gestión, en un contexto marcado por el autodiagnóstico y la cultura de las redes sociales

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El consumo de fármacos, generalmente de tipo ansiolítico, está siendo utilizado en la actualidad por gran cantidad de jóvenes, en ocasiones, como sustitución al consumo de bebidas alcohólicas. Los efectos de estas pastillas generan una sensación de embriaguez similar a la del alcohol, causando una adicción clara al igual que cualquier otra sustancia ingerida de forma recurrente.

Esta generación de jóvenes que sustituyen las sustancias recreativas tradicionales por fármacos de prescripción ha sido bautizada como “la generación sobria” ya que, debido, entre otros factores, al consumo de dichos fármacos, la ingesta de drogas y bebidas alcohólicas ha sufrido en estos últimos años un descenso notable con respecto a años anteriores.

Según la Encuesta sobre Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias en España (Estudes) realizada en 1.658 aulas, con una muestra válida final de 35.256 alumnos, el país registró durante 2025 mínimos históricos en el consumo de drogas entre los jóvenes de 14 a 18 años, algo que contrasta con la creciente preocupación ante el uso de psicofármacos para gestionar el malestar social y la ansiedad.

Factores relacionados con la adicción a estos fármacos

Este uso de fármacos de manera recreativa recibe el nombre de pharming (o farming en español). La fácil accesibilidad mediante su adquisición en el botiquín del hogar, la creencia de ser seguros por tratarse de medicamentos y el hecho de ser sustancias legales, lleva a muchas personas a consumir este tipo de fármacos de manera continuada, lo que se traduce en una pronta dependencia por estas sustancias.

Carmen Moreno, miembro del Comité Ejecutivo de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (Sepsm), cuenta que el consumo de estos fármacos fuera de lo prescrito, en algunas ocasiones puede ser para "colocarse", pero que esa no es la única realidad, ya que también existen aquellas personas que "tienen mala salud emocional que no saben cómo gestionar y esta ingesta es una forma de poder controlar de alguna manera lo que les pasa".

Carmen Moreno, miembro del Sepsm

Carmen Moreno, miembro del Sepsm

La profesional hace hincapié en la necesidad de muchos jóvenes de recurrir a estos fármacos debido a las dificultades que a veces se plantean durante la adolescencia. Además, Moreno habla sobre la importancia de la práctica de riesgos en esos años: "Realmente es una etapa muy complicada y, por defecto, es un momento en el que se experimenta, se busca el riesgo y conocer dónde está el límite de cada uno".

En esta misma línea, María José Ortega Cabrera, doctora en Ciencias de la Salud, psicóloga clínica y facultativa especialista de la Unidad de Salud Mental Infanto-Juvenil del Hospital Universitario Virgen de la Victoria, sostiene en su trabajo 'La Transición del Malestar: De la "Generación Sobria" a la Medicalización del Desarrollo Juvenil' que el cambio no consiste únicamente en que los jóvenes hayan dejado de consumir unas sustancias para pasar a consumir otras. A su juicio, se está produciendo una transformación en la propia finalidad del consumo: ya no se busca únicamente "desconectar", sino conseguir una especie de "funcionalidad asistida" que permita desenvolverse mejor en determinados contextos sociales.

Ortega Cabrera pone el foco especialmente en el uso desviado de determinados fármacos. "No son antidepresivos", explica, sino principalmente ansiolíticos y anticonvulsivos, que pueden producir sensaciones de relajación, euforia y desinhibición. También señala el uso de betabloqueantes, que pueden disminuir algunas manifestaciones físicas de la ansiedad, como las palpitaciones o el temblor, y que algunos jóvenes utilizan con la intención de sentirse más cómodos al relacionarse socialmente.

María José Ortega Cabrera

María José Ortega Cabrera

De esta manera, según la especialista, el objetivo del consumo puede haber cambiado: frente a la búsqueda de una intoxicación asociada tradicionalmente al ocio, aparece la intención de controlar determinados síntomas y conseguir desenvolverse en situaciones sociales percibidas como difíciles, algo que también se ha visto muy promovido a través de las redes sociales con la "cultura del autodiagnóstico", en la que contenidos de redes sociales pueden llevar a un joven a identificar sus propios comportamientos con trastornos como la ansiedad, el TOC o el TDAH antes incluso de haber recibido una valoración profesional.

