Al Dr. Ignacio Apolinario Fernández de Sousa Aldama. Director Gerente del Hospital Universitario Santa Cristina desde Junio 1987 hasta Noviembre del 2002.

En la noche del domingo 26 de Abril, recibí por parte de Pilar, la triste noticia de la muerte de Ignacio. Sabia de la gravedad de su enfermedad, pero su entereza y buena actitud hacían presagiar que el curso evolutivo era muchísimo mejor de lo esperado. Sentí su pérdida al mismo tiempo que innumerables buenos recuerdos me hicieron transportarme al pasado.

Fue el primer gerente que conocí en Santa Cristina, a principios de 1999, en plena reconversión del Hospital. Se tomó muy en serio la supervivencia del mismo, supo luchar para transformar y adecuarlo a las necesidades de aquel momento, con capacidad de liderazgo y determinación, frase corta pero larga en significado.

Consiguió reconvertir y construir el hospital que ahora todos disfrutamos, ofreciendo un proyecto que era el mismo que el perseguía con el mismo fervor, y la misma dedicación. Supo identificar los valores personales con los del Hospital y los mantuvo en todas las situaciones, sin compromiso alguno, aun cuando ello pudiera salirle caro.

Todo lo que logró lo hizo con la máxima integridad, talento y dedicación, supo mantener las tradiciones, se apoyó en las virtudes y potenció las especialidades quirúrgicas. Recuerdo su escrito de 24 de Abril del año 2000, cuando  implantamos  la primera prótesis total de cadera, o cuando fue capaz de conseguir el primer quirófano inteligente para el desarrollo de la cirugía sin ingreso, coincidiendo con la inauguración del nuevo edificio.

Su compromiso con la Institución nos dio aliento y su visión de futuro ayudó a poner las formas en perspectiva hacia un nuevo modelo de Hospital, arquitectónicamente envidiable y organizativamente innovador.  Era el momento de las soluciones imaginativas como las Unidades Clínicas de Gestión o el intento de una nueva formula organizativa basado en modelos ingleses  (“Trusts“).

Siento la pérdida en un nivel mucho mas personal e individual, la pena de los que le conocimos se alivia con el pensamiento reconfortante de los que tuvimos el privilegio de conocer y trabajar con él, como un respetado profesional que contribuyó al desarrollo de nuestras carreras gracias a su carácter y comportamiento. Confiaba en los demás y se podía confiar en él.

Le recordaremos por sus virtudes, no se ha ido sin su recompensa. D.E.P.

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