Hace ya décadas que otra pandemia silenciosa se abre paso entre los pasillos de los centros sanitarios.

  • Un paciente le da un puñetazo a su médico y le rompe los huesos propios de la nariz.
  • Unos familiares agreden a la salida de la guardia a un residente que acaba con un traumatismo craneal.
  • Una enfermera es acosada en un parking del hospital.
  • Un paciente apuñala a su médico de atención primaria.
  • Un paciente acaba apuntando con la pistola a su médico de cabecera por no querer darle una baja.

Llamemos a las cosas por su nombre: Violencia contra los sanitarios. Esta epidemia de la que nadie habla y que este último año además ha estallado repartiendo cristales de odio en todas direcciones.


"Si las cosas continúan con el paso que llevan y nadie toma decisiones, vamos a lamentar la muerte de algún sanitario o sanitaria en breve"



No, no me llaméis exagerada si digo que si las cosas continúan con el paso que llevan y nadie toma decisiones, vamos a lamentar la muerte de algún sanitario o sanitaria en breve. Entonces lloraremos y habrá crespones negros, banderas caídas y políticos saliendo en hora punta para lamentar la tragedia y decir que hay que endurecer las penas, las leyes, y a intentar rascar votos de una situación deplorable. Pero ya será tarde. La violencia contra los sanitarios y sanitarias está ocupando páginas de prensa día sí, día también. Nos encontramos trabajando expuestos a una crispación social cada vez más violenta.

Resulta deplorable la normalización de estas agresiones continuadas en el tiempo y la lacónica respuesta por parte de las administraciones. No, no es suficiente una escueta nota de prensa o una circular interna de condena y un mensaje interno con el teléfono de la atención de salud mental del centro. Necesitamos soluciones a una situación que desde el inicio de la pandemia COVID además ha ido in crescendo. Precisamos recursos de protección y medidas de seguridad suficientes. Es preciso que se endurezcan las penas de la agresión a los profesionales que se dedican a la Salud. Los trabajadores sanitarios, además, deben tomar conciencia de denunciar las amenazas verbales y el acoso, así como, desde luego, las agresiones físicas. Hay que denunciar. Hay que visibilizar los insultos y el trato indigno que se nos prodiga. No hacerlo no es sino esconder un problema del que solo se ven las orejas del lobo.

Tolerancia cero a la violencia en sanidad


Hay que mejorar los protocolos en los centros de salud, en los hospitales, en las visitas domiciliarias donde más desamparados estamos. Hay que atajar esta peligrosa tendencia cuanto antes. No se puede aceptar como tolerable usuarios gritando a las ventanillas de admisión y golpeando cristales y mostradores. No se puede tragar con las amenazas y difamaciones en redes sociales a los que estamos expuestos cada hora, cada minuto, llegando al acoso para muchos de nosotros. Toda esa violencia gratuita y canalizada en la cara visible de la Sanidad está evolucionando sin frenos hacia la violencia física, cada vez más frecuente. A tener que mirar por encima del hombro cuando entras o sales de tu sitio de trabajo por si alguno de esos usuarios violentos está dispuesto a cumplir sus amenazas.

Necesitamos que cuando efectivamente reunimos el valor de denunciar, de recopilar pruebas y acudir a las autoridades se dé la importancia y la magnitud real del problema a nuestras vejaciones. La reforma del Código Penal que contempla las agresiones a sanitarios que trabajan en el sector público como delito de atentado contra la autoridad entró en vigor el 1 de julio de 2015, y el Observatorio Nacional de Agresiones de la OMC sigue demandando que las agresiones a sanitarios sean consideradas como violencia social y se aplique el agravante de delito contra la autoridad tanto en el ámbito público como en el privado. Cuando los casos se archivan, o se minimizan las agresiones, nos encontramos indefensos, y esta población exacerbada que ha encontrado una nueva diana coge alas ante la inacción de las administraciones.

Máxime cuando son estas administraciones y las diferentes gestiones políticas las encargadas de echar gasolina a este fuego contra nosotros. No somos los trabajadores los que hemos creado un clima de crispación social derivado de una escasez de recursos, sobrecarga asistencial y desigualdad entre pacientes según sea su comunidad autónoma.

Cualquier trabajador de cara al público en un sistema deteriorado acaba siendo la diana de aquellos que quieren descargar su ira contra la institución. Si a eso le sumamos la tibieza que se aplica a los negacionistas y conspiranoicos, que culpan de una farsa MUNDIAL al estamento sanitario, tenemos el combo perfecto para la catástrofe.

Esta es una historia de la que todos conocemos el final, y nadie hace nada para prevenirlo.

Luego vendrán los arrepentimientos. Pero las víctimas somos nosotros.