La consecuencia, según plantea Ortega Cabrera, es que el diagnóstico puede convertirse en una especie de identidad. El adolescente, como explica la profesional, deja de interpretar determinadas emociones como experiencias que necesita comprender y gestionar y comienza a explicarlas exclusivamente a través de una etiqueta clínica.

Favorecer un sistema más accesible

En cuanto a la pregunta de si este tipo de sustancias causan la misma dependencia que el alcohol, la profesional indica que "el consumo de estos medicamentos puede provocar situaciones de adicción en un tiempo muy breve, ya que son sustancias que tienen una potencia adictiva bastante alta".

El aumento en el consumo de este tipo de fármacos también simboliza la necesidad que los jóvenes tienen de evadirse de la realidad, un problema que, según Moreno debe tratarse "mejorando el sistema para que este sea más accesible y que los jóvenes no se vean tentados a recurrir a la automedicación para sentirse mejor o huir de la realidad".

"Desde las escuelas debemos poder tener una colaboración con la salud mental para ayudar a veces en la atención de estos jóvenes, favoreciendo con nuevos y sencillos modelos de acceso al sistema para los jóvenes", ha remarcado la profesional.

Los datos dibujan una generación aparentemente más sobria

Los resultados de la encuesta Estudes presentada por el Ministerio de Sanidad en 2025 y elaborada a partir de 35.256 entrevistas a estudiantes de Enseñanza Secundaria de entre 14 y 18 años indican que no solo el consumo de tabaco entre estudiantes registra mínimos históricos. Con respecto a esta sustancia, un 27,3 por ciento lo ha probado alguna vez y solo un 4,3 por ciento fuma a diario. Además, el 46,4 por ciento ha intentado dejarlo en el último año.

Estos mínimos también se reflejan en el consumo de cannabis, que descendió 5,9 puntos respecto a 2023, hasta situarse en el 21 por ciento el porcentaje de quienes lo han probado alguna vez.

Por otro lado y atendiendo al mismo estudio, el 49,5 por ciento del alumnado admite haber probado cigarrillos electrónicos alguna vez, mientras que la percepción de riesgo por su consumo esporádico sube al 57,3 por ciento, el valor más alto registrado. Las prácticas de riesgo asociadas al alcohol, como las borracheras (17,2 por ciento) y el consumo en atracón (24,7 por ciento), alcanzan sus valores más bajos desde el año 2000.

La medicalización del malestar tampoco afecta necesariamente de la misma manera a chicos y chicas. En el estudio sobre desigualdades de género en el consumo de ansiolíticos e hipnosedantes entre adolescentes que recoge Ortega Cabrera, se señala una prevalencia de consumo a lo largo de la vida superior entre las chicas que entre los chicos: 24,1 por ciento frente a 15,3 por ciento, respectivamente.

La autora incorpora estos resultados a una lectura más amplia sobre la relación entre género, malestar y medicalización. Según su análisis, determinadas condiciones sociales pueden incrementar especialmente la vulnerabilidad de las adolescentes y favorecer que su malestar sea canalizado a través de soluciones farmacológicas.

Por tanto, hablar de la creciente utilización de psicofármacos entre los jóvenes exige también preguntarse quiénes los consumen, por qué y en qué circunstancias sociales y familiares se produce ese consumo.

Una sobriedad que puede esconder otras formas de consumo

Estos datos ayudan a entender la paradoja que describe Ortega Cabrera en su trabajo: el descenso de las sustancias tradicionalmente vinculadas al ocio juvenil no significa necesariamente la desaparición de las conductas de riesgo, sino que puede estar acompañado por una transformación en la forma de consumir y en la percepción de qué sustancias son seguras.

La especialista define esta situación como una "paradoja de la sobriedad aparente", en la que la reducción del alcohol convive con un desplazamiento hacia los psicofármacos. Una de las claves del fenómeno estaría, precisamente, en la percepción de estos medicamentos como una opción más "limpia" o menos peligrosa que el alcohol. Sin embargo, Ortega Cabrera advierte de que esta percepción puede ser engañosa, especialmente cuando los fármacos se utilizan fuera de las indicaciones médicas o se combinan con otras sustancias.

Esta última práctica, conocida como stacking o "apilamiento", es también señalada por la especialista como una tendencia favorecida por determinados contenidos difundidos en redes sociales. En ellos se presentan combinaciones de sustancias como una manera de conseguir determinados efectos, aumentando el riesgo cuando se consumen simultáneamente diferentes compuestos.

