Durante décadas, el verano sanitario se ha planificado como una estación de menor actividad, con una reducción de la programación quirúrgica, ajustes de plantilla y el cierre temporal de parte de las camas ante la concentración de las vacaciones. Esa lógica respondía a un calendario relativamente estable y a una demanda que descendía en determinados ámbitos, pero el verano ha cambiado con mayor rapidez que nuestra forma de planificarlo.
El calor extremo incrementa las descompensaciones cardiovasculares, respiratorias, renales y metabólicas, eleva la demanda urgente y afecta con especial intensidad a las personas mayores, pluripatológicas, dependientes o que viven solas. Todo ello sucede precisamente cuando el sistema dispone de menor margen operativo, lo que configura una paradoja cada vez más difícil de ignorar, ya que afrontamos un riesgo creciente durante el periodo en el que reducimos nuestra capacidad disponible.
Los datos ayudan a dimensionar el cambio. Durante el verano de 2025 se estimaron en España 3.832 defunciones atribuibles a las altas temperaturas, casi el 96 por ciento en personas mayores de 65 años y más de la mitad en mayores de 85. Este mes de agosto hemos conocido también un aumento del 38 por ciento en las atenciones relacionadas con el calor en los centros de Atención Primaria de Cataluña y del 11 por ciento en las urgencias hospitalarias, cifras que revelan una demanda previsible cuyo vínculo con la temperatura rara vez aparece con claridad en los cuadros de mando.
El verano ha dejado de ser una temporada tranquila
La mayoría de los efectos del calor entra en la asistencia con otro nombre, porque una insuficiencia cardiaca descompensada, un deterioro de la función renal, una caída o un episodio de confusión pueden guardar relación con las altas temperaturas sin quedar registrados como tales. El calor actúa como un multiplicador inadvertido de la fragilidad y dispersa su huella entre numerosos diagnósticos, lo que dificulta reconocer la presión común que impulsa consultas, ingresos y estancias.
"El cierre de camas puede resultar razonable para una menor necesidad asistencial, pero pierde fundamento cuando se apoya en un verano que ya ha dejado de existir"
España dispone de un Plan Nacional de actuaciones preventivas y de herramientas como MoMo, el índice Kairós y las zonas de Meteosalud, que permiten adaptar las alertas a umbrales territoriales y anticipar el riesgo. La vigilancia ha ganado precisión, aunque la información solo alcanza todo su valor cuando modifica decisiones asistenciales concretas.
Durante el verano, los servicios de salud deben garantizar el descanso de los profesionales, cubrir puestos en un mercado laboral muy tensionado y ajustar la actividad a una demanda que tradicionalmente descendía en determinados ámbitos. El cierre temporal de camas puede resultar razonable cuando responde a una menor necesidad asistencial, pero pierde fundamento cuando la previsión continúa apoyándose en un verano que ya ha dejado de existir.
La población envejece, la cronicidad aumenta y los episodios de calor comienzan antes, duran más y alcanzan temperaturas superiores. Al mismo tiempo, la vulnerabilidad se distribuye de manera desigual, porque una vivienda fresca y una red familiar protegen, mientras que la soledad, la pobreza energética, la dependencia y las dificultades para acceder a la asistencia agravan la exposición. Cada ola de calor actúa sobre desigualdades previas y puede convertirlas en demanda clínica.
A ello se suman los desplazamientos turísticos, la presión sobre zonas costeras y rurales, los incendios y la exposición de quienes viven en viviendas mal acondicionadas. Mientras el calendario administrativo conserva julio y agosto como referencia, el riesgo sanitario ha ampliado sus fronteras desde mayo hasta bien entrado septiembre, obligando a revisar tanto el periodo de vigilancia como el de preparación asistencial.
El hospital recibe la fase más visible, aunque buena parte de la respuesta se juega antes. Atención Primaria puede identificar a las personas vulnerables, las enfermeras comunitarias detectar cambios incipientes y revisar medicación, hidratación y apoyos, mientras que los servicios sociales, las residencias y la ayuda a domicilio aportan una vigilancia cercana. La preparación adquiere verdadera eficacia cuando todas estas piezas comparten información y actúan de manera coordinada.
Del plan de alerta a la capacidad adaptativa
El siguiente paso consiste en trasladar las previsiones térmicas a la gestión operativa, de manera que una alerta de riesgo elevado active algo más que mensajes preventivos y pueda orientar el refuerzo de determinados equipos, el mantenimiento de camas disponibles, la reorganización de turnos, la ampliación de la atención domiciliaria, la revisión de altas complejas y la continuidad de los pacientes con mayor riesgo de descompensación.
Esta lógica exige una capacidad adaptativa y un margen que pueda activarse según las previsiones meteorológicas y epidemiológicas, del mismo modo que el sistema prepara sus recursos ante la gripe. También conviene incorporar indicadores sensibles al clima, porque las urgencias por deshidratación o golpe de calor representan solo una parte del impacto y su cruce con las alertas térmicas permitiría aprender de cada episodio.
La infraestructura y la organización del trabajo forman parte de la respuesta clínica. La climatización, el aislamiento, la eficiencia energética y los sistemas de respaldo protegen a pacientes y profesionales, mientras que la planificación de turnos, los descansos y las condiciones ambientales ayudan a preservar la concentración y la seguridad durante los episodios de calor.
Todo ello exige superar la idea del plan de verano como una mera operación de cobertura de vacaciones e integrar en un mismo marco la demanda prevista, el riesgo climático, la disponibilidad profesional, la capacidad hospitalaria, la respuesta comunitaria y la vulnerabilidad social. Además, las decisiones deben adaptarse al territorio, porque una ola de calor produce efectos distintos en una ciudad densamente poblada, una zona rural envejecida o un destino turístico que multiplica su población.
La adaptación climática de la sanidad comienza mucho antes de instalar placas solares o renovar equipos de climatización, pues exige aceptar que el calendario asistencial del pasado ha dejado de describir el riesgo del presente. Ese reconocimiento permite evitar tanto el alarmismo como la improvisación y preparar una respuesta proporcionada ante un fenómeno que conocemos con varios días de antelación y cuya intensidad podemos vigilar casi en tiempo real.
El calor extremo ya forma parte de la demanda sanitaria y ha llegado el momento de incorporarlo también a la planificación. El verano seguirá siendo un tiempo legítimo de descanso para los profesionales, mientras que la responsabilidad de la gestión consistirá en hacer compatible ese derecho con un sistema capaz de ampliar su respuesta cuando la temperatura convierta la estación en una emergencia previsible.
La verdadera resiliencia se demuestra cuando el riesgo aumenta y la organización conserva margen para responder. Ese es el verano sanitario para el que debemos empezar a prepararnos.