Félix Rubial

Félix Rubial

Opinión

La liturgia del dato y la tentación del dogma

Félix Rubial Bernárdez es médico y gestor sanitario

Publicada

Lo confieso. Durante años he sido de los del dato frente al relato. Y sí, lo confieso con tranquilidad y una pequeña dosis de autocrítica. Ante una opinión rotunda, pedía cifras. Frente a una impresión, buscaba una serie temporal. Y cuando alguien comenzaba con aquel infalible «yo creo que», mi mano se acercaba casi por instinto al cuadro de mando.

Había ciertas razones para ello. La sanidad arrastraba demasiadas decisiones apoyadas en intuiciones, inercias, jerarquías y en la acreditada solvencia científica de «siempre se hizo así». El dato aportó transparencia, permitió comparar, hizo visibles desigualdades y obligó a justificar prioridades. Nos ayudó a pasar de la ocurrencia a la evidencia. Yo compré esa causa y sigo creyendo en ella.

Sin embargo, he empezado a sospechar que el péndulo se ha desplazado demasiado lejos. El dato ha adquirido una presencia casi ceremonial. Comparece en cada reunión y concede respetabilidad instantánea a cualquier argumento. Una cifra bien colocada ordena el debate y hasta puede ahorrar la fatigosa tarea de pensar qué significa realmente.

Hace ya una década, Yuval Noah Harari popularizó en Homo Deus una idea provocadora. La llamó dataísmo y la presentó como una nueva religión cuya confianza descansa en el flujo de información y en la capacidad de los algoritmos para procesarlo. La imagen puede parecer excesiva hasta que uno reconoce a su alrededor el altar de la pantalla, la liturgia del indicador y una fe bastante extendida en que el número hablará por sí solo.

De la evidencia a la reverencia

El problema aparece cuando el dato amplía su jurisdicción. Primero informa la decisión. Después la legitima. Finalmente aspira a sustituir el razonamiento que conduce hasta ella. En ese recorrido, una herramienta extraordinaria empieza a comportarse como una autoridad.

La escena resulta familiar dentro y fuera de los despachos. Alguien muestra una curva ascendente y la sala respira con alivio. Ya tenemos un dato. Todavía queda por saber qué mide, cómo se construyó, quién quedó fuera y cuánto se parece a la vida real.

Los indicadores condensan la complejidad y esa es su gran utilidad, pero ahí reside también su límite. Una demora media correcta puede esconder esperas extremas. Un cumplimiento excelente puede convivir con experiencias muy desiguales. Una mayor actividad puede significar más capacidad, más necesidad o simplemente más entusiasmo registrador. La cifra resume. El contexto explica.

En la práctica asistencial ocurre algo parecido. La presión arterial, la hemoglobina o la escala de dolor ofrecen información muy útil, pero el paciente siempre desborda la cifra. La evolución funcional, el miedo, la adherencia, el apoyo familiar o la capacidad para comprender un tratamiento se dejan domesticar bastante peor. Aquello que cuesta medir ocupa menos espacio en los registros y mucho más en el pronóstico y en la experiencia de enfermar.

Lo fácilmente medible gana relevancia. Lo complejo queda en esa región algo nebulosa donde suelen terminar las cosas importantes que todavía carecen de indicador.

Cada métrica modifica aquello que observa. Cuando se asocia a objetivos, reputación o financiación, los equipos aprenden a optimizarla. La actividad puede crecer mientras el valor permanece estable y una espera puede mejorar porque se mudó a otro punto del circuito. El indicador nació para representar la realidad y la realidad empieza a complacerlo. También los indicadores, como ciertas mascotas, desarrollan apetito.

En la clínica, la protocolización aporta seguridad y reduce variabilidad. A la vez, el cumplimiento formal puede desplazar la atención hacia la casilla marcada y alejarla de la respuesta del paciente. El protocolo orienta. El profesional interpreta. La calidad aparece en la relación entre ambos.

La comodidad de la cifra

El dataísmo ofrece una promesa psicológica muy atractiva. Permite presentar decisiones políticas, organizativas y clínicas como conclusiones técnicas. El algoritmo recomienda, el modelo predice y el indicador señala el camino. La decisión parece brotar limpiamente de la evidencia, liberada de valores, prioridades y conflictos.

Cada dato, sin embargo, contiene decisiones previas. Alguien eligió qué medir, cómo definirlo, con qué frecuencia, sobre qué población y a partir de qué umbral. Alguien decidió también qué quedaría fuera. Detrás de la aparente neutralidad del número existe una cadena de elecciones humanas que conviene iluminar.

Los datos describen distribuciones y consecuencias. La política decide qué resultados considera valiosos y qué desigualdades intenta corregir primero. En la consulta, la evidencia estima beneficios y riesgos, mientras el paciente aporta preferencias, circunstancias y proyectos de vida. La cifra participa en la decisión. El significado nace al interpretarla.

Mi propia revisión me lleva a una conclusión bastante sencilla. Necesitamos una relación más adulta con los datos y mejores preguntas antes de encargar colecciones más extensas. Cada indicador debería explicar con qué decisión o resultado se relaciona. Cuando cuesta precisar qué conducta cambiaría ante su evolución, quizá tengamos delante una cifra ornamental.

Conviene combinar actividad con resultados relevantes para pacientes y población, incorporar la experiencia profesional y ciudadana, observar distribuciones además de promedios y jubilar indicadores que han perdido utilidad.

También necesitamos humildad. Un dato incompleto resulta útil cuando conocemos sus límites y una cifra precisa puede despistarnos cuando olvidamos su contexto. Cuantas más cifras tenemos, mejores preguntas necesitamos.

El juicio profesional encuentra aquí su lugar. Integra evidencia, experiencia, contexto y valores. Los datos corrigen intuiciones y la experiencia detecta aquello que los datos todavía pasan por alto. Ambas formas de conocimiento se enriquecen cuando se encuentran y pierden valor cuando compiten por la autoridad absoluta.

Datos para ver, criterio para comprender

Sigo siendo de los del dato frente al relato, aunque ahora formulo la disyuntiva con bastante menos entusiasmo. A veces el relato contiene información que el sistema todavía carece de instrumentos para capturar. A veces el dato es un relato construido con apariencia decimal. Y casi siempre necesitamos ambos para entender qué está ocurriendo.

La sanidad afronta decisiones demasiado complejas para descansar únicamente en la costumbre y demasiado humanas para quedar encerradas en un algoritmo. La salida del péndulo reúne evidencia, experiencia, deliberación y responsabilidad.

Medir seguirá siendo imprescindible. Interpretar será cada vez más importante. Decidir continuará siendo un acto humano, incluso rodeado de modelos predictivos, inteligencia artificial y cuadros de mando que cambian de color en tiempo real.

El dato merece un lugar central en la sanidad, aunque quizá pueda prescindir del altar. Su mejor función consiste en iluminar la realidad, abrir preguntas y ayudarnos a corregir el rumbo. La liturgia comienza cuando lo presentamos. El dogma aparece cuando dejamos de interrogarlo.

Una sanidad guiada por datos ve más lejos. Una sanidad capaz de interpretarlos con criterio comprende mejor. Entre ambos verbos, ver y comprender, se disputa buena parte de la calidad de nuestras decisiones.