La mezcla de sustancias es, precisamente, uno de los principales elementos de preocupación. El efecto de un fármaco no debe analizarse de manera aislada cuando se combina con otras sustancias, ya que estas pueden potenciar sus efectos y aumentar el riesgo de intoxicación y otras consecuencias graves.

La adolescencia, una etapa especialmente vulnerable

Más allá del consumo recreativo, Ortega Cabrera sitúa el fenómeno dentro de un proceso más amplio que denomina "medicalización del malestar" y "psiquiatrización social". El problema, desde esta perspectiva, no estaría únicamente en que un adolescente tome una sustancia para experimentar sus efectos, sino en que determinadas experiencias emocionales propias de la vida cotidiana comiencen a interpretarse exclusivamente desde una perspectiva médica.

La especialista relaciona esta tendencia con el aumento de la prescripción de ansiolíticos y con la presión que soporta el sistema sanitario. En sus palabras, la elevada presión asistencial puede favorecer que, ante determinadas demandas, la respuesta termine concretándose en una receta. El paciente puede asumir entonces que el medicamento va a solucionar su sufrimiento, aunque las causas que se encuentran detrás de ese malestar sean mucho más profundas.

Esta situación adquiere especial importancia durante la adolescencia. Ortega Cabrera habla de "psicopatologización adolescente" para referirse a la tendencia a convertir determinadas dificultades propias del desarrollo en problemas que deben ser necesariamente diagnosticados y tratados.

La especialista considera que el malestar adolescente no puede reducirse únicamente a un problema biológico. La adolescencia es una etapa caracterizada por una gran transformación emocional, en la que existe, explica, una importante "confusión de emociones y dificultad para la gestión de las mismas". Aprender a reconocer y regular esas emociones forma parte del propio desarrollo.

El riesgo aparece cuando la respuesta ante cualquier emoción incómoda consiste en eliminarla rápidamente. "Parece que estás dando una respuesta limpia y que es sano”, señala Ortega Cabrera en relación con el consumo de psicofármacos, pero advierte de que, cuando no existe un consumo controlado, "puede llegar a ser un disparate".

Las consecuencias pueden trasladarse incluso al propio proceso clínico. La especialista explica que un joven puede encontrarse deprimido o ansioso y consumir determinadas sustancias sin comunicarlo al profesional que le atiende. Cuando el psiquiatra desconoce ese consumo y únicamente sabe los síntomas que el paciente ha querido contarle, puede modificar el tratamiento sin tener toda la información necesaria. De este modo, se puede generar un círculo en el que los síntomas y el consumo se retroalimenten y el cuadro termine cronificándose.

Aprender a atravesar el malestar

Esta dinámica puede resultar especialmente problemática cuando el diagnóstico percibido se convierte además en una justificación para evitar determinadas situaciones. La emoción deja de ser algo que se atraviesa y se aprende a gestionar para convertirse en algo que debe desaparecer.

La cuestión es especialmente relevante en una generación que ha crecido rodeada de información sobre salud mental. El acceso a estos contenidos puede contribuir a visibilizar problemas que durante años permanecieron ocultos, pero también puede favorecer interpretaciones simplificadas de experiencias emocionales complejas.

Para Ortega Cabrera, la respuesta no pasa por negar el sufrimiento de los adolescentes ni por rechazar la utilización de fármacos cuando estos son necesarios. El objetivo debe ser evitar que la medicación se convierta en la primera y única respuesta ante cualquier forma de malestar.

Su propuesta parte de recuperar el valor de las intervenciones psicológicas y del acompañamiento. Entre las herramientas que plantea se encuentran la terapia cognitivo-conductual y la terapia interpersonal, además de una mayor disponibilidad de profesionales de Psicología Clínica en Atención Primaria y en los servicios especializados.

Pero antes de llegar a la consulta, también existe un espacio fundamental: la familia. Los padres, explica Ortega Cabrera, desempeñan un papel importante en la manera en la que los adolescentes aprenden a afrontar sus emociones. Ante un hijo ansioso, la respuesta más inmediata puede ser buscar un remedio rápido, incluso recurriendo a un medicamento disponible en casa. Sin embargo, aprender a escuchar, acompañar y ayudar a identificar aquello que genera el malestar puede resultar más útil a largo plazo.