16 nov 2018 | Actualizado: 10:50
Por Ismael Sánchez, director editorial de Sanitaria 2000
Mié 26 noviembre. 18.17H
Es otro de los muchos políticos de la casta señalados por Podemos. Pero él no tiene inconveniente en pertenecer al grupo. Al contrario, dice militar a mucha honra. Es Jesús Aguilar, un parlamentario pacífico, mesurado, con cierto aire de señor británico impasible y esa sobriedad tan castellana que seguramente confiere el haber nacido en Burgos. No parece asustarle el inminente terremoto político que se nos avecina al estilo de Lo imposible, o peor, y está convencido de que no será de los únicos que no olvide lo realizado desde 1978. Aunque las encuestas parezcan decir lo contrario, él está convencido de que hay partido, vamos. Y está dispuesto a jugarlo con sus actuales colores azules.

Puede que ahora parezca más político que farmacéutico, pero su origen y pertenencia son claramente boticarios. Estuvo ligado durante mucho tiempo a Glaxo y después dio el salto al ámbito público, primero en el ámbito colegial y después en el político. Es de los que le gusta meterse en todos los ajos, cuantos más, mejor, y se lía, lía y lía sin miedo a ocupar el día y asumir más y más responsabilidades. Su trayectoria en el Colegio así lo atestigua: primero presidente de Burgos, luego del Consejo de Colegios de Castilla y León y además vicepresidente del Consejo General. Todo ello en tan solo unos pocos años.

Alguien del PP castellano y leonés advirtió la creciente influencia de Aguilar y le ofreció ir en las listas de las últimas elecciones autonómicas. Ya presidente del Consejo regional, lo primero que hizo fue consultar con sus compañeros, con los presidentes colegiales de cada una de las provincias castellanas y leonesas. Y la respuesta fue un rotundo sí, un adelante pensando en la profesión farmacéutica, que ya era hora de que tuviera un representante en el lugar donde se toman las decisiones, para que se escuche la voz de la botica.

En este periplo de lo privado a lo público, le asombra la gran diferencia entre ambos mundos. No entiende, ni seguramente comparta, la extrema rigidez con la que se desenvuelven las administraciones, incluidas las sanitarias. Y, si por él fuera, trasladaría muchas de las herramientas de gestión de las grandes empresas al ámbito funcionarial. Para que no cueste tres vidas y media el llevar a cabo cualquier proyecto de mínima reforma que casi todo el mundo termina por compartir, pero que a la postre, no es posible llevar a cabo.

Profeta en su tierra, Aguilar es un buen ejemplo de la paz política que reina en la vieja y auténtica Castilla. Tiene una buena cuota de responsabilidad, en feliz alianza con su adversaria, la socialista Mercedes Martín Juárez, en muchos de los acuerdos alcanzados entre PP y PSOE, para asombro de sus colegas de otras muchas autonomías que comprueban que el tan traído y llevado pacto por la sanidad es perfectamente posible. Simplemente, hay que tener voluntad de acordar y pactar. Y en esto Jesús Aguilar ha demostrado ser un auténtico experto.

Declarado admirador de la presidenta Carmen Peña, su futuro profesional parece estable, tanto en el Consejo General como en el de Castilla y León, al que está dotando de un dinamismo y una capacidad de interlocución con la Administración pública que es también la envidia de otras comunidades autonómas. Respecto a su futuro político, parece haber más dudas y no sólo por el efecto Podemos. Muy en sintonía con su trayectoria ascendente, parece llamado a asumir nuevos retos y liderazgos, quién sabe si cambiando su actual función legislativa por otra ejecutiva, mucho más de su gusto. En cualquier caso, y para que no queden dudas, seguirá perteneciendo a esa casta de políticos que algunos quieren presentar como corruptos, trasnochados e ineptos, pero de la que él se considera un miembro más, ya en las Juventudes Centristas de Burgos, ya en el Consejo Regional de UCD en Castilla y León, ya en el actual PP, perteneciente, a mucha honra, a una generación que obró el milagro de que este país recuperara pacíficamente las libertades públicas que ahora parecen sobrarnos por todas partes.