Julián Ezquerra Gadea.
El fenómeno del 'maquillaje' o la manipulación estadística de las listas de espera
Julián Ezquerra Gadea es médico, exdirectivo de la salud y exsecretario general del sindicato Amyts
"Hay tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas". Esta célebre frase, popularizada por Mark Twain, resuena con una fuerza incómoda cuando se traslada al ámbito de la gestión sanitaria contemporánea. En el corazón del debate público sobre el Estado del bienestar, un indicador se erige como el termómetro definitivo de la eficacia de un sistema de salud: las listas de espera. Detrás de cada cifra, de cada porcentaje de demora media y de cada tasa por cada mil habitantes, hay historias humanas de dolor, incertidumbre y vulnerabilidad. Sin embargo, cuando los ciudadanos observan el contraste entre los triunfalistas datos oficiales que publican las administraciones y su propia experiencia cotidiana en las salas de espera, surge una pregunta inevitable y punzante: ¿qué hay de verdad en el maquillaje de los datos de las listas de espera en sanidad?
El fenómeno del 'maquillaje' o la manipulación estadística de estas listas no es un mito urbano ni una invención de la oposición política de turno; es una técnica de supervivencia burocrática firmemente arraigada en las dinámicas de la gestión pública. Para comprender cómo se produce esta distorsión, es necesario analizar los mecanismos técnicos y normativos que permiten moldear la realidad sin necesidad de inventar números de la nada. La magia de la estadística sanitaria no reside en la falsificación burda, sino en la sutil redefinición de los conceptos y en el control de los tiempos.
Uno de los métodos más habituales y eficaces para reducir artificialmente las cifras es la compartimentación de las listas y el uso de las llamadas listas de espera "estructurales" y "no estructurales".
La lista de espera estructural incluye a aquellos pacientes cuya espera es atribuible exclusivamente a la falta de recursos del sistema, y es la que habitualmente se difunde en los medios de comunicación y en los portales de transparencia. No obstante, las administraciones disponen de un amplio abanico de categorías «no estructurales» para evacuar a miles de personas del cómputo oficial. Si un paciente rechaza ser derivado a una clínica privada concertada —a menudo situada a decenas de kilómetros de su hogar o sin las mismas garantías de continuidad asistencial—, su contador se detiene o pasa a una lista de espera "voluntaria", donde los tiempos máximos garantizados por ley dejan de aplicarse. Automáticamente, a ojos de la estadística pública, ese paciente deja de ser un problema del sistema, aunque siga esperando la misma operación en las mismas condiciones físicas.
Otro mecanismo de distorsión fundamental es el retraso en el inicio del cómputo del tiempo de espera, lo que en el argot profesional se conoce como el "buzón de entrada" o la antesala de la lista. Oficialmente, el reloj de la lista de espera quirúrgica suele empezar a contar cuando el especialista firma la orden de intervención y el paciente da su consentimiento. Sin embargo, el calvario del ciudadano comienza mucho antes. El tiempo que transcurre desde que el médico de atención primaria sospecha una patología hasta que el especialista atiende al paciente por primera vez, sumado al tiempo necesario para realizar las pruebas diagnósticas (como resonancias, análisis o ecografías), a menudo duplica o triplica el tiempo de la espera quirúrgica propiamente dicha. Al fragmentar este trayecto en múltiples sublistas independientes (espera para primera consulta, espera para pruebas, espera para quirófano), la administración logra que cada una de ellas muestre cifras individualmente tolerables, ocultando el tiempo real acumulado que padece el enfermo.
La raíz de este comportamiento institucional no es ética, sino nítidamente política y económica. En las democracias modernas, la sanidad es el servicio público más valorado y, al mismo tiempo, el que mayor desgaste electoral puede generar. Los gobernantes se enfrentan a un dilema perverso: los recursos financieros y de personal son estructuralmente limitados, pero la exigencia ciudadana de una atención inmediata es ilimitada. Ante la imposibilidad material de absorber la demanda real con las plantillas y quirófanos disponibles, el control del dato se convierte en una herramienta de control de daños políticos. Los gestores sanitarios, cuyos incentivos económicos y continuidad en el cargo dependen frecuentemente del cumplimiento de unos objetivos cuantitativos fijados por el ministerio o la consejería de turno, se ven empujados a priorizar el cumplimiento del indicador sobre la calidad de la asistencia. Se genera así la paradoja del «paciente diana»: se prioriza operar a aquellos que están a punto de superar el límite legal de días de espera para que no penalicen la estadística, relegando a casos clínicamente más graves pero que aún disponen de margen temporal en el sistema de cómputo.
La consecuencia más devastadora de este maquillaje es la erosión sistemática de la confianza ciudadana en las instituciones y la quiebra del principio de equidad. Cuando un gobierno autonómico o estatal anuncia con orgullo que la demora media para una intervención ha bajado a los setenta días, mientras un ciudadano con una hernia discal invalidante lleva catorce meses esperando que le asignen una fecha, el discurso oficial se transforma en una burla intolerable. Esta desconexión entre la verdad oficial y la verdad vivida empuja de manera directa a las clases medias y altas hacia el aseguramiento privado. Quien dispone de recursos económicos prefiere pagar una póliza doble antes que someterse a la incertidumbre de un sistema público opaco. De este modo, el maquillaje de los datos actúa como un catalizador silencioso de la privatización de la salud, debilitando el carácter universal del sistema y convirtiendo la rapidez de la atención en un bien de consumo ligado a la capacidad adquisitiva.
A pesar de este sombrío panorama, existen vías para devolver la veracidad y la dignidad a la gestión de los tiempos asistenciales. La solución no pasa por eliminar las listas de espera, que son un mecanismo inevitable de priorización en cualquier sistema de cobertura universal, sino por transformar radicalmente su gobernanza. Es imprescindible despolitizar la gestión sanitaria, desligando los cargos directivos de los vaivenes de los partidos políticos y asignándolos a criterios estrictamente profesionales. Asimismo, se requiere una auditoría externa e independiente de los sistemas de información sanitaria. Al igual que los bancos centrales o las agencias meteorológicas operan con una notable independencia técnica, la medición de los tiempos de espera debería recaer en organismos científicos o judiciales ajenos al control del gobernante que va a ser evaluado por esos mismos datos.
El 'maquillaje' de los datos en las listas de espera sanitarias encierra una verdad incómoda: la victoria de la cosmética burocrática sobre la realidad clínica. Las estadísticas actuales operan con demasiada frecuencia como un juego de espejos diseñado para proteger al gestor y no para informar al paciente. Si el Estado del bienestar aspira a sobrevivir en el siglo XXI, debe asumir que la transparencia absoluta es el único antídoto contra la desafección. La salud de una democracia se mide también en la honestidad de sus registros. Solo cuando las listas de espera reflejen con exactitud el itinerario completo del ciudadano, desde que entra por la puerta del centro de salud hasta que sale del quirófano, podremos empezar a sanar un sistema que hoy padece una grave enfermedad de opacidad institucional. Al fin y a la postre, las mentiras estadísticas pueden salvar una comparecencia de prensa, pero jamás han salvado una vida.