Hay noticias que me dejan sin palabras.
La muerte de dos médicos internos residentes en pocas semanas me ha producido una tristeza muy profunda, pero también una inquietud que no quiero disimular. Como médico, y también como persona, siento que no podemos leer o escuchar estos hechos, lamentarlos unos días y seguir adelante como si nada.
Detrás de cada titular hay una vida truncada, una familia destrozada, unos compañeros llenos de dolor y muchas preguntas que quizá nunca tendrán una respuesta completa.
Y como tutor de residentes, todo esto me golpea de una manera todavía más cercana. Porque a los MIR no solo los veo como profesionales en formación: los veo como compañeros jóvenes que empiezan una etapa decisiva de su vida con ilusión, con vocación y también con una enorme vulnerabilidad. Me preocupa profundamente que aprendan demasiado pronto a callarse el cansancio, a disfrazar el sufrimiento de normalidad o a pensar que pedir ayuda es un signo de debilidad.
Quienes tenemos la responsabilidad de acompañarlos en su formación también tenemos el deber moral de cuidarlos, de escuchar, de estar atentos y de recordarles que ser buen médico no exige dejarse la salud por el camino.
Yo no creo que un suicidio pueda explicarse nunca por una sola causa. Sería injusto, simplista e incluso cruel. Sé bien que en la salud mental influyen factores personales, familiares, emocionales, sociales y biográficos que muchas veces no vemos. Pero también creo, con absoluta honestidad, que no podemos dejar fuera del análisis las condiciones en las que trabajamos.
No sería sincero. Yo veo cada día cómo pesan la sobrecarga, la falta de descanso, las guardias interminables, la presión asistencial, el miedo a equivocarnos,
la sensación de no llegar a todo y esa cultura tan arraigada en nuestra profesión que nos empuja a aguantar siempre un poco más.
Durante años
hemos confundido vocación con sacrificio sin límite. Hemos normalizado el cansancio extremo. Hemos aprendido a seguir incluso cuando ya estábamos agotados. Y eso tiene un precio. A veces no se ve desde fuera, no le ven ni nuestras propias familias,
porque seguimos pasando consulta, seguimos haciendo guardias y seguimos atendiendo a los pacientes, pero por dentro uno puede estar ya muy desgastado y debilitado. Y cuando esa extenuación no se reconoce, no se nombra o no se atiende, el daño crece exponencialmente en silencio.
Yo mismo quise contarlo públicamente el 13 de noviembre de 2020, en
un artículo en Redacción Médica, cuando hablé de cómo la sobrecarga asistencial durante la pandemia me había pasado factura hasta llevarme a una situación de saturación, estrés y ansiedad. Lo hice porque sentí que callarlo no ayudaba a nadie. Lo hice porque pensé que ponerle palabras a ese desgaste podía servir para que otros compañeros se reconocieran en él y entendieran que no estaban solos.
A veces seguimos trabajando y “cumpliendo”, pero por dentro ya no podemos más.
Por eso quiero reivindicar con claridad la importancia del PAIME, el Programa de Atención Integral al Médico Enfermo. Me parece importante decir su nombre completo, porque en esas palabras hay una idea profundamente humana.
Se trata de atender de manera integral al médico que enferma, especialmente cuando sufre un trastorno mental o una adicción que puede afectar a su vida, a su entorno y a su ejercicio profesional. Para mí, el PAIME representa una de las mejores expresiones de lo que debería ser una profesión digna: una profesión capaz de cuidar también a quien cuida.
Además, no estamos hablando de una realidad marginal ni de casos aislados. Los datos más recientes del programa son muy claros. En 2024 hubo 1.055 nuevos casos, y desde la creación del PAIME se ha atendido ya a 10.001 médicos.
El 84,9% de las demandas están relacionadas con trastornos mentales. Medicina Familiar y Comunitaria representa el 43,94% de los profesionales que acceden al programa. Y 67 de cada 100 médicos atendidos son mujeres. Cuando leo estas cifras no veo estadísticas frías. Veo compañeros. Veo sufrimiento real. Veo una necesidad que ya no podemos seguir escondiendo.
También me parece especialmente importante recordar que el PAIME funciona porque genera confianza. Muchos médicos llegan por iniciativa propia. Otros lo hacen animados por compañeros, familiares, psiquiatras o por sus médicos de familia. Eso me dice algo muy claro: cuando existe un espacio seguro, confidencial y profesional, los médicos sí pedimos ayuda. Quizá tarde, pero la pedimos. Por eso yo creo que hay algo que debe decirse sin rodeos: el PAIME tiene que estar perfectamente financiado. No suficientemente financiado. No sostenido con dificultad. No dependiente de desigualdades territoriales. Perfectamente financiado.
Porque cuando hablamos de salud mental, de prevención del suicidio, de tratamiento, de rehabilitación profesional y de seguridad del paciente, estamos hablando de una prioridad absoluta. No podemos dejar un recurso así al albur de presupuestos escasos o voluntades cambiantes. Necesitamos una financiación estable, suficiente y homogénea en toda España.
Y junto a eso, yo también reivindico el papel de los colegios de médicos. Creo sinceramente que tenemos la obligación de estar cerca del compañero que enferma, de tender la mano, de ofrecer discreción, acompañamiento y apoyo, y de combatir el estigma dentro de nuestra propia profesión. A veces lo más importante no es solo tratar, sino llegar a tiempo, escuchar a tiempo y estar a tiempo. Pero también sé que no basta con atender el daño cuando ya se ha producido. Tenemos que prevenirlo. Y ahí parte de la responsabilidad es del Ministerio de Sanidad y de las Comunidades Autónomas.
Yo espero de ellos medidas reales para mejorar las condiciones laborales, revisar jornadas, descansos y guardias, reforzar la prevención de riesgos psicosociales y avanzar hacia un marco laboral más humano. En ese sentido, creo que el nuevo Estatuto Marco debe entenderse también como una herramienta de prevención: el propio Ministerio lo presenta como una reforma orientada a mejorar las condiciones laborales, reforzar la prevención de riesgos laborales y regular las jornadas para evitar excesos y asegurar descansos adecuados. Entre sus medidas, plantea limitar la guardia ordinaria a 17 horas y evitar que se sigan encadenando jornadas que deterioran la salud del profesional. Para mí, esto no es solo organización del trabajo; es prevención del desgaste, de la enfermedad y del sufrimiento evitable.
Y quiero añadir algo más.
Esta reflexión no es solo para los médicos. También pienso en mis compañeros de enfermería, en los técnicos en cuidados auxiliares de enfermería (TCAE), en los fisioterapeutas, en los psicólogos clínicos, en los farmacéuticos, en los veterinarios, en los celadores y en tantos otros profesionales sanitarios. No habrá una sanidad verdaderamente humana mientras aceptemos con resignación que quienes cuidamos nos deterioramos en silencio. Cuidar a los profesionales sanitarios es también cuidar a la sociedad.