Julián Ezquerra Gadea.

Julián Ezquerra Gadea. Redacción Médica / Joana Huertas

Opinión

¿Bajas médicas en las mutuas? No, gracias

Julián Ezquerra Gadea es médico, exdirectivo de la salud y exsecretario general del sindicato Amyts

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El debate sobre si las bajas médicas por contingencias comunes deben recaer en el médico de familia o en las mutuas laborales es uno de los temas más candentes y estructurales de la sanidad pública contemporánea. La gestión de la incapacidad temporal por parte del médico de familia garantiza una visión integral del paciente y protege el derecho a la salud frente a intereses puramente productivos.

"Dondequiera que se ame el arte de la medicina, se ama también a la humanidad". – Hipócrates.

Esta célebre cita del padre de la medicina nos recuerda que el acto médico es, ante todo, un acto de profunda humanidad y empatía, alejado de las hojas de cálculo y los balances de pérdidas y ganancias. Cuando un trabajador enferma, no solo se interrumpe su capacidad laboral; se altera su bienestar físico, mental y social. Por ello, la decisión de dictaminar si una persona está en condiciones de trabajar debe estar guiada estrictamente por criterios clínicos y humanos. El único profesional capacitado y éticamente posicionado para mantener este equilibrio es el médico de familia.

El médico de atención primaria posee una ventaja inigualable sobre cualquier otro especialista o gestor de una mutua: la continuidad asistencial y el conocimiento del contexto biopsicosocial del paciente. Un médico de familia no ve un "caso" de lumbalgia o un "episodio" de ansiedad; conoce los antecedentes familiares de ese paciente, sus patologías crónicas subyacentes, su entorno socioeconómico y cómo su trabajo afecta a su salud global. Esta perspectiva holística permite un diagnóstico y un tratamiento mucho más precisos. Desvincular la gestión de la baja de este proceso asistencial integral fragmentaría la atención médica. Si una mutua asume la competencia de dar el alta o la baja, se rompe el hilo conductor de la curación, convirtiendo al paciente en una pelota de tenis que rebota entre la sanidad pública y la entidad privada.

El principal argumento para defender que las bajas permanezcan en la sanidad pública radica en el conflicto de intereses inherente a las mutuas colaboradoras con la Seguridad Social. Las mutuas son entidades empresariales financiadas con fondos públicos pero gestionadas por patronales privadas, cuyo objetivo implícito es la maximización de la productividad y la reducción del absentismo laboral. Al otorgarles el control sobre las bajas por contingencias comunes (enfermedades comunes y accidentes no laborales), se genera un incentivo perverso. La prioridad corre el riesgo de desplazarse desde la recuperación total y segura del paciente hacia su reincorporación prematura al puesto de trabajo. Una alta médica apresurada, motivada por la presión económica, puede derivar en recaídas crónicas, cronificación de patologías y, en última instancia, un empeoramiento de la salud del trabajador que acabará pagando el propio sistema público.

La ética médica también juega un papel fundamental en este conflicto. El médico de cabecera está sujeto al juramento hipocrático y responde ante el sistema público de salud, lo que blinda su independencia profesional. Su único compromiso es con la salud de la persona que tiene enfrente. En contraste, los profesionales que trabajan para las mutuas se encuentran en una encrucijada ética compleja, ya que sus decisiones están condicionadas por los objetivos corporativos de la entidad que los contrata. La relación médico-paciente en atención primaria se basa en la confianza mutua construida a lo largo de los años. Si esta gestión se traslada a las mutuas, esa relación se transforma en una de fiscalización y desconfianza, donde el paciente se siente vigilado y el médico actúa como un inspector de control de costes más que como un sanador.

Además, privatizar o derivar la gestión de las bajas médicas a las mutuas supone un ataque indirecto a la línea de flotación de la sanidad pública. En lugar de dotar de más recursos, tiempo y personal a la atención primaria para que pueda gestionar las incapacidades temporales de manera ágil, se opta por desviar competencias a entidades privadas. La solución a la saturación de la atención primaria no es vaciarla de contenido ni restarle autoridad, sino reforzarla. Un médico de familia con el tiempo suficiente por paciente puede evaluar con rigurosidad la necesidad de una baja y coordinar un plan de retorno laboral progresivo y saludable.

La gestión de las bajas médicas debe permanecer firmemente en manos del médico de familia. Sustituir el criterio clínico y humano de la atención primaria por el criterio economicista de las mutuas desvirtúa la esencia misma de la medicina. La salud del trabajador no puede ser tratada como una variable de ajuste de la productividad empresarial. Parafraseando a Hipócrates, si queremos seguir amando el arte de la medicina y proteger la humanidad de nuestros trabajadores, debemos defender la independencia y la autoridad del médico de cabecera como el único guardián legítimo de la salud ciudadana.