17 dic 2018 | Actualizado: 18:30
María José Campillo, médica sindicalista de CESM Región de Murcia
Sáb 06 octubre de 2018. 12.05H
Con fonendo y pluma
Sería difícil precisar quien fue el primer médico de la historia. Sería difícil precisar cuándo tuvo lugar el primer acto médico. Los arqueólogos nos dicen que existen restos óseos que indican que la trepanación ya se practicaba hace 7.000 años, más jamás sabremos si, ya por entonces, se practicaban otras técnicas que no hayan dejado vestigios arqueológicos. Sería difícil poder precisar, en aquellos albores de la Medicina, cómo, cuándo, quién, dónde… Más lo que es indudable es que nuestra profesión ha recorrido un largo camino hasta llegar a nuestros días. Un camino que se ha caracterizado por la vocación, la entrega del médico a su paciente, el compromiso de hacer lo mejor por el enfermo. Un camino que nunca ha estado exento de peligros.

Año tras año, asisto emocionada a una ceremonia (entrañable, para mí) que celebra el Colegio de Médicos de la Región de Murcia: el acto de homenaje a los médicos que se jubilan. Año tras año, escucho a esos compañeros que han llegado al final de su vida laboral, pedir perdón a sus familias porque su gran entrega y la razón de su existencia fue la Medicina. Esa entrega que supuso muchas guardias, muchas noches fuera de casa, llamadas a horas intempestivas, citas familiares a que las que no se pudo acudir... Particularidades de nuestra profesión que nuestros familiares soportan con paciencia y resignación. Sirvan estas líneas para agradecer el apoyo de nuestras familias, ya que sin ellos no seríamos lo que somos.

Esa vocación de servicio a los demás que cualquier médico llevamos dentro llega a tal punto que, incluso, las primeras mujeres médicas se disfrazaban de hombres para poder practicar este noble arte en sociedades patriarcales que no las hubieran aceptado de otra forma. Ese querer ayudar llega tan lejos que muchos médicos, en los años en los que la Sanidad no era gratuita y universal, no cobraban sus servicios a pacientes de bajos recursos e, incluso, ayudaban económicamente a familias necesitadas dejándoles un poco de dinero al abandonar el domicilio.

Es, por ello, que para nosotros la relación médico-paciente es el pilar de nuestra existencia. En el año 2016, un compañero, admirado y querido como es Patricio Martínez, exsecretario general de la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), propuso solicitar la declaración de la relación médico-paciente como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. En la actualidad, el Foro de la Profesión Médica, que avala esta iniciativa, lidera un grupo de trabajo que está llevando a cabo las actuaciones oportunas para conseguir este reconocimiento.

Mas, como dije al principio, este noble arte de la Medicina jamás estuvo exento de peligros. En derecho existen dos expresiones que reflejan muchas veces las disyuntivas a las que se enfrenta un médico: por un lado, ‘malum prohibitium’, que significa ‘malo porque lo prohíbe la ley’, y ‘malum in se’, que indica ‘malo en sí mismo’. A lo largo de los siglos y de las sociedades que han ido apareciendo en ellos, las leyes cambian, y esas leyes no siempre reflejan una conducta moral o ética que sea un fiel reflejo de nuestro Código Deontológico.

¿Quién no recuerda las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial con los campos de exterminio, en los que las leyes impulsaban la discriminación y genocidio de todo el pueblo judío? En aquella época, curar, ayudar o salvar de alguna forma a alguien de esa etnia, hubiera sido ‘malum prohibitum’, ya que las leyes lo prohibían. Pero, por encima de todas esas leyes y de forma atemporal, existe ese código de ética por el que nos regimos todos los profesionales médicos: el Código Deontológico, un código que señala claramente lo que es ‘malum in se’, como es ‘primun non nocere’, que se traduce como ‘primero no dañar’.

Son numerosas las ocasiones en las que los médicos nos enfrentamos a ese eterno dilema entre las leyes y nuestro código ético. Actualmente, en países en conflicto, en países con dictaduras o, incluso, en la democracia española, cuestiones como la eutanasia o la gestación subrogada entran en el debate y tendremos que adoptar una posición sin olvidar que, para nosotros, por encima del ‘malum prohibitum’, está el ‘malum in se’.

Cuando un profesional, en cumplimiento de esas leyes temporales, deja de regirse por nuestro Código Deontológico, siempre tendrá la condena, repulsa y hasta el olvido de una profesión que, aunque distante en el espacio, está unida por unos lazos que nadie puede romper. Son los lazos del profesionalismo médico. Asistimos a una época en la que todo se pone en duda. Muchas creencias y valores han dejado de tener vigencia, pero por encima de recortes, de políticas sanitarias, de autonomías y de muchos problemas, seguimos siendo una de las profesiones más valoradas por los ciudadanos.

Cuando te sientas junto a un enfermo, tomas su mano y, mirando a sus ojos, le dices que harás todo lo que puedas por él, se sella la confianza del enfermo en su médico. Por mucho que la profesión sea atacada, nada ni nadie puede romper ni sustituir esa relación entre el médico y su paciente. A pesar de la actual crisis de valores, de los ataques a la profesión médica, nadie nos podrá quitar la dignidad de ser médicos y la vocación de cuidar de nuestros pacientes.

Señores políticos, somos los que peleamos por el derecho a la salud de nuestros pacientes, somos los que nos regimos por un código ético atemporal que nos obliga a no practicar el ‘malum in se’ aunque las leyes lo permitieran, somos aquellos que están de guardia a las 4:00 horas de la mañana cuando ustedes se sienten mal, somos los que vamos a su domicilio en una ambulancia cuando algún miembro de su familia está enfermo, somos los que pasamos consulta, día a día, viendo a miles de pacientes y solucionando sus problemas de salud, somos los que asistimos a cursos durante toda nuestra vida profesional porque queremos formarnos mejor para dar la mejor de las asistencias, somos los que reivindicamos una retribución justa de la hora de guardia, somos los que no pueden estar en las cenas familiares porque el trabajo nos lo impide… Somos todo eso y mucho más pero, sobre todo, somos profesionales y deben escucharnos.