Amando Martín Zurro y Andreu Segura Benedicto
En teoría el riesgo cero es inverosímil, pero ¿qué sucede en la práctica?
Amando Martín Zurro es especialista en Medicina Familiar y Comunitaria; y Andreu Segura Benedicto, epidemiólogo y especialista en Medicina Preventiva y Salud
Según algunas fuentes, el Ministerio de Sanidad se ha comprometido a poner "todas las herramientas y servidores públicos" para seguir y rastrear cada uno de los casos, detectados ya en ganado bovino de Córdoba, Toledo, Cantabria, Madrid, Ávila y Girona del virus shamonda y de llevar a cabo una "vigilancia epidemiológica exhaustiva" desde la perspectiva One Health, que integra conocimientos en los ámbitos de la salud humana, animal y ambiental, lo cual no resulta sorprendente si tenemos en cuenta la sensibilidad – quizás mejor la hipersensibilidad—de buena parte de la población ante eventuales epidemias.
El miedo es una emoción útil en situaciones de riesgo inminente y particularmente si no dura demasiado, lo justo para alejarse del peligro. Pero no lo es tanto como profiláctico, ya que acostumbra a sobredimensionar las amenazas potenciales sobre todo si no hay indicios racionales de perturbación.
La noticia del fallecimiento de una persona infectada por el virus shamonda en Francia ha merecido la atención de los medios de comunicación y la reacción de las autoridades sanitarias. Sin embargo, se trata –que sepamos-- del primer humano infectado por tal microbio.
Un paciente severamente inmunodeprimido, susceptible por ello a múltiples infecciones microbianas, incluidas las que se denominan oportunistas porque no afectan a las personas cuyo sistema inmunitario funciona adecuadamente, es decir, a la inmensa mayoría de nuestras poblaciones.
Por todo ello la probabilidad de una epidemia es muy escasa, todavía menos la de una pandemia e incluso mínima la de un limitado brote epidémico. De manera que en este caso el temor no es sinónimo de prudencia sino simplemente de pusilanimidad. Una cautela exorbitada, hiperbólica y desproporcionada que, por ello mismo, puede resultar impertinente, inconveniente y hasta sanitariamente perjudicial.
Entre otras cosas porque dedicar muchos recursos y esfuerzos a la vigilancia específica de eventuales propagaciones del virus implica dejar de llevar a cabo otras actividades, tal vez más importantes y decisivas como, por ejemplo, culminar el proceso imprescindible para que funcione lo antes posible la Agencia estatal de salud pública, que, si no andamos equivocados, requiere la aprobación de un real decreto que establezca su organización y funcionamiento, norma que, por cierto, debería haberse tramitado ya hace unos meses, reivindicación que exigimos los salubristas – una demanda de SESPAS al Ministerio de Sanidad-- y buena parte de los profesionales de la sanidad, particularmente quienes se dedican a la atención primaria y comunitaria.
A menudo sucede que lo urgente relega lo importante, lo cual no es lo más sensato, pero resulta comprensible. Pero que lo improbable, aunque no sepamos si es o no imposible, comporte postergar lo imprescindible, no nos parece razonable, aunque implique un aplazamiento mínimo.
Prácticamente todo el mundo entiende que no podemos aspirar a garantizar un riesgo nulo de eventuales perjuicios asociados a los desconocidos efectos nocivos potenciales de múltiples factores del entorno, pero, lamentablemente muy pocos son los dispuestos a asumir tal consideración en la práctica, ignorando que en ocasiones el remedio puede ser peor que la enfermedad.
Claro que tal vez la declaración de la señora ministra responda más bien a un propósito ansiolítico y no afecte al desarrollo efectivo de las prioridades más convenientes.