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El impacto del duelo en la atención primaria

Por Sara Losantos y Pilar Pastor, psicólogas de la Fundación Mario Losantos del Campo (FMLC)
Martes, 01 de julio de 2014, a las 19:20
Normalmente, durante su jornada laboral, el profesional sanitario dispone de poco tiempo para evaluar, diagnosticar y tratar a cada persona que atiende. Por este motivo, resulta fundamental que disponga de información suficiente y concreta para poder tomar la mejor decisión para el paciente en un brevísimo espacio de tiempo.
Cuando la persona que acude al profesional sanitario se encuentra atravesando un duelo, disponer de información completa acerca de este proceso es crucial por tres razones:

La primera razón es puramente numérica: Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el año pasado fallecieron en nuestro país 402.950 personas. Estudios recientes han revelado que cada fallecimiento puede afectar hasta a diez personas de media, de las cuales el 10% va a experimentar un duelo complicado con repercusiones en su salud física y mental. Viendo estas cifras, no es necesario ser un gran matemático para concluir que en nuestro país existe un elevado número de personas susceptibles de requerir ayuda para superar su duelo.

La segunda razón es coyuntural y responde al momento histórico que estamos viviendo: a menudo el profesional sociosanitario debe cubrir las necesidades y demandas de los dolientes, que han quedado desatendidas por parte de los agentes sociales, ya que cada vez son más las personas que acuden a los profesionales de atención primaria para solicitar apoyo en el duelo.

Este fenómeno se debe, entre otros factores, a que el entorno social tiende a presionar al doliente para evitar el dolor: le empuja a no estar triste y a superarlo, provocando que el doliente se sienta solo con su dolor. Esta forma de afrontar -o más bien de no afrontar- el duelo es coherente con una sociedad en la que se tiende a negar el dolor y se intenta bloquearlo mediante un pensamiento mágico: si no se habla de ello, no existe. Como consecuencia de todo esto, es solo junto al profesional sanitario donde el doliente encuentra un espacio en el que poder volcar su dolor y ser escuchado.

En ocasiones, el hecho de vivir la experiencia de duelo en soledad propicia que el bloqueo del dolor se manifieste a través de síntomas de ansiedad agudos que empujan al doliente a buscar ayuda médica. No es extraño que el duelo complicado tenga repercusiones a nivel físico, somático, que comprenden desde manifestaciones somáticas vagas como dolores de cabeza, aumento de la presión arterial, insomnio o ansiedad, hasta repercusiones más graves, como un mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares o dolencias propias del sistema inmunológico, tal y como han demostrado numerosas investigaciones.

En concreto, los estudios a los que tenemos acceso donde se analiza la correlación entre enfermedades y duelo complicado muestran que la tasa anual de visitas a la atención primaria es un 80% más alta entre los dolientes (García et al., 2005).

También indican un aumento del riesgo de muerte entre los dolientes (principalmente a causa de suicidio y enfermedades cardiovasculares). De hecho, los viudos tienen un 50% más de probabilidades de morir prematuramente durante el primer año de duelo.

Estos índices de mortalidad y enfermedad se deben a la ausencia de una buena alimentación y hábitos de vida saludables congruentes con la apatía y la desgana que provoca el duelo agudo, sobre todo en el caso de los viudos. También son consecuencia del impacto que tiene para el sistema inmunológico del doliente el hecho de estar sometido a un estresor de primera magnitud como es el duelo.

La Organización Mundial de la Salud tipifica el duelo como uno de los mayores estresores producidos por acontecimientos vitales. En la Escala de Reajuste Social, Holmes y Rahe otorgan a la muerte del cónyuge la puntuación más alta de la lista. Numerosos estudios también han asociado el duelo de manera concluyente a problemas de salud como depresión, ansiedad, abuso de alcohol, abuso de fármacos y eventos cardiacos. De las complicaciones físicas que puede generar el proceso de duelo, estas son las más serias.

La tercera razón que justifica la necesidad de una mejor información sobre el duelo es la prevención del estrés asistencial. Si existe un rasgo definitorio del duelo, ése es el dolor. Del mismo modo que es imposible que el fallecimiento de alguien cercano no nos produzca cierto nivel de malestar, también es imposible elaborar el duelo sin atravesar y dar espacio a toda esa aflicción. Pero, además, también resulta muy difícil ser testigo de ese dolor y no quedar de alguna manera contaminado.

Esto es importante porque la persona que acude al profesional sociosanitario en busca de ayuda presenta un nivel muy alto de dolor, frente al cual el clínico puede sentirse muy desarmado. Enfrentarse al sufrimiento de los pacientes con herramientas, con conocimiento, permite al profesional protegerse frente a la aparición de un posible síndrome de desgaste o burn-out, provocado por el profundo agotamiento que implica la exposición a ese malestar tan intenso.

Finalmente, hay que destacar que el duelo comparte síntomas con numerosas patologías psicológicas (ansiedad, depresión, rasgos disociativos, etc.). Por este motivo, conocer las generalidades de este proceso ayuda al profesional a orientarse más fácilmente y, desde ahí, ofrecer al paciente la pauta más adecuada en cada momento.

Con el fin de ayudar a los profesionales sociosanitarios de atención primaria a detectar los síntomas del duelo complicado e identificar las estrategias más útiles para abordarlo, el equipo de psicólogas de la Fundación Mario Losantos del Campo ha elaborado la Guía de Duelo Adulto, un manual gratuito que está disponible para su descarga en la página web de esta entidad (www.fundacionmlc.org).

Teniendo en cuenta el escaso tiempo del que dispone el médico para cada consulta, quizás nuestra recomendación más honesta es que el facultativo haga uso de esta guía y se sirva de ella para identificar –y, en su caso, derivar- los casos de duelo complicado, para poder establecer un tratamiento combinado que repercuta en una mejora de la calidad de vida del paciente tanto a nivel físico como mental, ya que, como decía Quevedo, “el que desee tener salud en el cuerpo, procure tenerla en el alma”.